Peter Pan.

miércoles, 31 de diciembre de 2014

Cambiemos la sociedad antes de que sea demasiado tarde, por favor.

Posiblemente os traiga sin cuidado esto que estoy escribiendo y tal vez no sea lo que esperéis. A veces una quiere escribir pero no sabe plasmarlo de la forma ''correcta'' así que intenta hacerlo lo mejor que puede, siempre esperando poder sacar toda la presión que siente en el pecho.

La presión que siento yo e intento quitar es un poco complicada, y no la sé explicar, por eso prefiero dejarla de lado y contaros, si es que alguien lee esto, lo que quiero plasmar.
Ayer, por la noche, como otras tantas, estaba en Twitter y me llamó la atención que en mi Timeline se repetía mucho un nombre, Leelah Alcorn. No entendía el por qué de tanta fama y decidí buscarlo por Google.
Creo que me arrepiento.
Leelah era una chica de 17 años que tenía toda una vida por delante pero que la mierda de sociedad decidió hacerle la vida imposible para que no continuara con ella. Era transexual. Sé que, en verdad, es un dato irrelevante, porque al presentar a una persona no sueles decir su orientación sexual, pero en este caso es importante decirlo. Y también es muy importante que quede claro que Leelah se suicidó porque quería dejar de ser Joshua y eso nadie lo veía bien. Sé que la culpa no es solo suya, pero, si pudiera, colgaría en todas las ciudades en letras de neón que sus padres la rechazaron. Y sí, la culpa es de la sociedad, porque la dejó (la dejamos, y duele) sola frente a un ''problema'' que no debería ser tratado por esa palabra; pero cuando tus padres son los primeros en rechazarte te crea un odio hacia ti mismo que nadie puede curar. Ella lo dice en su carta de suicidio.

Mientras leía la carta no pude evitar llorar, pero no por tristeza, porque creo que en estos casos la tristeza es un sentimiento colateral. Lloraba por impotencia. Me siento impotente al saber que hay gente que vive en el mismo puto mundo que yo que no es tratado de la misma forma que a mí me tratan únicamente por su orientación sexual y yo no puedo hacer nada. Creo que esa sensación de no poder ni saber qué hacer es una de las más dolorosas y de los dolores más inhumanos que puede llegar a sentir una persona.
Me parece horrible que, personas como Leelah, hayan decidido no seguir luchando porque la sociedad se lo haya impedido, y me llena de rabia saber que la sociedad conoce estos casos y no hace nada por pararlos.
Y es que, joder, ¿qué hay de malo en no tener la misma orientación sexual? ¿Qué hay de malo en ser homosexual? ¿Qué culpa tiene una persona de no sentirse a gusto con el sexo que ha nacido pero que no ha elegido?
Hay demasiadas preguntas que deberíamos responder y sin embargo huimos de ellas porque sabemos que no hay nada de malo, pero aún así existe gente que encuentra mal en algo que es imposible que lo tenga.

Ya que estamos en el último día de este 2014, me gustaría pedir como propósito terminar con las desigualdades y ser capaces de respetarnos siendo como somos, pero sé que es un propósito platónico que ni 10 personas querrían intentar cumplir, así que no lo pongo como propósito, lo pongo como deseo. Porque os juro que lo deseo, lo deseo con toda mi alma.
En la carta, Leelah dice que quiere que su muerte tenga sentido y haga parar toda esta mierda. Pues bien, no sé los demás, Leelah, pero te aseguro que yo no voy a hacer como si no hubieras existido. Tu muerte no habrá sido en vano, porque me parece injusto hacer como si no hubiera pasado nada cuando te has ido de este mundo que, sí, es una mierda, pero te faltaba demasiado tiempo, demasiada vida para irte.
Te aseguro que si por mí fuera haría que el tiempo retrocediera y haría que siguieras con nosotros y que no te hubiese tenido que conocer a través de una carta de suicidio.
Créeme cuando te digo que arreglaré la sociedad. Porque no mereces que tu muerte se olvide, y porque este mundo ya se ha ido demasiado tiempo a la mierda como para seguir estando en ella y dejar que siga cayendo hasta lo más hondo.
Arreglaré la sociedad por ti.

En V de Vendetta, Valerie escribe una carta antes de morir, y la parte final es la parte que más me ha hecho sentir siempre; y hoy, a 31 de diciembre de 2014, te la dedico a ti, Leelah:

''Lo que más quiero es que entiendas lo que quiero decir cuando te digo que, aunque no te conozca, y aunque puede que nunca llegue a conocerte, a reír contigo, a llorar contigo, a besarte: TE QUIERO

Con todo mi corazón.
TE QUIERO.''

CARTA DE SUICIDIO DE LEELAH. 



If you are reading this, it means that I have committed suicide and obviously failed to delete this post from my queue.
Please don’t be sad, it’s for the better. The life I would’ve lived isn’t worth living in… because I’m transgender. I could go into detail explaining why I feel that way, but this note is probably going to be lengthy enough as it is. To put it simply, I feel like a girl trapped in a boy’s body, and I’ve felt that way ever since I was 4. I never knew there was a word for that feeling, nor was it possible for a boy to become a girl, so I never told anyone and I just continued to do traditionally “boyish” things to try to fit in.
When I was 14, I learned what transgender meant and cried of happiness. After 10 years of confusion I finally understood who I was. I immediately told my mom, and she reacted extremely negatively, telling me that it was a phase, that I would never truly be a girl, that God doesn’t make mistakes, that I am wrong. If you are reading this, parents, please don’t tell this to your kids. Even if you are Christian or are against transgender people don’t ever say that to someone, especially your kid. That won’t do anything but make them hate them self. That’s exactly what it did to me.
My mom started taking me to a therapist, but would only take me to christian therapists, (who were all very biased) so I never actually got the therapy I needed to cure me of my depression. I only got more christians telling me that I was selfish and wrong and that I should look to God for help.
When I was 16 I realized that my parents would never come around, and that I would have to wait until I was 18 to start any sort of transitioning treatment, which absolutely broke my heart. The longer you wait, the harder it is to transition. I felt hopeless, that I was just going to look like a man in drag for the rest of my life. On my 16th birthday, when I didn’t receive consent from my parents to start transitioning, I cried myself to sleep.
I formed a sort of a “f*** you” attitude towards my parents and came out as gay at school, thinking that maybe if I eased into coming out as trans it would be less of a shock. Although the reaction from my friends was positive, my parents were pissed. They felt like I was attacking their image, and that I was an embarrassment to them. They wanted me to be their perfect little straight christian boy, and that’s obviously not what I wanted.
So they took me out of public school, took away my laptop and phone, and forbid me of getting on any sort of social media, completely isolating me from my friends. This was probably the part of my life when I was the most depressed, and I’m surprised I didn’t kill myself. I was completely alone for 5 months. No friends, no support, no love. Just my parent’s disappointment and the cruelty of loneliness.
At the end of the school year, my parents finally came around and gave me my phone and let me back on social media. I was excited, I finally had my friends back. They were extremely excited to see me and talk to me, but only at first. Eventually they realized they didn’t actually give a s**t about me, and I felt even lonelier than I did before. The only friends I thought I had only liked me because they saw me five times a week.
After a summer of having almost no friends plus the weight of having to think about college, save money for moving out, keep my grades up, go to church each week and feel like s**t because everyone there is against everything I live for, I have decided I’ve had enough. I’m never going to transition successfully, even when I move out. I’m never going to be happy with the way I look or sound. I’m never going to have enough friends to satisfy me. I’m never going to have enough love to satisfy me. I’m never going to find a man who loves me. I’m never going to be happy. Either I live the rest of my life as a lonely man who wishes he were a woman or I live my life as a lonelier woman who hates herself. There’s no winning. There’s no way out. I’m sad enough already, I don’t need my life to get any worse. People say “it gets better” but that isn’t true in my case. It gets worse. Each day I get worse.
That’s the gist of it, that’s why I feel like killing myself. Sorry if that’s not a good enough reason for you, it’s good enough for me. As for my will, I want 100% of the things that I legally own to be sold and the money (plus my money in the bank) to be given to trans civil rights movements and support groups, I don’t give a s**t which one. The only way I will rest in peace is if one day transgender people aren’t treated the way I was, they’re treated like humans, with valid feelings and human rights. Gender needs to be taught about in schools, the earlier the better. My death needs to mean something. My death needs to be counted in the number of transgender people who commit suicide this year. I want someone to look at that number and say “that’s f***ed up” and fix it. Fix society. Please.
Goodbye,
(Leelah) Josh Alcorn








martes, 30 de diciembre de 2014

(Des)ilusionar.

Soy muy quejona, lo tengo asumido, así que no voy a pasar mi rutina y hoy también me vengo a quejar. Pero no me quejo de la sociedad, ni de la mierda de suciedad que hay en ella (que, joder, es la de Dios). Hoy me quiero quejar de la manía que tienen las personas de ilusionar.

Me gusta mucho esa palabra. La ilusión es algo que no deberíamos perder y, míranos, cuando somos jóvenes (que no niños) ya la damos por muerta y hasta buscamos dónde enterrarla. Es patético que algo tan bonito como la ilusión lo tiremos a la basura. Y más patético aún es que nos la tiren. Porque tú no echas por la borda tu ilusión ni dejas de ilusionarte porque quieres, porque eso no lo quieres nunca; la echan a los leones por ti porque, qué sé yo, a la gente le gusta ver a las personas sufrir. Sí, creo que es eso. A la gente le gusta ver a las personas jodidas. Pero a estas alturas ya no me sorprende nada. 

Pero aún así yo soy una persona que vive de ilusiones desde un punto de vista realista y aunque no siempre sea algo bueno- que no lo es-, tienes la ventaja de que ya te esperas la desilusión. Qué palabra más fea, ¿verdad? Te quitan la ilusión... ¿no veis? Te la quitan. No tú. Tú, no. 
Pero total, que ya te esperas la hostia, porque siempre pasa. Es triste pensar que muchas veces lo único que tiene sentido en esta vida es esperar la próxima paliza que te dé el mundo. Y lo peor de todo es que, aún sabiéndolo, terminas esperando. Esperar tanto y recibir tan poco...la verdad es que no es justo. 
Pero no estamos hablando de lo justo y lo injusto. Estamos hablando de las ilusiones, de las desilusiones y de la mierda de mundo en el que vivimos. Y, joder, lo bien que estaría que las personas dejásemos de ser tan hijas de puta entre nosotras. Pero eso no va a pasar, ¡claro que no va a pasar! ¿Y por qué no pasa? ¿Eh? 

Creo que la única respuesta es que nos han jodido tantas veces que nosotros hacemos lo mismo. A veces incluso pienso que va en nuestro ADN. Tal vez sí, quién sabe, algún día lo descubrirán, por qué no. 

A lo mejor también va en nuestra sangre lo de sentirnos ilusionados y lo de desilusionar. Quiero decir, tiene sentido. Siempre hacemos lo mismo, es como un círculo vicioso que no para de crecer y crecer y blablabla. 

A lo mejor sobran palabras y faltan gestos. 
A lo mejor la ilusión la perdemos cuando esos gestos no existen. 
Y a lo mejor desilusionamos por no hacer que existan. 

sábado, 20 de diciembre de 2014

Tan pasota y patosa en la vida que odia cuando llueve pero ama la lluvia.

¿Sabéis cuando estáis pero no? ¿Cuando tienes unos de esos días que solo son tachar uno más en el calendario, y lo único que te han aportado es tiempo perdido? Pues bien, hoy soy yo quien tiene uno de esos días. Y estoy pensando en por qué me levanté de la cama, y por qué ahora mismo no me meto en ella. Cada día que pasa estoy más convencida de que es el amor de mi vida. Al fin y al cabo la cama nunca te falla, y eres tú quien la abandona todos los días. Joder, como quiero a mi cama. 
¿No veis? Un día que se ha convertido en tiempo perdido encerrada en casa y encima mal invertido.
Y ni siquiera soy capaz de entrelazar dos palabras. Por no hablar ya de dos oraciones. 
No sé, vaya mierda de día. Y encima llueve. No preguntéis dónde, porque es difícil de explicar. 
Es simplemente que llevo una mala temporada y este día tachado es la gota que colma el vaso que ya ni siquiera veo medio vacío. Creo que ya no veo ni el vaso. Y no es por el ciego que llevo, porque hoy, sábado, no me he movido del sofá. 

Sigue lloviendo. Ahora mismo solo fuera. 

Debe hacer frío en la calle. Aunque haría lo que fuese por pasar ese frío en vez de este calor-frío de casa. En la cama estaría mejor, pero ya os lo he dicho, estoy perdiendo el tiempo. 
También pierdo ideas, y ya no sé ni escribir. Aunque ahora mismo me planteo si alguna vez he sabido. 
Pero me da igual, y creo que ese es mi problema. Tan pasota para unas cosas y tan patosa para otras...Negro en algunos aspectos y blanco en otros, y nunca sé escoger el puto gris. 

Creo que voy a tachar también el día de mañana...no sé. No tengo ganas de nada y a la vez quiero coger las llaves de casa e irme por ahí. El problema es que ese puto ''por ahí'' tiene un destino que yo misma sé cuál es pero no me atrevo a nombrar. 
Ahora mismo tengo frío, y para pasar este frío prefiero pasar el de la calle, por lo menos podría bailar con las aceras.

Sigue lloviendo. En todas partes y en ninguna.


jueves, 4 de diciembre de 2014

El karma de visita y yo con estas pintas.

Si algo me ha enseñado la vida es que a veces tienes que ser mala persona. Que está muy bien creer en las energías y en el karma, una servidora lo hace, pero creo que llega cierto momento en el que te das cuenta de que no siempre la energía buena se devuelve con la misma. Y que no siempre el karma te dará un buen regalo por haber hecho el bien en algún momento. Sin embargo, me impresiona que siempre devuelva la energía negativa multiplicada por un 8 tumbado.
Y es irónico, puesto que intentar ser buena persona creo que muchas veces está sobrevalorado. Quiero decir, sí, es bonito ser buena persona, pero también son bonitos los unicornios y no por ello los veo. Es que ni siquiera existen. Pues eso mismo pasa con las buenas personas. A día de hoy, no existen. O por lo menos no en la manera en la que la sociedad describe a una ''buena persona''.
Para nuestra querida sociedad, -que tanto asco me da muchas veces, por cierto- una buena persona es aquella que da más por su compañero que por él mismo y que está dispuesto a morir para que 'el prójimo' no sufra ningún daño. Pero eso para mí no es ser bueno, para mí eso es ser una de estas dos cosas: a) gilipollas b) defensor de aquellos a los que quieres. Pero me decanto más por la primera opción, pues en la definición que nos da la sociedad nadie dice que esa persona por la que las buenas personas mueren sea querida. Y siento deciros que si de verdad una buena persona fuese quien muere y mata por sus seres queridos, aquí yo sería la primera que diría que es fácil serlo.

Por eso, querido lector, yo tengo otro punto de vista y otra opinión. Para mí ser buena persona no es cargar con las bolsas de una anciana desde el supermercado hasta su casa, ni ayudar a un ciego a cruzar la calle, ni tampoco lo es darle dinero a un vagabundo de la calle. Eso simplemente es ser amable. Ser buena persona es mucha más que eso. Ser buena persona es tragar mierda, es dejar pasar cosas que son insignificantes al final del día pero que en el momento molestan. Es...como ir en una barca donde va todo el mundo y dirigirla.
Y una a veces se llega a cansar de intentar serlo. Porque no entiende de qué le puede servir ser buena persona si ni Dios le va a dar ni una mísera carantoña por soportar huracanes por los demás. Por eso a veces es mejor ser una hija de puta, porque a lo mejor el karma te lo devuelve, pero por lo menos tendrás un por qué.

viernes, 14 de noviembre de 2014

151171.

Me gustaría poder cumplir todos tus sueños. Viajar por todo el mundo, ver piedras hasta la infinidad, tener un pacto con el diablo como tantas famosas de plástico que son bien monas...me gustaría comprarte una casa el Grecia, Italia y Francia. En Madrid y Barcelona. Incluso hasta en Alemania. O por lo menos comprarte solo una donde pudieras decorarla a tu gusto y cambiar cada dos por tres el decorado porque no tendrías que trabajar. Me gustaría que pudieras dejar la mierda del uniforme naranja y verde que cada día te pones y me encantaría que lo cambiases por un chandal bien cómodo que fuera conocido por el sofá mejor que por el propio fabricante.
Pero sé que el mundo no es una máquina de conceder deseos y que si algo quiero algo me cuesta. Y créeme, que si pudiera movería hasta el Everest y reconstruiría las Torres Gemelas única y exclusivamente por verte sonreír una buena mañana mientras te tomas tu café y tu maldito pero rutinario cigarro.
Y me gustaría sobre todas las cosas poder concederte todo lo que quieres, porque estoy segura de que te lo mereces más que nadie en este mundo. Porque tú más que nadie sabe soportarme cuando el mundo se me cae encima y mis ganas de llorar y romperme los nudillos contra la pared son tan graves que ni yo misma me soporto. Creo que esta es una de tus cualidades que más me sorprenden. Porque me conozco, y sé que soy cabezota, malhumorada, tensa, fría y borde en mis peores momentos, y que en los mejores cambio el ser fría por el dar abrazos tan repetidamente hasta ser pesada y ser terriblemente plasta.
Pero no me quiero centrar en mí, porque estoy harta de escribir sobre mí. Hoy quiero escribir sobre ti, sobre la mujer que me dio la vida y sobre la humana más calmada y nerviosa a la vez que he conocido. Y créeme que te conozco, que de mis 15 años, llevo contigo 16...
Y quiero escribir sobre ti porque te debo algo más grande que cualquier otra cosa, por eso gracias. Porque sabes sacarme a flote cuando me hundo y sabes explicar mis metáforas mejor que yo misma. Que en este mundo de locos está bien- qué digo bien, muy bien, fenomenal- contar con alguien que cuente contigo. Y tú eres esa para mí. Tú eres la calculadora de mi vida, el artista de mi cuadro y la máquina de escribir de mi primer diario. Eres quien me ha dado lo que nadie más me podrá dar, me has dado la vida. Me has dado la oportunidad de vivir, y me alegra mucho saber que haces que no desaproveche ninguno de mis días, porque haces que todos tengan sentido y tomen significado y que merezca la pena levantarse por las mañanas. Y sí, puede ser que el mundo no sea una máquina de conceder deseos, pero a mí me ha concedido el más grande, me ha concedido tener la suerte, la inmensa suerte de haber empezado mi vida contigo, y me da la opción de seguirla contigo. Y acepto. Porque merece la pena. Como cuando una mantis religiosa macho se deja comer por su mujer. Merece la pena, por supuesto que lo hace.
Y también te pido perdón. Perdón por las malas palabras, por las malas miradas, por los momentos en los que no me muerdo la lengua y lo suelto todo sin pensar, y no me doy cuenta de que mis palabras pueden ser balas. Por eso mi perdón es infinito, porque nunca sé dónde meto la pata, porque nunca sé cuándo hago algo bien y cuando algo mal. Por eso perdón, y también gracias; gracias por enseñarme la diferencia entre malo y bueno, entre blanco y negro, y sobretodo por enseñarme que a veces vale más la pena ser gris.
Te quiero los mundos inexplorables de esta galaxia, y de la siguiente dimensión. Te quiero por encima de todo. Feliz cumpleaños, mamá.

lunes, 10 de noviembre de 2014

SE LIBRE.

Hoy vengo a quejarme. A quejarme porque puedo, porque quiero y porque lo necesito. Siempre decimos que esta sociedad nos juzga tanto o más como juzgamos nosotros, pero son solo palabrerías que salen por un oído y entran por el otro. Es que, joder, nos quejamos de la sociedad sin saber ni siquiera de qué nos quejamos.
Por eso hoy vengo a quejarme, pero a hacerlo de verdad. Porque me he dado cuenta de lo injusta que es esta sociedad, y de que por eso mismo siempre me ha gustado eso de informar de las cosas que DE VERDAD pasan en el mundo. Que vivimos encerrados en nuestros complejos, nuestros problemas y nuestras vidas y no nos damos cuenta de que los de arriba somos unos privilegiados. Y que si no fuera por las desigualdades a lo mejor no era todo así. Porque, ¿de dónde sacamos el petróleo que tan amado es en la mierda esa de las empresas? ¿Lo sacamos, acaso, de nuestros propios terrenos? No. Lo sacamos de aquellos que menos tienen, más necesitan, y por mala suerte menos entienden. Que estoy harta de poner las noticias y ver a gilipollas multimillonarios hablar sin saber formar dos oraciones decentes, diciéndome, diciéndonos que las cosas van a cambiar. Y no mienten. Claro que cambian. Cambian para ellos y para mejor, ¡que cada vez tienen más y necesitan cada día menos! Odio la sociedad por estas cosas, en primer lugar. No me gusta la injusticia, y no creo que a nadie le guste, pero yo no me quiero ni me puedo quedar ahí. Yo sigo hasta tal punto que no quiero vivir en un mundo donde yo estoy cómodamente en mi casa con calefacción y en mi mismo país (¡un país desarrollado, ni más ni menos!) hay adolescentes iguales a mí que tienen que ver a sus padres y madres llorar de desesperación, porque por quitar, les han quitado hasta la dignidad. Y creedme que no hay nada peor que perder aquello que te viene innato.
Después, tampoco me gusta tener que ser de x manera y tener el pelo y los ojos de x color para ser una chica ''mona'' y ''bonita''. Que estoy harta del prototipo de belleza, que si pones de perfil a muchas de las modelos de ahora no las ves, ¡no las ves! Que sí, que siempre ha habido estereotipos, prototipos y modelos que cada uno ha seguido a su manera, pero al fin y al cabo ha cumplido, ¿pero son realmente necesarios o únicamente seguimos dejándoles dirigirnos porque es más cómodo y porque nos hemos acostumbrado? Soy una chica de quince años que no tuvo agujeros de los pendientes hasta los trece. A mis padres le preguntaban ''¿cómo se llama este niño tan guapo?''. Daban por hecho que era un chico por vestir de azul y no tener pendientes. ¿Me entendéis, queridos lectores? Hemos llegado a tal punto en el que si una niña pequeña no tiene pendientes ni va vestida de rosa llegamos a pensar que es un niño porque no lleva nada correspondiente al sexo femenino a esas edades tan tempranas. Tenemos marcados unos estereotipos que humillan a quien no los sigue y unos prototipos de personas perfectas que deprimen a quien no es así. No por ser rubia y de ojos azules voy a ser más bonita que siendo castaña y con ojos marrones como soy. Y tampoco un chico es más guapo con ojos verdes y pelo rubio que con ojos castaños y pelo negro. Y menos aún eres una chica más bella por tener ese ''90-60-90''. ¡¡Quiérete!! Porque puedes ser más o menos guapo, más o menos alto, más o menos flaco, pero lo que sin duda sé decirte incluso sin conocerte, estimado lector, es que eres único. Y que cada imperfección te hace a ti mismo. Eres una mezcla de cada uno de los errores que has cometido a lo largo de los años y de todos los que te quedan por cometer. Eres tú. Y solo por eso tienes que quererte. Eres tú, eres único entre esas 7.000.000.000 de personas (o más, he perdido la cuenta) que habitan este mundo de locos.
Y tampoco me gusta la libertad que nos venden como si fuera verdadera. Creo, y es mi opinión, -como todo lo que llevo escrito-, que vivimos en una libertad condicionada. Nos han vendido que somos libres, pero lo que no nos han dicho es que somos libres en una cárcel que ellos mismo hacen, crean, y después controlan para salirse con la suya.
Nunca me ha gustado meterme con las grandes empresas, pero una vez al año no hace daño, y hoy estoy quejona, así que ya lo suelto todo. Las recalco a ellas porque son el detonante de cada problema que he citado. Nos crean una manera de vivir, ¡y nosotros les seguimos el rollo! Y ni siquiera nos oponemos a las ridículas chorradas que muchas veces intentan inculcarnos. Un ejemplo claro que todos conocemos, son las modas. Han llegado a ponerse de moda cosas ridículas sin valor ni utilidad ninguna, y aún así en cada casa habrá esa x cosa. Me incluyo. Llegan a comernos tanto la cabeza con ese producto, que nos termina gustando y menos de un mes después ya lo tenemos en nuestras manos. Y lo peor es que nos creemos los más guays por tener lo que está de 'moda' cuando quienes de verdad ganan son quienes nos han vendido el producto en cuestión. Porque sí, puedes leer esto y decir: ''pero si solo lo compramos unos pocos tampoco es que ganen ellos'', pero déjame decirte que te equivocas. Que no es así. Por una vez, voy a utilizar las matemáticas: si en tu grupo de amigos sois cinco, y cuatro de vosotros tenéis esa moda pasajera (que en inglés se denomina craze, y la verdad es que tiene sentido), si eso lo pasamos a escala mundial (¡a las 7.000.000.000 de personas!), no solo vosotros cuatro tendréis ese producto, ¿verdad?
No somos libres. Estamos encarcelados en lo que ellos quieren que lo estemos. Somos quienes somos en parte porque desde pequeños nos han dicho cómo ser. Y no me gusta ser así. No me gusta que todos seamos iguales, y más o menos, aun con alguna diferencia, todos terminamos siendo copias de los de al lado. Y es algo que a veces me tranquiliza y otras me pone nerviosa. Incluso iracunda.
Por eso no me gusta la sociedad, y por eso hoy me quería quejar. Porque la sociedad no es justa y tampoco lo somos nosotros. Y si no lo somos es justamente porque vivimos en la libertad que nos han vendido, y la justicia venía de regalo. Un regalo impuesto, por eso me quejo.

domingo, 2 de noviembre de 2014

Diferencias entre balas y puños. Entre querer y querer hacer daño.

Si algo me ha enseñado la vida es que nadie nace aprendido. Que a lo mejor no todos aprendemos a la misma rapidez y que no todos terminamos sabiendo lo mismo. Yo, por mi parte, he aprendido cosas que me gustaría no saber. Como, por ejemplo, el echar de menos. O el miedo. Y, Dios mío, se me da de cine eso de tener miedo. Sobretodo al rechazo y al olvido, porque son cosas que, aparte de asustar, duelen. Y creo que no hay nada que dé más miedo que el dolor. Supongo que es algo arraigado a nosotros, porque a nadie le gusta que le hagan daño. Y ya no hablo de ese dolor físico que incluso hay personas a las que les excita, sino que hablo de ese que atraviesa cada capa de piel y te pega directo en el pecho, donde el corazón. Joder, no hay peor dolor que notar que tu corazón se rompe. 

También he aprendido que en esta sociedad todos juzgan y todos son juzgados, y que ya no importa que alguien tenga un corazón puro y una personalidad de hierro, que como tu sonrisa no sea bonita, tus ojos no sean de x color y tu cuerpo no lleve la talla s no vales para nada. Y me parece injusto, porque conozco a miles de personas con un corazón tan enorme como su talla de camiseta, y no porque ella no sea una s su corazón va a ser peor. 

Y también me han enseñado que quien quiere hacer daño es capaz de hacerlo de verdad. 
Pero yo por mi cuenta he descubierto que también quien no quiere hacerlo termina rompiendo algún que otro corazón. Y que quien te necesita también terminará necesitando causarte dolor. Creo que viene en nuestro ADN. 

Quien te quiere te hará daño una vez, quien no te quiere te lo hará infinitas veces. 

Supongo que eso es lo único que puede diferenciar el miedo a que te hieran y el miedo a que te hagan daño. Porque, querido lector, una herida deja cicatriz, y esas mismas son las que alguien que te quiere o ha querido te deja. Porque esas heridas no se crean con simples puñetazos que, como alguien que no te quiere, deja. No. Esas heridas son de bala y de puñal. Y esas son permanentes. 
Por eso tengo miedo al dolor; porque todo el mundo te puede hacer daño, pero solo unos pocos te pueden dejar cicatriz.


sábado, 1 de noviembre de 2014

Energías.

Me gusta pensar que todo está conectado por energías. Y que si le regalas una sonrisa a un desconocido él te la responderá con otra igual. Que si ayudas a alguien a llevar la compra del coche a su casa te dará las gracias y a lo mejor incluso te ofrecerá aunque sea un euro por ayudar. Y que si ves a alguien pidiendo por la calle y le das lo poco que tienes sonreirá ampliamente y te saludará de manera agradable.


Pero el mundo no es un cuento de hadas y tampoco es un fabricante de hacer realidad los sueños de las personas. Ni lo es tampoco de los sueños en sí. Los sueños son de sus dueños, y cada uno sabe qué y qué no puede soñar.


A lo mejor el mundo no está conectado por energías y tal vez si le regalas una sonrisa a un extraño únicamente te mirará con mala cara. Y si ayudas a alguien a llevarle la compra te apartará, con miedo, quizá, a que se la robes en un arrebato de locura. Y que si le das la calderilla a un mendigo posiblemente te mire con asco porque crea que le has dado una miseria. 


El mundo no concede deseos. El mundo es el mundo, y punto.

Pero cada uno cuenta con su propio mundo. Y en el mío la gente se quiere, se cuida y se protege. 

Cómo se nota que mi mundo es un sueño, ¿verdad?

martes, 28 de octubre de 2014

DE TAN REALISTA SE AHOGÓ EN ILUSIONES.

Recuerdo que un día me dijo que no debería brillar. Que no servía para nada. Y me lo creí. Es triste cómo a veces nos quedamos únicamente que lo negativo de todo. Supongo que es irónico, ya que incluso en esta entrada voy a realzar lo triste de lo feliz y lo oscuro de la luz. Pero creo que es ley de vida, y que si no me tocaba hacerlo a mí le tocaría al que viniera detrás. 

Soy una persona que de tan realista se ahogó en ilusiones. Y mírame, sigo aquí. Con una sonrisa en los labios y el corazón en el médico, donde los muy capullos solo me recetan tiempo. Pero no necesito tiempo, me sobra tiempo. Me falta una mañana despertándome por los rayos del sol con vistas desde la ventana hacia el mar. Me falta un piso en Londres, una casa en Italia y una habitación en un hotel de Los Ángeles reservada a nuestro nombre. Me falta el café de las mañanas y las tardes paseando bajo la lluvia un viernes. Me falta el autógrafo de mi ídolo y su foto conmigo. Me faltan las ganas de luchar e incluso, muchas veces, las ganas de seguir. 
Y todavía a día de hoy, con tantas faltas y solo un sobrante; con tantas faltas y tantos por qués me preguntó qué sigo haciendo aquí. 
Aunque no merece la pena preguntarse algo que no tiene respuesta. Supongo que lo que me sobra me sobra y lo que me falta me falta, y punto. Que no hay por qués que valgan la pena ni faltas que hieran más que la tuya. Que los aviones no se estrellan ni se averían el mismo día, y que tu luz que en tanta oscuridad me dejó sumergida terminó creando en mí el brillo que tanto decías que no servía y que tanto ansiabas en silencio cada día. 

Y entiendo que la luz tenga su oscuridad y que la oscuridad tenga su luz, pero no comprendo por qué llamamos a la oscuridad negativo y a la luz positivo, cuando he visto luces arruinadas y con el maquillaje corrido por llorar y a oscuridades bailar, saltar y reír. 

Creo que las oscuridades brillan más porque son realistas. Y las luces oscurecen más porque son reales.

domingo, 26 de octubre de 2014

Bailar bajo la lluvia.

Ya no la buscaba cuando se despertaba, ni tampoco le cogía la mano por la calle. No le preparaba el desayuno por las mañanas ni la acompañaba al instituto. No la abrazaba con fuerza ni la besaba con ganas. Porque ya no estaba. Pero sí hacía una cosa, echarla de menos. A él mismo se echaba de más.

Ella nunca más le lloró, pero tampoco le quiso volver a ver. No esperaba su llamada a las doce de la noche para oír su voz antes de quedarse dormido. No cantaba para él por las tardes en los parques, ni se colgaba de su espalda para que la llevase a caballito. Porque él no estaba. Y le echaba de menos. A ella misma se echaba de más.

Tampoco volvieron a bailar bajo la lluvia, ni él con otra ni ella con otro. Porque era algo suyo. Algo que les unía.
Y ahora solo les unía una cosa: los dos se echaban de menos y se echaban de más.

domingo, 19 de octubre de 2014

Hoy y mañana.

Hoy el cielo es más azul que incluso un día de verano. Hoy el sol se ha puesto de su parte y brilla para hacer radiante a su pelo. Hoy quiere gritar y reír en la vida, reírse de la vida.

Hoy le gusta su sonrisa.

Hoy se ha puesto un vestido y unos zapatos y se ha sonreído al espejo. Hoy se ha convertido en la chica de ensueño.

Mañana será otro día.

Hoy quiere bailar. Hoy quiere destrozarse los pies en sus tacones. 

Hoy quiere quedarse afónica. Y quiere renovarse. Hoy se ha puesto maquillaje. De ese que tanto le gusta y tan poco se pone.

Mañana no hará nada de eso.

Hoy quiere verle y abrazarle, besarle y sentirle. Hoy quiere dejar de echarle de menos.

Mañana se arrepentirá hasta de intentarlo.

Hoy ha decidido quitarse la máscara y mostrarse tal cual es. Hoy va a dejar de lado sus complejos y se centrará en pensar que le gusta el reflejo que le muestran los cristales de las calles.

Mañana echará de menos quererse.

Hoy lo va a disfrutar. Hoy va a disfrutar.

Total, mañana será otro día.

miércoles, 15 de octubre de 2014

Las cosas cambian.

Dicen que a lo largo de la vida terminas olvidándote de las cosas inútiles y únicamente recuerdas lo importante. Te deshaces de todas las fechas marcadas en el calendario y, mientras las tachas, solo recuerdas lo importante de tres días. Supongo que eso es lo imprescindible que año tras año vas a querer recordar. 

Dicen que a lo largo de la vida el mundo va cambiando su forma de ser, pero lo dudo mucho. Creo que lo que cambia es tu forma de ver el mundo, no él en sí mismo.

Dicen que terminas olvidando contar las estrellas cada noche y ello lo cambias por contar cada factura.
Que olvidas cantar cada mañana y lo cambias por una llamada a la oficina diciendo que llegarás tarde.
Que de los besos inesperados y fortuitos solo quedarán los de los días especiales. 
Que la alegría se convertirá en un café a las once de la mañana en el descanso del trabajo; y que cada noche será solo para dormir. 

Dicen que a lo largo de la vida las cosas cambian.

sábado, 11 de octubre de 2014

Mi estrella polar.

No se me dan bien las metáforas. Podría empezar a contar una historia de alguien y de alguna manera llevarla hasta poder empezar a hablar de ti, lo he pensado varias veces, y he escrito también unas cuantas, pero no se me ocurre exactamente qué decir para acertar.
Lo que tengo por seguro es que tú serías un capitán y yo sería parte de tu pequeña tripulación. Aunque todo el mundo cree que los piratas son todos iguales, y por tanto estos serían mezquinos, egocéntricos y egoístas, pero tanto tú como yo sabemos que solo son especulaciones de la gente y que esas opiniones están de más.
 Pero no sé continuar, tal vez porque la historia no se parece tanto como yo creo, o quizá porque no encuentro las palabras justas y exactas para definir todo lo que llevamos vivido en tan poco tiempo y cualquier cosa que piense que está bien, termina sin tener lógica alguna, y mucho menos relación con el tema que quiero tratar hoy.
Pero ya sabes que soy así, que si estoy en uno de esos días de no querer callar hablo por los codos y me voy por las ramas y del tema principal. Pero hoy no puede pasar eso, porque hoy eres tú el tema principal, y por más que quiera no me pienso perder. No como antes, que siempre me perdía y tú hacías de mi estrella polar y me guiabas hacia donde más lo necesitase. Ahora ya no haces de ella, ahora lo eres.
Creo que todo el mundo debería tener esa persona que, por más perdida que estés, siempre tengas a tu lado, camines o no en la dirección correcta. Estés en la cima del mundo o hundiéndote en el océano al que llamamos vida.
Por eso me gustaba la metáfora y la historia de piratas, porque un capitán pirata hace todo cuanto está y no está en su mano por su tripulación, y una de las cosas que puedo decir que has hecho es salvar mi barco, salvarme a mí de hundirme y reconstruir ese barco, el que desde aquel momento se guía gracias a ti.
Por eso cada vez que hablan de piratas me entristece que la gente no entienda que no todos son malas personas, porque yo he tenido la inmensa suerte de conocer a un capitán pirata de una pequeña pero a la vez gran tripulación, y me alegro enormemente de haber aceptado la invitación para unirme a ella. He tenido la gran suerte de conocer a un capitán que lucha por los demás tanto o más que por él mismo, y he tenido la tremenda suerte de que ese capitán hayas sido tú. Porque contigo he sido capaz de cruzar cada aventura de mi vida, pero sé que no sirve de nada surcar mares si no es contigo a mi lado. Y sé que sin ti no lo haría, porque no tendría la fuerza para hacerlo. Por eso tengo suerte, tengo la infinita suerte de poder y también querer navegar contigo.

Felices 22, mi capitán.

domingo, 28 de septiembre de 2014

Deseos.

El mundo no es una máquina de conceder deseos, y por mala suerte lo he tenido que aprender de la peor manera que existe.
He visto como se puede destruir un edificio, y como se puede destrozar una vida. He sentido los sollozos de todo el mundo reflejados en las gotas de lluvia. Me pregunto cuánta gente estará llorando en este instante, cuánta riendo y cuánta cantando. Me pregunto si alguien estará besando a la persona que ama, y si otros por su lado estarán únicamente teniendo sexo con la primera chica que se han encontrado en una esquina de las calles de Nueva York. No sé. Esas cosas pasan.

El mundo es un antónimo de conceder deseos. Los destruye. A lo mejor uno de esos hombres que están teniendo sexo por dinero quieren tener una familia o incluso ser capaz de mantener a la suya; pero el mundo no te concede nada porque sí, y se resignan a lo que tienen. Un polvo de una noche. Tal vez las personas que hace dos minutos estaban llorando ahora hayan parado o se hayan quedado dormidas con lágrimas en los ojos, y quizá su almohada se haya quedado sorda por los gritos que ha tenido que callar. Eso también pasa. A mí me pasa.

El mundo no crea los deseos. Las personas sí. El mundo nos deja decidir si luchar por ellos o rendirnos. Creo que está claro que los hombres de Nueva York se han rendido antes de empezar. Pero tal vez quede alguno que quiera dejar de pasar por las noches por una esquina para estar con esa chica, y un día la coja y le diga "sal de la calle, vente conmigo". Quién sabe. Esas cosas pueden pasar. E incluso las personas que ahora mismo están llorando, muy en el fondo saben que no tiene sentido llorar porque al fin y al cabo las lágrimas se secan, y los sentimientos también. Y posiblemente alguna de ellas se haya dado cuenta y haya dejado de llorar, se haya lavado la cara y se haya sonreído en el espejo prometiéndose no volver a llorar. 
Aunque sabe que fallará en ese deseo.

El mundo no es una máquina de conceder deseos. Las personas tampoco.

jueves, 25 de septiembre de 2014

La vida del revés.

No recordaba ni el día ni la semana, ni el mes ni el año. Recordaba el momento de cada caricia y cada suspiro. Sobretodo recordaba cada abrazo y beso no dado. Recordaba las películas una tarde de domingo con la lluvia como banda sonora de su historia. Pensaba en los tantos secretos contados en una madrugada por teléfono, y también pensaba en cuánto lo echaba de menos. 
No le gustaba acordarse de sus comienzos, siempre empezaba por atrás. Y terminaba en la parte feliz, donde eran simples desconocidos. Ese era el problema y la ventaja que tenía comenzar por el final y no por el principio. John Lennon lo decía, la vida hubiera sido mejor al revés, empezando en la muerte y terminando en el nacimiento. Y así lo creía ella cada vez que recordaba cada aventura. Se sentía débil, y ya ni la lluvia la quería visitar. Se cansaba, decía, de sus mejillas ya acostumbradas a los surcos de cada gota. 

Éramos como desconocidos que se conocen muy bien. Y lo eran, por supuesto que lo eran.

Él también se acordaba de ella. De la primera vez que se habían visto, de cuando se habían conocido. Del primer baile con sus caderas. De las ganas constantes de ella. De sus muchas sonrisas escondidas en muecas. Se acordaba de cada lunar de su cuerpo y cada imperfección en la cara. Y de lo bien que le quedaban. Y de lo mucho que ella las odiaba. Y de lo mucho que ella se odiaba a sí misma, en general. Y también pensaba en cuánto la echaba de menos.
No le gustaba acordarse de su final, de la manera en que todo se había roto en pedazos. De cómo cada día ella estaba más distante y mezquina. Y de cómo él había actuado como un buen capullo. 
La lluvia la recordaba a ella, como siempre lo hacía todo lo negro, lo frío; todas esas cosas que odia la gente y él aprendió a amar gracias a ella. Él no lloraba, ya no. La lluvia también se había hartado de él en cuanto se dio cuenta de la verdad:

Somos como desconocidos que se conocen muy bien. Y lo eran, por supuesto que lo eran. 

jueves, 18 de septiembre de 2014

La canción más bonita.

Era la canción más bonita que jamás había escuchado. Y se acordaba de ella cada vez que llovía. Era morena, pelo largo. Ni alta ni baja, y con la sonrisa siempre puesta en los labios (aunque no siempre en los ojos). Tenía esa manera de reír que le hacía estremecer y todavía se le erizaba el vello si recordaba sus dedos entrelazados con los suyos. Era inteligente y realista, y basaba su vida en el presente, el futuro la aterraba. El pasado le dolía. Era como el muro de Berlín, siempre pareciendo fuerte pero derrumbándose por dentro. Sonreía y miraba a los lados, nunca al suelo, pues decía que era mejor regalarle una sonrisa a un desconocido que a los pies, que ellos nunca podrían responder. Y lloraba. Lloraba mucho. Porque sentía, sentía demasiado. 

Y a ella también le gustaba la lluvia, porque la conocía muy bien, cada noche se pasaba por sus mejillas. Y él lo sabía. Y nunca hizo nada. Y por eso ahora le duele la lluvia, porque ahora la conoce muy bien.

sábado, 28 de junio de 2014

El miedo es relativo; es depende de con quién se mire.

¿Por qué tenemos miedo? Es una pregunta que siempre he tenido en la cabeza. ¿Acaso es el sentimiento que más sentimos y por eso me llama más la atención? Creo que sí, y que no. No es más habitual ni menos, pero es más fácil detectarlo, sobre todo porque muchas veces va unido con otros...Por ejemplo, con el amor. ¿Por qué tenemos miedo cuando estamos enamorados o pillados por alguien? Tenemos miedo al olvido, al rechazo, al amor en general, porque sabemos que el corazón es frágil, y que si no se trata con cuidado se puede romper.Y aun sabiendo eso somos capaces de arriesgarnos, afrontando el miedo y luchando contra él por algo que sabemos que es posible que no funcione...Y es irónico, porque en ese momento el miedo queda en un primer plano que podemos vencer, pero con cosas más sencillas como las fobias no somos quién a hacerle frente. ¿Y de esto quién tiene la culpa, el miedo por afectarnos distinto o nosotros por sobreponer el amor a cualquier otra cosa? La segunda opción es la correcta. Creo que cuando se está enamorado no te importa correr ningún riesgo porque sabes que si todo sale bien la felicidad que vas a sentir será infinita. O tal vez solo dure unos segundos, pero eso da igual. Lo que importa no es la duración, sino la fuerza con la que te coge ese sentimiento. Es mejor pasar dos segundos al lado de la persona que quieres que ocho años con alguien al que únicamente aprecias. ¿Por qué? No lo sé. Pero estoy segura de que quien ama de verdad, quien siente de verdad lo que dice es capaz de hacerse añicos con tal de que la persona que ama no se lleve ningún rasguño. 
Y supongo que por eso el amor y el miedo muchas veces están unidos, porque cuando quieres a alguien eres capaz de matarte si sabes que el otro podrá vivir. Y cuando te empiezas a dar cuenta de que sientes eso te empiezas a preocupar, porque tu felicidad ya no depende de ti, y os puedo asegurar que no hay mayor error que dejar tu felicidad en manos de alguien que no eres tú mismo, porque no sabes si ese alguien cuidará por ti esa felicidad. Y normal que empieces a tener miedo, estás dejando a otra persona una parte de ti que es posible sea la más importante. Yo me acojonaría, vaya (y ya lo he hecho). 
Pero supongo que es algo normal, aunque si lo piensas fríamente parezca una locura. Pero así son las cosas... Saltarías desde lo más alto del Empire State aún con miedo si te dicen que al final de la caída la persona que quieres está ahí debajo para no dejarte rozar el suelo. 
Lo harías todo por esa persona, y el miedo está ahí, porque no sabes si esa persona lo haría todo por ti. Pero habrá que arriesgarse, ¿no?

Sin saber si reír o llorar, quedándome con las dos opciones.

Hoy tengo uno de esos días que no son ni buenos ni malos, pero que si te dejan elegir entre llorar y reír, las lágrimas se escaparán antes de poder pensar en qué será lo mejor. No creo que exista un por qué específico, solo que hay veces que todo se te acumula dentro y te ahoga. O a lo mejor soy yo, que lo pinto muy mal.
Pero y cuando eso pasa, ¿qué puedes hacer? Yo soy de esas personas que se lo guardan todo para sí y no le explica nada a nadie, que si le preguntan '¿qué te pasa?' respondería con un 'nada' acompañado de una sonrisa que, falsa o de verdad, todo el mundo traga. Porque ahí está otro tema, ¿si se supone que todos lo hacemos, por qué tragamos las sonrisas de los demás? Supongo que porque a veces no nos importa del todo, o porque respetamos que, como nosotros mismos, existan cosas de los demás que no quieran contar. Yo lo entiendo, e intento respetarlo como quiero que hagan conmigo, pero cuando se trata de una persona que te importa y a la que quieres es difícil dejarlo pasar. Pero es su decisión, y tú ahí no puedes hacer nada.
No sé si acaso tiene sentido, si es que alguien lo puede llegar a entender o únicamente puede llegar a pensar que solo soy una chica que todavía no sabe el sentido de nada. Pero supongo que para mí ese es el sentido de todo, el no entender nada y el querer dejarse llevar, pero al final renunciar a ello y comerte la cabeza por situaciones que crees que son demasiado complicadas.
No lo sé, la verdad es que ahora mismo no sé nada. Preferiría no tener estas dudas, pero lo jodido está ahí, en que dudo incluso en las cosas más sencillas. Porque no sé qué siento ni qué debería sentir, no sé qué va a ser de mí estos meses ni qué debería ser. Y tengo miedo, porque muy en el fondo tengo todas las respuestas pero, ¿qué puedo hacer con ellas? Soy demasiado débil como para afrontarlo todo y aun así el orgullo me impediría llevar a cabo muchas de las soluciones. Así que supongo que no puedo hacer nada, y que lo mejor es dejarlo pasar. Y seguir con mis días de no saber si reír o llorar. 

lunes, 21 de abril de 2014

Nada es eterno.

Qué triste es la lluvia. Y qué bonita. Representa la tristeza en un mal día y la soledad que alguien puede sentir, pero también explica las noches en vela y los suspiros que no van a parar a ningún lado. A veces, incluso, es capaz de reflejar tu propio estado de ánimo. No el estar deprimido, o estar infeliz. Me refiero a algo mucho más interno, algo que es especial en cada uno de nosotros. Me refiero a esas ganas incondicionales que tenemos de un abrazo de una persona en concreto, y las pocas maneras de poder conseguirlo. Me refiero a la impotencia que sientes cuando las lágrimas se derraman por tus mejillas. Cuando el nudo en la garganta se vuelve permanente. Cuando el gritar sin ser escuchado se ha convertido en algo rutinario. 
La lluvia puede reflejar muchos aspectos de la vida, y no somos capaces en la mayoría de las veces a pararnos a pensar que, a parte de estropearnos una bonita tarde por la ciudad con los amigos, es lo suficientemente poderosa como para hacernos sentir nostálgicos incluso por recuerdos y personas que no son importantes. La lluvia es experta en hacerte sentir cosas que estaban enterradas en lo más fondo de tu interior, y es capaz de crear en ti una tristeza sin un por qué definido. 
La lluvia es más que un estado de la atmósfera, es más que el mal tiempo. Es más que cuatro gotas que caen de las nubes que están en el cielo. Es mucho más que eso, pero, ¿quién es aquí el entendido para explicarnos qué es lo que hace especial a la lluvia? Porque por más triste que sea, por más malvada o cruel que termine siendo, ella es quien, después de todo, hace ese final feliz que a todo el mundo le gusta: el arcoiris. 

Y con esto quiero explicar, que da igual lo que pueda pasar, da igual el camino mientras este tenga el final que todos deseamos. Que a veces existen cosas, como la lluvia, que nos llegan a estropear un buen día o nos crea un quebradero de cabeza porque te hace pensar en cosas demasiado difíciles como para arreglar en una tarde; pero que en el momento oportuno termina y aparece el preciado arcoiris que todos queremos, y esto no es más que la solución a algún duro problema, el final de una tragedia, o incluso el último minuto de una hora extremadamente aburrida. Todo se arregla. Y por ello mi ejemplo para explicarlo es la lluvia, porque esta puede ser irritante y molesta, y es capaz de hacerte entrar en un bajón de ánimo, pero acaba terminando. Como todo. Porque nada es eterno. Y en ello entra tanto lo bueno, como lo malo. 

domingo, 20 de abril de 2014

Todo tiene su sentido, solo hay que encontrárselo.

Cuando el mundo deja de ser mundo, cuando los mares dejan de tener agua, cuando el aire deja de convertirse en viento y cuando el fuego no quema. Cuando sabes que sin una persona tú no, pero dejas que se vaya. Cuando echas de menos a quien no deberías y echas de más a quien más te conviene. Cuando prefieres el mal al bien o lo malo a lo bueno. Cuando tienes decidido tu futuro pero no te gusta en absoluto. Cuando quieres a alguien por compromiso y no porque lo sientes de verdad. Cuando estás vivo, pero no vives.
Una sensación de vacío, irónicamente, te llena por dentro y no eres capaz de salir de ella. Gritas en silencio, porque prefieres no gastar energía en emitir sonido alguno que no se vaya a escuchar. Lloras sin lágrimas porque no quieres deshidratarte pero aun así quieres hacerlo porque así acabarías con todo. Te autodestruyes mil veces y te odias por ello el doble, mas no quieres dejar de hacerlo. Porque, ¿de qué sirve, piensas, vivir si vives sin gustarte y sin quererte? ¿De qué sirve, sin más, seguir?
Lo ves todo oscuro y no entiendes ningún aspecto de la vida, pero no eres suficientemente valiente como para terminar con todo, y entras en un bucle del que es mejor escapar antes de que sea demasiado tarde.
Y un día te despiertas e intentas ver el mundo desde otra perspectiva, y tras semanas intentando verlo todo desde el lado positivo, terminas creyéndolo y dándote cuenta de que no tenías razón.
Y en ese punto el mundo vuelve a ser mundo, los mares tienen agua, el aire se convierte en viento y te azota suavemente en la cara y el fuego quema y arde como la primera vez que fue descubierto. Y tú dejas de simple y únicamente respirar y empiezas a vivir. Y lo haces de verdad, con ganas, y sobretodo, con alegría.

Nada es imposible por muy difícil que lo veas. Todo túnel tiene su salida, y por ello toda oscuridad termina teniendo luz dentro de sí. No hay nada imposible, y si existe algo así, es porque nunca lo has intentado con verdaderas ganas. Rendirse no es una opción, y quien te la dé como ello es alguien demasiado débil. Alguien que, quizá, necesite tu ayuda. ¿Y tú, serías capaz de ayudarle a salir del mismo abismo en el que estuviste tú en algún momento?

sábado, 19 de abril de 2014

Equilibrio.

Cuando entiendes que no hay ninguna otra opción, cuando te das cuenta de que es ahora o nunca; no hay marcha atrás. 

Los rayos de sol entrando por la ventana me despertaron. Estaba en el suelo, pues las heridas no me habían dejado siquiera llegar a la cama o algo más blando que el cemento que tenía bajo mi dolorido cuerpo. A mi lado yacía la espada plateada que horas antes me había salvado de morir, y frente a mí se encontraba, sentado en una silla y despierto, Zen, el que observaba cada uno de mis movimientos. No tenía escapatoria. 

-Buenos días, flor. ¿Qué tal has dormido?

Su voz hizo que un escalofrío recorriera mi columna vertebral. 

-¿Qué quieres, Zen? Creo que Stris te ha dado lo que querías.
-Sí, querida. Como ya sabrás, tengo en mis manos el Libro de las Tres Verdades. Pero...tengo un pequeño problema. Necesito entenderlo. Está escrito en una lengua antiquísima, y nadie mejor que tú sabe quién puede traducirlo, ¿verdad?

Una sonrisa se posó en sus labios y las arcadas se apoderaron de mí. 
Zen era el Señor Oscuro que años antes había sembrado el pánico en el reino y tras muchos intentos había vuelto a ser tan poderoso como siempre lo había sido. Era alto y elegante, pero le faltaba fuerza, la que no le hacía en verdad falta, pues tenía astucia y una gran inteligencia. Poca gente había sido capaz de hacerle cambiar de idea o de no cumplir sus órdenes y deseos; y ahí estaba yo. Una chica de 19 años que, o le ayudaba, o moría. 

-¿Qué me dices, Mare? 

Se había levantado y aun estando a contra luz podía ver cómo sonreía. Intenté pensar algún plan, alguna huida, pero en vano.

-Hoy me siento caritativo, así que te daré hasta la puesta de sol para pensarlo. Si mis guardas escuchan algún ruido extraño, olvidaré mi sensibilidad y mi capacidad de ser buena persona. Quedas avisada. 

Cerró tras él la puerta y poco a poco me levanté del suelo y me senté en la cama maltrecha. Solo había una pequeña ventana por la que llegaban los rayos del sol y una puerta de madera, la que tras ella escondería guerreros bloqueando o bien la entrada o la salida. Las paredes eran de cemento frío y posiblemente un conjuro las hubiera hecho indestructibles. Mis ideas y recursos se agotaban. Tenía que salir de aquí, pero no había manera alguna de hacerlo. Y me maldije en silencio al pensar en la manera estúpida en la que me habían atrapado. 


Los guerreros de Zen iban contra nosotros y desde la torre del castillo podíamos ver cuantos eran. La reina nos había recordado las maneras de huir por si surgía algún problema y se había ido tan rápido como había entrado. Mientras nuestros adversarios se iban acercando al castillo, miré a Stris el que me devolvió una sonrisa sincera y tranquila, lo que era contradictorio a todo el caos que se estaba empezando a formar a nuestra alrededor. Después miré a Xon, el que me devolvió una mirada fría y severa, algo que en ningún otro momento había hecho. Y cuando me disponía a cogerle de la mano, la muralla cayó y los caballeros oscuros entraron en el castillo. Corrí con Xon a mi lado mientras íbamos a la torre vigía para desde allí tener una mejor visión y poder disparar las flechas con más facilidad. 

Al llegar, no había nadie, y un escalofrío recorrió todo mi cuerpo, algo iba mal. Despejé mi mente de cualquier pensamiento que pudiera traer un mal presagio y empecé a disparar flechas a todo aquel que estaba demasiado cerca a la sala de cristal, donde estaba el Libro. Unos minutos después, un mago llegó hasta nosotros y empezó a hechizar todos los objetos para que nos atacasen, y al cabo de un tiempo, tanto Xon como yo estábamos atados por unas cuerdas que a cada movimiento que hiciéramos se apretaban más contra nuestra piel. 

-Has hecho un buen trabajo, Xon. 

Esa voz. Ahí estaba Zen. No pude darme cuenta de nada más en unos segundos hasta que mi mirada se posó en Xon, el que no estaba atado, y apuntaba su espada contra mí. 

-Tú...- susurré.
-Oh, venga, Mare, ¿no lo habías averiguado ya, o es que tus sentimientos te han nublado?
-Eres un maldito traidor. 
-Nada que no sepa ya. En verdad, la mayoría lo sabía, o lo intuía. Incluso Stris lo sabía. ¿Pero cómo matarme si tú siempre estabas a mi lado, y gracias a mí habías empezado a ser más fuerte? ¿Cómo decirte que el chico al que amas es en verdad tu enemigo? No convenía decirte nada, Mare. Gracias a mí dejaste de destruirte. 
-Eres...eres...

Mi mirada se nublaba por segundos y mi mente no era quién a asimilarlo todo. 

-Lo siento, querida, pero no todo es como lo ves.


Lo último que recordaba eran las risas, tanto de Zen como Xon. Me limpié las lágrimas que habían caído mientras recordaba aquel momento y me levanté como pude. Estaba dispuesta a salir de aquella habitación, y lo conseguiría. 
Repasé cada lección de Stris, cada buen consejo, e incluso dejé que mi mente navegase a través de las mañanas en las que Xon me acompañaba al bosque y allí entrenábamos. Pero nada. Nunca había pensando en cómo escapar de una maldita celda que apenas tenía salidas. 

-¡Eh, flor!- gritó alguien desde detrás de la puerta-. ¿Qué tal lo llevas?- dijo Zen mientras entraba. 
-Lárgate- dije señalando la ventana-, todavía no se ha puesto el sol. 

Sonrió.

-¿Oh, no te lo había dicho? Esa ventana está hechizada, en verdad son las siete de la tarde, y está empezando a oscurecer. 

Su sonrisa aumentó mientras mi furia crecía y se reflejaba en mi rostro.

-Vamos, flor. Tienen que prepararte para esta noche. ¡Traducirás la Tercera Verdad delante de todo el reino!
-Jamás- dije mientras me cogía por el brazo y me llevaba a algún lugar. 
-Ya lo veremos- respondió con su malvado sonrisa. 


-Estás radiante. Pero sonríe, niña. Vas a traducir la Tercera Verdad, estate orgullosa. 
-Más bien me doy asco. 

La molesta señora que me había arreglado se fue y me dejó sola mientras me observaba en el espejo. Llevaba un vestido largo, de color negro y de palabra de honor. Mi pelo rojizo estaba recogido en un moño. De haber sido otra ocasión, incluso hubiera pensado que estaba bien. 

-Estás preciosa- dijo una voz ya conocida tras de mí.
-¿Qué quieres? ¿No deberías estar con tus compañeros? Te habrán echado de menos mientras espiabas para Zen.

Cerré los ojos fuertemente cuando le vi ir hacia mí y cuando volví a abrirlos había dejado su mano en mi hombro, la que aparté rápidamente. Se puso frente a mí y pude notar en su mirada tristeza, pero la pena que podría haber sentido por él en algún otro momento se había esfumado. 

-No me arrepiento de lo que he hecho, Mare. 
-¿Y qué me quieres decir con eso? ¡Pues vale! ¡Vete con tu Señor Oscuro y dile lo feliz que estás de haber sido tan buen lacayo! ¡Dile lo bien que te sientes al haber destruido un reino entero! ¡Cuéntale lo estupendo que es enamorar a una chica y después hacerle darse cuenta de la peor manera que nada era verdad! 
-Me merezco todas estas palabras...
-¡Y tanto que te las mereces! 
-Déjame acabar, Mare. No me arrepiento de nada. Pero no me refería a Zen, o al reino o a esta guerra- dijo mientras me cogía la mano, y no encontré fuerzas para apartarme-. Me refiero a nosotros. 

Juntó sus labios con los míos y como vino se fue. 
Rompí el espejo de un puñetazo y tras el ruido la señora de hacía unos minutos volvió a entrar. Al ver mi mano sacó su varita y antes de que pudiera hacer nada cogí uno de los trozos del espejo y se lo clavé en el estómago, sin pararme a pensar en si la había matado o no. Abrí la puerta con cuidado y al no ver a nadie, decidí irme, no sin coger la varita de la señora y algún que otro cacho más de espejo. Fui corriendo pero sin hacer el menos ruido posible y cuando pensé que había encontrado un buen sitio para irme, una manos me cogieron por la espalda y me llevaron hasta una esquina en la que solo había oscuridad. 

-Mare, escucha- dijo Jes-. No hay mucho tiempo, ¿vale? Esperaba que tardaras menos en huir, pero da igual. La traición de Xon no nos trae por sorpresa, y la hemos usado a nuestro favor, pero no quisimos decirte nada, ya que en cuanto lo supieras no sabríamos como reaccionarías. Escúchame. Vuelve de donde has venido y compórtate como hasta ahora. Tenemos un plan, confía en mí. Todo saldrá bien.
-Deja las palabras de consuelo y vete al grano, Jes, no estoy para juegos. 
-Está bien- dijo mientras me entregaba un papel-. Ellos no saben lo que dice la Tercera Verdad, así que en verdad puedes decir cualquier cosa, ¿no crees? Ahí tienes algunas ideas, pero cuento con tu ingenio de última hora. Tenemos que hacer que ellos queden conformes cuando termines pero cuando crean que hayas acabado seguir diciendo algo para en ese momento atacarles por sorpresa. ¿Estás conmigo?- asentí.
-Siempre. 

Volví a la habitación, ahora más segura que antes, y con la varita de la señora le volví a la normalidad y le borré la memoria, y arreglé el espejo. Minutos después Xon volvió a entrar con dos hombres, los que me acompañaron hasta el gran salón. Este estaba repleto de gente, algunos orgullosos y otros obligados a ir por el mismo Zen. Había mesas llenas de comida y bebida casi sin tocas pues la mayoría de los allí presentes no se fiaban del Señor Oscuro y menos aún de sus secuaces. 

-Buenas noches, señoras y señores. Hoy descubriremos cuán mal habita en la Tercera Verdad. Hoy sabremos a qué temían nuestros antiguos. Hoy seremos un poco menos ignorantes. Y para ello, tenemos a nuestra querida flor, Mare. Ella será quien lea y traduzca la Tercera Verdad. 

Me llevaron hasta Zen y todos me miraban. Y sentí en su mirada tristeza; no por ellos, sino por mí. Porque sabían que me negaba a todo lo que Zen quería, y porque sabían que en aquel instante era un esclava. Y ese sentimiento me llevó a una ira incalculable, y al mirar a Xon, este se puso pálido, pues mi mirada solo transmitía odio y dolor. 

Zen dejó el Libro en el atril, frente a mí, y empecé a leer. 

-Aun con tres heridas en los costados y sin apenas fuerza en el cuerpo, el caballero fue capaz de caminar hasta el gran lago y allí derramar la poción que devolvería todo a su estado normal. Oscuridad, dolor, y violencia enterraba ese agua amarga que en algún momento fue dulce. 

Mientras leía el suelo temblaba bajo nuestros pies y cuando vi la oportunidad, empecé a inventar.

-Pero todo lo malo era agotable, y aunque poca gente pudiera saberlo, aquella oscuridad tenía en el fondo una luz cristalina. Pues incluso lo más cruel y vil tiene un lado tierno. Pues incluso lo bueno tiene un lado malo. Porque todo está compuesto por equilibrios de energías, y tanto lo bueno tiene algo malo, como lo malo tiene algo bueno. Y sabiendo utilizarlo, se puede convertir lo malo en lo bueno. Y aquel caballero, que tanto creía saber pero que tan poco sabía, aprendió una lección que se le grabó en el pecho. Los intermedios siempre son los mejores. 

Zen fue corriendo hacia mí en cuanto había empezado a leer la parte inventada que él creía que se encontraba en el Libro, y en ese momento Jes y mis compañeros salieron de los recovecos jamás imaginados y empezaron a luchar contra los guerreros oscuros, los que se descuidaron y dejaron las ventanas sin seguridad, dejando una clara oportunidad a Stris, el que se coló rápidamente en el gran salón y dejó a Zen amordazado y en el suelo; con sufrimientos internos que nadie es capaz de olvidar. Porque así era la magia de mi maestro, vil y cruel, pero utilizada siempre en su lado bueno. 

Cogí el Libro de las Tres Verdades y se lo entregué a Stris, el que me sonrió tiernamente y se fue con el libro en sus manos. Jes me cogió de la mano y me casó de allí, no sin antes pasar por delante de Xon.
-Mare...
-La próxima vez, piensa antes de actuar- dijo Jes mirándole con una mirada fría y llena de odio.


Al salir del castillo, Jes me llevó al bosque y me explicó la verdadera historia de Xon y el por qué de que hubieran dejado que se quedara con nosotros, y me sorprendió saber que lo que había dicho Xon en la torre era verdad.

-No te consideramos débil, Mare, porque no lo eres; pero en cuanto apareció Xon fuiste más estable y observamos que te venía bien su compañía. Al descubrir de qué lado estaba di la idea de matarle yo mismo, por como te estaba utilizando, pero Stris me paró los pies. Dijo que eso sería un golpe del que no te recuperarías y te necesitábamos en el batalla. Aunque no pensamos que el chaval sería tan imbécil de decirte de qué bando estaba en aquel momento. Nos equivocamos, obviamente. No sé si hicimos bien escondiéndotelo, pero era la primera vez desde la muerte de tus padres que te veíamos feliz y...no sé, nos dejamos llevar por los sentimientos de cariño y no quisimos hacerte daño. Lo siento, Mare. 
-No te disculpes. Fui yo la tonta. Tuve que haberlo visto. 
-No os culpeis- dijo Stris detrás de nosotros-. En verdad, nadie tiene la culpa. Y de tenerla, sería yo por dejar que todo se me fuera de las manos. Pero lo importante es que hemos cumplido con nuestro objetivo. No lo hemos hecho bien en muchos momentos, pero hemos actuado como hemos creído que iba a ser mejor. A veces, cuando entiendes que no hay otra opción, cuando te das cuenta de que es ahora o nunca, no te paras a pensar en el minuto a minuto. Piensas en un futuro a largo plazo, y entiendes que lo mejor es hacer aquello que, a lo mejor deja rasguños en el camino, pero que cura las heridas al final de todo. Porque mil rasguños duelen, pero son más fáciles de curar que una herida. 








sábado, 11 de enero de 2014

Volver a vivir.

No hay nada como una bonita puesta de sol. Es el final del día y el principio de la oscuridad, pero siempre me ha gustado pensar que somos nosotros quienes lo elegimos así, y que damos paso a la noche para que la otra parte del mundo pueda disfrutar de la luz del día.

Estaba sola en una pequeña playa. Sola...como siempre. La soledad era algo que estaba siempre conmigo, qué irónico, porque, al fin y al cabo ella siempre me acompañaba sin compañía...Posiblemente no siempre fue así, pero para qué dar explicaciones de algo que difícilmente se puede entender.

Mientras veía como la última luz natural se iba consumiendo poco a poco, oía como un avión pasaba por encima de aquel pueblo perdido, a no más de un kilómetro de donde yo me encontraba. Vivía allí, aunque nadie lo habitaba conmigo. Como he dicho antes, estaba sola.

Me tumbé en la arena, pero rápidamente me levanté, escuchando a alguien ir hacia el mar. Estaba ya delante de mí, a punto de tirarse a él con una tabla debajo del brazo. Era un chico. Me quedé a observarlo mientras recorría de punta a punta todas las olas que era capaz de coger. Y así ensimismada, estuve una media hora, hasta que él volvió a salir. Yo, sentada ahora en una roca más lejana a la arena en sí, me quedé mirando el cielo, pudiendo notar que aquel chico se acercaba a donde yo estaba. Le miré, y él me regaló una sonrisa que yo agradecí con el mismo gesto, y se marchó.

Me volví a quedar sola, pero ahora sentía que me molestaba. Me irritaba volver a estar sola. A veces es difícl convivir contigo misma, pero hacerlo sin nadie alrededor es casi un castigo. Solo un masoquista, o alguien con muy mala suerte en la vida podría vivir así. Yo, como podreis intuir, soy de las segundas. Regresé a mi casa, triste y sin vida, y me di una ducha. Por una vez, saldría de allí. Fui hacia el garage y quité una sábana blanca de encima del cacharro con cuatro ruedas que estaba allí desde que tenía conocimiento para acordarme. El coche en sí, se veía viejo, y daría gracias al mundo si acaso arrancaba, pero para una vez que quería salir de mí misma y mi triste vida, no iba a dar marcha atrás simplemente porque el coche no la tuviera, o no arrancase.

Tras unos diez minutos, pude hacer que funcionase, y me fui de allí antes de cambiar de idea. El sitio me daba realmente igual, solo quería saber cómo vivían los demás, o si alguien me echaba de menos...a lo mejor mis padres. Pero sin saber por qué, eso me parecía imposible, y así era. No me había ido de casa por cualquier capricho de niña mimada, sino por necesidad. No había tenido la típica infancia, y aunque ahora no estaba extremadamente bien, estaba mejor que en lo que se suponía que era mi hogar. Dije que no iba a contar esto...que para qué contar lo que no todo el mundo podría entender, pero desahogarme de vez en cuando no está de más. Mi familia, o lo que se supone que era, la formaban mis dos padres y mi abuelo. Mi abuelo murió en un accidente de tren cuando yo no tenía doce años, y fue por ello por lo que mi vida dio un giro amargo. Él era quien ponía la paz en mi casa, y tras su muerte, mis padres volvieron a ser los que habían sido antes de tenerme a mí. Eran alcóholicos, y mi padre nos maltrataba, tanto a mí, como a mi madre. Ella no decía nada...el amor (o la idiotez, quién sabe) la cegaba por completo. Nunca en su vida dio nada por intentar que a mí no me hiciera nada aquel que se consideraba mi padre, y cuando no pude más, me fui de casa. No duré mucho por la calle y un día unos policías me encontraron a las tres de la mañana tirada en la calle. Me preguntaron quién era, dónde estaban mis padres, y por no querer explicar mi vida, les dije que no tenía ningún familiar (y en verdad, no creo que haya mentido). Me llevaron a un orfanato en el que no veíamos el sol ni una hora al día, y tras dos meses me escapé. No sé cómo llegué a donde ahora vivía, ese pequeño pueblo abandonado. Y así hasta ahora, y posiblemente, con mis dieciocho años de edad, sé más de la vida que mil y un personas de las ricas ciudades que podían cenar cada día en un restaurante diferente.

Tras media hora, llegué a la que antes era mi ciudad. No había cambiado mucho en los dos años que había estado fuera. Mientras aparcaba, daba un paseo y observaba a la gente yendo y viniendo, aun siendo las once de la noche, me preguntaba por qué estaba aquí. Supuse que el ver a aquel chico en la playa hizo que reviviera uno de los pocos sentimientos que sigo teniendo por los demás. O me picó la curiosidad.

La gente venía e iba. Nadie se paraba si quiera a mirar nada de lo que estaba a su alrededor. Y en ese momento me di cuenta de cuánto había cambiado...Antes yo era una de ellos. Esas personas que se quedan con lo que ven a simple vista y no le buscan ningún significado a nada. Una de aquellas que se creen que lo saben todo, pero que en verdad son las personas más ignorantes que existen. Una de todas esas personas de plástico. Había perdido hacía mucho tiempo la fe en la humanidad, y sí, posiblemente no tenía fe ni en mí misma. ¿Aunque para qué tener fe en algo que no sabes si va a continuar, que no sabes si va a seguir? Y es que pongo la mano en el fuego por decir que yo era de esas pocas personas que no sabían si el próximo día iba a poder comer algo.

Pasaba por delante de miles y miles de restaurantes, y mi estómago crugía cada vez más. Miré mi bolsillo derecho, y tenía un billete de veinte libras. A día de hoy sigo pensando por qué tenía dinero y, sobre todo, por qué no lo había utilizado antes. Entré en el primer lugar de comida rápida que vi, y me comí mi primer hamburguesa tras dos años sin probarla. Y mientras saboreaba la que era mi primera comida desde hacía casi tres días, veía las noticias que el camarero había dejado puestas en la televisión. En verdad, nada había cambiado. Guerras, economía, política...Todo seguía tal y como lo había dejado. Y eso me llevó a preguntarme nuevamente si alguien me había echado de menos. Llegué a la misma conclusión: no. ¿Por qué alguien iba a echar de menos a alguien como yo? Cuanto más lo pensaba, más claro lo tenía.

Salí a las frías calles de la ciudad otra vez, y me fui a un parque cercano, al que iba cuando tenía unos catorce años. Recordaba ese lugar como un sitio triste y solitario, con nadie salvo yo en él, yo y mis lágrimas de dolor e impotencia. Y ahora, sin embargo, era todo lo contrario. Eran las doce de la noche y había todavía hasta niños jugando por allí. Y también había grupos y grupos de gente de mi edad y entre ellos, el chico de la playa. Le reconocí entre más de quince personas juntas y me quedé mirándole hasta que uno de sus amigos le dijo algo al oído y él me miró. Idiotamente, me ruboricé y desvié mi mirada hacia el lado opuesto. En casos como este, no venían de más un móvil o algo así para parecer ocupada, pero mi último móvil había sido tirado desde un séptimo por mi padre. Me empecé a reír sola e irónicamente mientras recordaba cómo mi padre dejaba caer lo único que me apartaba un poco de él y las peleas, al vacío. Me encogí en mí misma, haciendo que mis piernas quedasen encima del banco y mi cara apoyada en mis rodillas mientras mis manos intentaban transmitir algo de calor a mis hombros. Era diciembre y el frío se notaba, sobre todo si solo llevabas unos pantalones largos, una camiseta, y una cazadora con más arreglos que tela. En mis pies descansaban unos playeros que había conseguido de una de las casas abandonadas del pueblo. Y así era casi toda mi ropa, robada de casas en las que nadie vivía, y tenían más polvo y polillas que otra cosa. Pero aunque muchas veces pasó por mi cabeza, nunca regresé a aquella casa en la que me maltrataban. Creo que fue por cobardía. Miedo a ver de nuevo a aquellos que eran mis padres. Puedo asegurar que no hay nada peor que temer a alguien de tu familia, y sin son los mismos que te han dado la vida, es el triple de duro. Hacía dos años, lo único que hacía era temerles, ahora sentía odio e ira...

La gente se iba yendo hacia sus casas, mientras el parque quedaba vacío. Hasta tal punto que solo quedamos él y yo. El chico de la playa. Hablaba por el móvil y parecía discutir con alguien. Colgó y dando una patada al aire, se sentó en un banco que quedaba en frente mío. Yo, mientras tanto, le observaba y pensaba en qué le habría pasado, aunque sin darle más importancia de la que debía. <Es su vida, ¿por qué me debería importar?>, pensaba todo el rato.

El reloj de un edificio cercano marcaba la una de la mañana, y decidí irme de allí. Caminaba tranquila por las calles vacías de aquella ciudad que ahora ya no significaba nada para mí...E inconscientemente, llegué a la que antes era mi antigua casa. Alcé la vista y miré al séptimo piso. Donde yo antes vivía. La luz estaba apagada. Mi curiosidad quiso entrar, pero por suerte o desgracia, no tenía las llaves conmigo. Aun guardaba un juego por si acaso. Ahora estaría perdido por mi casa.

Me acerqué hasta el portal y deposité mi mano en la puerta. Expresar lo que sentía en ese momento es posiblemente lo más difícil. Muchos recuerdos pasaron por mi mente, entre ellos la última vez que había estado ahí.
-¿Vas a entrar?- preguntó una voz detrás de mí. Me giré y pude ver al mismo chico de hacía un rato. <Qué casualidad> pensé.
-Esto...sí. ¿Te importaría abrirme? Me he olvidado las llaves en casa...-mentí.

Mi voz parecía desgastada y ronca, más ronca de lo normal. Cuando uno está solo, habla con él mismo, pero no tanto como cuando se tiene a gente alrededor. El chico abrió la puerta y me cedió el paso con la misma sonrisa que había visto horas antes en la playa. Yo hice lo mismo.

-¿A qué piso vas?
-Séptimo- dije seca. Él obedeció y apretó el botón. El mío y el del octavo. Como era obvio, sería su piso.

El viaje en ascensor se me hizo extremadamente incómodo y largo. En cuanto las puertas se abrieron, salí de allí, tirándome bruscamente hacia fuera. Me aseguré de que el ascensor volvía a subir y me fui directa a la puerta del séptimo A. La puerta estaba cerrada, y no había felpudo. Me extrañó, pero no le di más importancia.

Escudriñé por cada maceta que había en el rellano en vano, ya que no había ninguna llave. Por suerte, una orquilla en el bolsillo derecho de mi cazadora hizo el trabajo propio que habría hecho la llave. No se me hizo difícil abrir, pero entrar fue algo tan complicado que es mejor no contarlo.

Ya dentro, me sorprendí de lo vacío que estaba el piso. No había muebles, ni cuadros...nada. Me dirigí a la única habitación que pudo sentir en algún momento mi mala infancia y mi malos días. Cuando entré, mis ojos se inundaron de lágrimas. Estaba tal y como la había dejado. Me adentré un poco más y mil sentimientos se apoderaron de mí. Hasta que caí en algo demasiado obvio. Si esta habitación seguía igual...alguien viviría todavía aquí.

Alterada por el pánico y el temor de que alguien me encontrase aquí, fui hasta mis ahorros bien guardados y los cogí todos. No recordaba cuánto tenía allí dentro, pero era mejor de lo que tenía yo en esos momentos. Salí de allí lo más rápido que pude, todavía con los nervios a flor de piel. Ya en el portal, empecé a correr tras bajar las escaleras, y me tropecé con alguien que ya me era conocido.

-Oh, vaya. Lo siento...¿estás bien?- me preguntó mientras me ayudaba a levantarme.
-S-sí- valvuceé todavía con los nervios en mí.
El moreno de ojos claros que tenía en frente mío me miraba preocupado mientras yo no dejaba de temblar.
-Gr-gracias- dije, y le sonreí como pude.
-¿Qué te ha pasado? Si es que se puede saber...
-Nada, nada. Me suelo asustar por todo- dije, mientras pensaba en la tontería que acababa de decir y veía que él reía.
-Bueno, pues te dejo ir. Ahora llevarás las llaves, ¿verdad?- reí con él, mientras asentía débilmente-. Ya nos veremos por aquí, por cierto, me llamo William.
-Yo me llamo Michelle, encantada.
-Igualemente, Michelle, ya nos veremos.

Y sin más salí de allí de vuelta a mi coche, con los nervios aun revoloteando por todo mi cuerpo. El camino hacia casa se me hizo pesado. En cuanto llegué, coloqué mis ahorros en uno de los cajones con candado que tenía y me fui directa a la cama, pero no pude conciliar el sueño. Ahora me volvía a sentir sola, pero no me gustaba. Lo notaba todo tan grande para alguien tan pequeño e insignificante como yo...

Las horas pasaban, y así hasta que pude ver el amanecer a través de mi ventana. Me levanté, no con muchos ánimos a apreciar el maravilloso paisaje que tenía en frente. Veía el mar, calmado y azul, y el cielo por encima brillaba en colores anaranjados mientras el sol se abría paso entre las nubes que le impedían llegar muy alto. Hay veces que lo que menos imaginas, es lo que más te impide realizar lo que quieres.

Tras varias horas después, hecho ya todo lo normal en mi día a día, como por ejemplo, limpiar y recoger, salí de casa y me dispuse a ir a dar una vuelta por el bosque que quedaba al lado. Estaba vacío, y debido a que no había nunca cazadores, siempre había pensado que por allí no habría ningún animal como lobos o jabalíes.

Paseaba por una zona tan alejada de todo que lo único que podía oír era apenas el leve sonido de mi respiración. La sensación de vacío me estremecía, y tuve unas tremendas ganas de empezar a correr como Forrest Gump y no parar, y no parar, y no parar. Alejarme de todo lo que trajera silencio. Desde mi visita a la ciudad, me había dado cuenta de lo que odiaba el silencio. El silencio nos hace vulnerables.

Poco después fui a la playa. Esta no estaba sola, sino que se podía ver a muchas familias disfrutando de un buen día de sol. Me senté en la arena y contemplé el paisaje. Me quedé mirando fijamente a una pareja, que tendría los mismos años que yo, o similares. Detení mi mirada un poco más en la chica...en su pelo, rubio platino que le caía por la espalda. En un peso decente, e incríblemente guapa. Después desvié mi vista hacia mí misma. Mi pelo castaño con mechas casi rubias por el sol, largo hasta el final de la espalda, me pedía a gritos un arreglo. Mi cuerpo era desigual y delgado; un delgado demasiado extremo, en comparación con aquella chica. Bufé, irónica. Ella no habría pasado hambre ni un día, y yo sabía lo que era estar un mes y medio viviendo a base de comida que algún mercado tiraba en el pueblo más cercano al mío, a unos nueve o diez kilómetros. Ella nunca sabría lo que es estar noches en vela por un dolor de estómago que pedía a gritos alimento, un alimento que yo no le podía dar.

Cerré los ojos fuertemente y me imaginé en el lugar más lujoso que pude recordar  que hubiese estado en mi vida. Mi cerebro reflejó una imagen de un palacio abandonado, en el que una vez, antes de llegar al pueblo donde estaba, me había refujiado alguna que otra noche. Era un edificio alto y antiguo y lo más bello que habían visto mis ojos. A día de hoy, añoro su fachada y sus ventanales que caían por esta como precipicios. Poiblemente, con comida suficiente y...tal vez dinero, me hubiese quedado allí para siempre. Pero el hambre me apretó tanto que lo abandoné. Hasta llegar a donde ahora vivía. Mi primera impresión de la pequeña aldea donde sobrevivo, fue que sería un buen hogar. Ahora, lo único que agradezco es que esté cerca del mar y que sus ex habitantes dejasen casi todas sus pertenencias en las casas, haciendo así que yo tuviera por lo menos la suficiente ropa. El mar lo agradrezco por serme de comedor, ya que allí pescaba.

Cuando volví a abrir los ojos, la luz del sol me cegó y pocos minutos después observé que había un grupo de surfistas a escasos metros de mí, mirándome. Inmediatamente pensé en el chico que había conocido, William. Pero mis ojos se llevaron una gran desilusión al ver que ninguno de ellos era él. Aunque sus caras me resultaban realmente familiares.

Su mirada encima mío me puso incómoda, haciendo así que me levantara y me dirijiera al mar. Al lado de una roca, dejé mis playeros y me metí en el agua. Iba vestida con unos pantalones cortos y vaqueros, y una camiseta de manga irregular, ya que estaba rota y enmendada, negra. Aun en pleno diciembre, hacía calor. Caminé un rato, y volví a mira hacia aquel grupo de chicos, y por mi desgracia, seguían con la vista en mí. Eso hizo que mi incomodidad aumentara, y con ello, mis ganas de desaparecer; el centro de atención y yo éramos polos opuestos. Me subí a una piedra enorme y salté nuevamente al mar.

El agua estaba fría y eso me calmó. Cuando saqué la cabeza del agua, pude distinguir a los surfistas mirándome y uno de ellos cogiendo la tabla corriendo, con cara de pánico al ver desde donde me había tirado. Otro le paró gritando ''¡tranquilo, está ahí!''. Me zambullí nuevamente y estuve bajo el agua todo lo que mis pulmones aguantaron sin oxígeno, que he de admitir que, por todas las veces de pesca submarina que había hecho, era mucho. Cuando no pude más, volví a arriba y en cuanto mis ojos me dejaron, vi a un chico a mi lado, desviando la tabla y así cayéndose al agua, para esquivarme. En cuanto tuvo la cabeza fuera del agua le reconocí. Fui hacia él, para asegurarme de que estaba bien. Él me vio y pude ver confusión en su rostro.

-H-hola- dijo.
-¿Estás bien?- pregunté como pude mientras sus ojos azules hacían que las palabras tardaran en salir.
-Sí, ¿tú?

Asentí, no muy segura; todavía con la mirada perdida en la suya. Hice el amago de irme en cuanto tuve la oportunidad de pestañear, ya que sabía que si seguía mirando sus ojos, no querría irme nunca. Me agarró por el brazo justo cuando mis pies ya descansaban en la fina arena.

-Espera, Michelle- dijo. Se acordaba de mi nombre.
Le miré y pude ver que sonreía, pero aun estaba confuso.
-Dime- dije.
-Se te ha caído.

Mi mirada bajó poco a poco hasta su mano, hasta encontrarme con un colgante. Mi colgante. Era la única cosa que yo deseaba conservar para el resto de mis días. Había pertenecido a mi abuela, y mi abuelo me lo regaló justo antes de irse en ese maldito viaje de tren que le había arrebatado la vida. Extendí la mano y me lo entregó, mirando primero mi mano y terminando en mi cara. Su mirada me puso incómoda y quise salir corriendo, pero me quedé inmóvil.

-G-gracias- tartamudeé. Él sonrió, tal vez demasiado dulce.
-No se merecen- dijo, y se apartó de mí un poco más.

Notaba una extraña sensación de incomodidad en la conversación, pero me sentía muy cómoda a su lado. Por un momento quise detener el tiempo y quedarme así para siempre, pero un grito de uno de aquellos chicos que antes me observaban hizo que volviera a la realidad; y pude notar como también a él le sorprendió.

-¡Will, nos vamos! ¿Te vienes o...?- dejó de hablar al estar a escasos metros de nosotros. Me miró de arriba a abajo- Oh, perdonad, no sabía que estábais hablando. A lo que venía- dijo, volviendo la mirada a su amigo- estamos en el bar de siempre, ya sabes.

Y tras eso se fue, gritando hacia los otros que no se habían dignado a esperarle, quizá pensando que regresaría con la compañía del que ahora estaba junto a mí. Le miré y su sonrisa seguía posada en su cara.

-Esto...yo mejor me voy- dije-. Te están esperando.
-Ellos pueden esperar. ¿Quieres dar un paseo?

Su pregunta calló en mí de improvisto, y mentiría si dijera que no me puse nerviosa.

-Eh- vacilé- sí, por qué no.

Me acompañó amablemente hasta la roca donde tenía mis zapatillas y poco después estábamos al lado de su moto, en la que su ropa descansaba en el maletín. Se disculpó un momento y cinco minutos después volvía a estar a mi lado, con el pelo entero despeinado y seco y unos pantalones vaqueros y una camiseta granate cubriendo su cuerpo. Unas zapatillas parecidas a las mías, pero nuevas descansaban en sus pies.

-Y dime, - dijo, cuando me vio apoyada en su moto- ¿por qué has venido a esta playa y no a la cercana a la ciudad?
-Me gusta más esta,- contesté- es más...familiar.
-Familiar...- repitió él apoyándose junto a mí y mirando al mar- entiendo.

Le miré, y él al poco me devolvió la mirada. Nos quedamos un rato así, oyendo de fondo las olas, y fui yo quien primero apartó la mirada volviéndome hacia ellas.

-William...- dije, pero me interrumpió.
-Así que te acuerdas de mí- respondió, con un toque de incredulidad en su voz.
-¿Por qué no iba a hacerlo?- mi miraba volvía a descansar en la suya.
-Me has tratado como un completo desconocido, pensé que...que no me recordabas.
-Es difícil olvidarte.

Y aprecié cómo las comisuras de su boca ascendían formando una sonrisa más bonita que el mar, más bonita que el sol, e incluso rozando la perfección de la luna.

-Me alegra escuchar eso, Mich.
-Mich...hacía mucho tiempo que nadie me llamaba...así- comenté añandiendo eso último.
-¿Acaso no te gusta?
-Me es indiferente.

Y silencio. Un silencio cómodo, que se propagó por largos minutos. Se levantó de la moto y seguí su mirada. Empezó a andar y fue ahí cuando pude apreciar lo verdaderamente apuesto que era. Y es que hasta ese momento mis ojos solo habían estado perdidos en los suyos. Se giró hacia mí y extendió una de sus manos hacia mí. Me quedé paralizada y la tensión se apoderó de mi cuerpo, pero con una tremenda valentía me acerqué a él. Este quitó su mano y empezamos a caminar por la playa hasta llegar a una zona vacía. Debo comentar que estar con alguien más, durante tanto tiempo era...extraño. Pero me sentía realmente cómoda.

-¿Sueles venir mucho?- pregunté.
-De vez en cuando. Con mis amigos solo voy hasta la playa céntrica. Por las noches vengo hasta aquí.
-¿Puedo preguntar por qué?
-Supongo- suspiró-, que vengo aquí porque me relaja. Supongo.

Me quedé mirando su perfil, que daba de frente al mar. Pude apreciar que su pecho subía y bajaba, y entendí que estaba nervioso, así que hice que el silencio se apoderase de nosotros nuevamente.

-Nunca antes te había visto en el edificio- comentó. Parecía intrigado.
-No vivo allí.
-¿No?- preguntó, mirándome-. ¿Entonces por qué ayer dijiste lo contrario?
-No lo dije. Es la casa de mis...abuelos.
-Entiendo...- tosió levemente-. ¿Y dónde vives?

La pregunta me heló completamente, aun sabiendo que en algún momento la haría. Miré hacia delante, haciendo que los reflejos del sol sobre el mar me cegaran débilmente.

-En un pueblo cercano, nada del otro mundo.

Se calló, deduje que por mi voz neutral, de pocos amigos. No creo que fuera buena idea decir dónde solía vivir.

Un impulso hizo levantarme, pero contuve las ganas de salir huyendo de ahí. Hablar sobre mí o mi vida era algo tan...raro. Aunque lo era hablar ya de por sí, cuando se trataba de mí algo hacía que no pudiera conversar abiertamente. Siempre creí que era por la coraza que tenía, haciendo así que no sintiera nada. El dolor físico es más llevadero que el interior.

-No voy a imperdir que te vayas- dijo, desde donde estaba-. Aunque me gustaría que te quedases.
-¿Y por qué? Apenas nos conocemos.
-¿Eso quiere decir que pensabas marcharte?

Su cambio de tono hizo que me sintiera como una niña pequeña, y era algo que llevaba mal.

-¿Para qué iba a quedarme?
-Dime una cosa, Michelle...¿sueles ser siempre así de borde cuando ves que la conversación da un giro inesperado? ¿O solamente lo haces por miedo a que te hagan daño?

Su mirada se clavaba en mí como un puñal, pero podía ver que su pregunta no iba con maldad, sino con curiosidad. En aquel momento pude notar cómo me iba haciendo más y más pequeña hasta ser del tamaño de una hormiguita. Realmente estaba preparada para cualquier tipo de comentario, era dura; pero su inocencia hizo que me sintiera desprotegida.

-No suelo hablar con nadie.
-No esperaba algo así. Sinceramente- dijo, levantándose-, me es raro pensar que no tengas amigos.
-Pues no los tengo. Ni padres. No tengo a nadie.

Mi respuesta le llenó de incomodidad, se notaba en cómo sus hombros se habían tensado. Una pequeña sonrisa se coló en mi cara, creando una mueca al final de ella, como de resignación.
Tras un minuto escaso, se acercó a mí despacio.

-Pues que sepas- susurró cerca de mi oído-, que puedes contar conmigo cuando quieras.
-No necesito a nadie- me separé de él-. Nunca he necesitado a nadie.
-A veces las personas se crean armaduras por haber sufrido demasiado en su pasado. Creéme, a veces no está de más dejar que alguien resquebraje ese escudo.
-Aunque quisieras, no podrías. Porque yo me niego.
-Déjame intentarlo. No está de más tener a alguien a tu lado.
-Las personas solo consiguen hacerte daño.
-Siempre hay una excepción, y yo quiero ser la tuya.

Estaba en frente mío, con los brazos hacia abajo, aunque un poco elevados. Sus ojos se concentraban en mí, persiguiendo mi mirada que deseaba escapar de aquel azul cautivador. Di un paso hacia delante, casi un impulso.

-Está bien- susurré, lo bastante cerca de él para que me escuchase.

Su semblante serio dejó escapar una sonrisa nada forzada que se aproximó hasta a mí. Abrió sus brazos y vacilé un segundo, recordando que el último abrazo que había dado a alguien, había sido a mi abuelo antes de montar en ese tren. Me acerqué a él paso a paso, centímetro a centímetro, hasta que dejé descansar mi cabeza en su pecho mientras él posaba sus manos levemente en mi espalda, por la altura de la cintura. Me apretó contra él e hice todo lo posible por dejar grabado aquel abrazo en mi mente para siempre. Me sentía cómoda entre sus brazos, aunque podía ver que mi mano temblaba en cuanto las dejé en su espalda y mi cabeza se colocaba en su hombro, dejándome una vista del mar impresionante.


Dos horas después estaba ya en mi pequeño hogar, otra vez sola. Tras el largo abrazo, que calculé que había durado unos diez minutos, dimos un paseo y nos adentramos inintencionadamente al bosque. Al principio pude ver que se sentía incómodo andando por allí, pero poco a poco se fue fiando de mis pasos y me siguió, hasta que llegamos a un acantilado en el que apreciamos una puesta de sol.

Ahora, tirada en mi cama, me sentía feliz, como hacía ya bastante que no me sentía. Cuando marcaron las diez en el reloj de pared, me levanté y fui a la cocina en busca de algo para cenar. Alubias y lentejas. El estómago se me revolvió de solo pensarlo así que decidí coger dinero e irme a la ciudad, otra vez.

Había pasado de no pisar la ciudad en años a ahora parecer que no quería despegarme de ella. Me dirigí al mismo bar de ayer y pedí un bocadillo. Me senté en la barra, mientras miraba la televisión de vez en cuando. Centré mi atención en uno de los anuncios. Solicitaban a alguien que supiera bailar y crear una coreografía en dos semanas. Unas chicas que estaban cerca de mí dejaron de atender al escuchar el tiempo que tendrían para ello. Una de ellas dijo:

-Es muy poco tiempo, nadie podría hacerlo.

Yo las miraba mientras masticaba y un momento después apunté el número que aparecía en la televisión en una servilleta con un bolígrafo que descansaba en la barra. Hacía años, mi abuelo me había apuntado a clases de baile. Pensaba que era por ser amable, ya que siempre se lo había pedido, ya que mis padres no se acordaban nunca de mí. Después de un tiempo, descubrí que era para que pasara el mayor tiempo posible fuera de casa. Nunca le culpé por ello, incluso después del baile, quise apuntarme a algo más. Él me animó a apuntarme a boxeo, y a mí la idea no me desagradó nada. A veces pienso que lo hizo por si en algún momento mi padre se volvía demasiado agresivo...por mala suerte, cuando eso pasaba, me quedaba en shock. Las primeras veces huía, después intentaba chillar hasta terminar sin voz. Las últimas veces fueron las únicas donde me vi capaz de hacerle frente, aunque solo conseguía que él se cabreara más. Cuando mi abuelo murió, empecé a bailar en la calle para ganarme lo suficiente para pagar las clases de boxeo. Cuando vi que no era rentable apenas, empecé a trabajar de camarera en un pequeño bar cerca de su casa, y con eso pude seguir con las clases de baile. Me olvidé del boxeo, aunque de vez en cuando iba al gimnasio y entrenaba con un saco, más por la rabia que sentía que por otra cosa.

Salí del bar y me encaminé por una de las calles que llevaban al centro. Me extrañó ver tan poca gente paseando, aunque supuse que al ser las doce de la noche ya estarían todos en su casa. En cuanto noté hacia dónde me querían llevar mis pies, giré 90º y me desvié por un callejón. Lo que más ansiaba era volver a entrar en la que fue mi casa, pero aun así algo me decía que no lo hiciera, y resignada, acepté que lo mejor sería no ir.

Aunque sigo preguntándome cómo pude, me adentré en un parque solitario pero grande. No se oía nada. Me quedé sentada en un banco, acurrucada en mí misma mientras miraba el cielo, en el que, en comparación con como lo veía desde mi casa, ahí no se veía nada.
Antes de pensarlo dos veces ya estaba metida en el coche regreso al pueblo. Y en cuanto pudo, mi cuerpo se dejó caer en la cama.


Cuando me desperté eran las once de la mañana y un pájaro me daba los buenos días através de la ventana...abierta. ¿Abierta? No, rota. Me levanté, cayéndome de la cama y me puse de pie, todo ello en lo que serían dos segundos, a causa del susto que me había dado ver la ventana en ese estado. Poco a poco fui dejando que mis ojos se centrasen en el cuarto donde estaba y pude observar que no estaba en mi habitación, sino en la de al lado, la cual siempre había tenido esa ventana rota. Me desplomé al suelo en cuanto la adrenalina se fue de mi cuerpo, tras lo que habían sido cinco minutos de sufrimiento.

En cuanto pude salí de allí y me dirigí a la playa. Era lunes y estaba completamente vacía. Sonriendo levemente por poder disfrutar de ella por un momento hasta que llegasen William y los demás, como me había dicho ayer, me tiré al agua sin pensar, dejando mi ropa y mis playeros en la arena. Llevaba un bañador que, con unos cuantos arreglos, me había servido desde que tenía catorce años. Cuatro años después no era lo más favorecedor por el aspecto que tenía, pero por lo menos me valía.

Estuve en el agua media hora, buceando cada dos por tres, viendo algún que otro pez de vez en cuando.


-¡Eh! ¡Eh!- me gritó alguien desde la arena.

Me giré para ver de quién se trataba y al medio segundo le tenía a mi lado con una sonrisa de oreja a oreja.

-Así que hoy te has dignado a quitarte la ropa, chica lista.
-Hola a ti también- dije dándole la espalda y zambulléndome nuevamente.
-¡Eh!

Me agarró por la cintura antes de poder apenas moverme y me giró quedándome a escasos centímetros de él.

-Hola- comentó, con la voz un tanto nerviosa.
-Sí, hola- contesté sonriendo-. ¿Te importa?

Siguió mi mirada hacia su mano y se apartó rápidamente, tal vez incómodo e incluso...ruborizado.

-¿Y tu tabla?- pregunté.
-Me la trae después Mike, cuando vengan.
-Ah, ¿es que no han llegado?- interrogué mientras miraba hacia la playa.
-No- negó con la cabeza-. Yo he venido antes porque sabía que estarías aquí.
-¿Has venido por mí?

Asintió y yo me quedé inmóvil intentando comprender por qué. Liberé mi mente un momento y quise abrazarle, pero algo que todavía no puedo describir, hizo que dejase esa idea.

Se zambulló en el agua y al ver que no le seguía alzó su mano hacia mí y me tiró al agua. En cuanto abrí los ojos le tenía nuevamente a centímetros de mí, solo que él ahora sonreía y me señalaba en el mar hacia un lugar donde se veían rocas. Nadamos y buceamos hasta llegar allí y cuando estuvimos encima de las grandes piedras pude entender por qué había querido ir allí. Ese sitio tenía la mejor vista del mar que había apreciado en mi vida. Miré a William, el que no despegaba los ojos de aquel paisaje y me dejé caer en la roca, con mis pies colgando, los que podían tocar el agua de vez en cuando.
-Bonito, ¿eh?- preguntó.
-Precioso- especifiqué.
-Me alegro de que te guste. Oye Mich...
-¿Qué?
-¿Querrías venir por la tarde a la ciudad conmigo?

Su mirada me transmitía nerviosismo, tal vez más del que debería por aquella pregunta. Yo asentí débilmente, esperando a que dijese algo.

-Oh, gracias- dijo-. Podemos pasar por algún sitio que quieras, ya que estamos. Así no se te hace tan pesado acompañarme- sugirió.
-Sí, por qué no. Pero- le señalé-, que sepas que no es ninguna molestia ir, así que no hables como si fuera un castigo ir contigo- rió.
-Está bien.

A los pocos minutos volvíamos a estar entre agua. Mi mirada estaba clavada en él, mientras nadaba cerca de mí. Me gustaba estar con él. Me transmitía una calma que hacía años no sentía, y eso estaba bien. Aunque por otro lado, tenerle al lado me hacía sentir nerviosa, sobretodo cuando estábamos cerca. Muy cerca. Pero eso era lo de menos, ya que si dejaba que mis ojos se perdieran en el azul infinito de su mirada, dejaba de sentir nada y era como estar en un mundo paralelo en el que no existe nada salvo él y yo.

Estaba parada, con los pies en la arena mientras pensaba en ello, y sentí una revoltura en el estómago. Eso era una cursilada, y eso no iba conmigo. En los dieciseis años que había vivido en la ciudad, había observado como mis compañeras de clase se ''enamoraban'' cada mes de un chico distinto, y eso creó en mí un asco ciego por todo lo que tuviera que ver con amor. Por otro lado, también conviví con dos personas que decían amarse, pero que no demostraban nada de ello, o no lo demostraban, por lo menos, de la manera correcta. Todo ello, el cúmulo de contras que pude ver que había en ello y los pocos pros que encontré, hicieron que me conviertiera en alguien que cualquier cosa que tuviera que ver con el amor ''tradicional'' o cursi, me provocase repugnancia y asco.

-¿Qué piensas? Llevas mucho tiempo callada.

Caminábamos por la arena mientras nos secábamos al sol. Le miré, pensando si alguna vez se habría enamorado, y pensé en la llamada que había tenido tan solo dos días atrás, en aquel parque. Le vi furioso y posiblemente exasperado, y aunque lo negué desde el principio, tenía curiosidad por saber de qué se trataba. Al pensar en que posiblemente hubiera sido una discusión con su novia, un dolor fue creciendo en mi pecho.

-William...- susurré- el otro día. En el parque, antes de conocernos en el portal...Estabas hablando con alguien por el móvil y...
-Ah- dijo él, serio-, ya. Era mi padre.
-¿Sí?- pregunté, tal vez con demasiada alegría en mi tono.
-Sí- confirmó.

Una voz interrumpió mi intención de seguir hablando.

-¡Will! ¡Eh, desaparecido!

El grito nos asustó a los dos y nos giramos rápidamente mientras un chico rubio y alto iba hacia nosotros con una sonrisa cautivadora en la cara y una tabla de surf bajo el brazo.

-¿Dónde te metes? Ayer no apareciste por el bar...-empezó, callándose al ver que estaba yo-. Claro, ahora lo entiendo. Con una chica así para qué pasarte por el bar- comentó mientras me devoraba con la mirada.

Me sentí tan desprotegida que me puse un paso por detrás de Louis, acercándome a él.

-Muy gracioso, Steve. Oye, ¿has visto a Mike? Me dijo que me traería la tabla.
-Sí, está en el coche, maldiciéndote.
-¿A mí? ¿Qué he hecho yo ahora?- suspiró fuertemente y vi como su espalda dio con un pequeño salto.
-Nada, hacerle traer dos tablas y bajarlas. Creo que eso ya es suficiente como para odiarte- dijo Steve, picándole.
-Más de una vez lo hice yo por él. Que no se queje.
-Estás un poco irascible...¿acaso he interrumpido algo?- alzó las cejas y me miró, haciendo que yo me acercase más a William, rozándole el brazo. Realmente la mirada de aquel chico me intimidaba.
-No- Steve rió.
-Está bien, está bien. Ya me voy. Un placer...
-Michelle- terminé yo por él.
-Michelle- susurró cuando pasaba por mi lado, alejándose.

Le seguí con la mirada hasta que le perdí de vista y volví a mirar al frente y distinguí a Louis a mi lado, inmóvil y bastante tenso. No se había movido en ningún momento, ni siquiera al rozar su brazo el mío. Le cogí por el hombro.

-¿William?- al oír mi voz pestañeó y se alejó bruscamente.
-Perdón- dijo-. Ese tío es un imbécil.
-Hay algo en el que...- pensé en voz alta.
-¿Que qué?- inquirió él.
-Me intimida. Su mirada es muy fría- me sonrió.
-Eres la primera chica que conozco que no piensa que está bueno.
-Es guapo, eso sí, pero siendo sinceros, no me he fijado en su cuerpo. Aunque su pelo me gusta.
-Vale, vale, ya. Para hablar de ese no hablamos de nada- dijo, arrancándome una carcajada.
-¿Vamos a comer? Me muero de hambre- ofrecí.

Asintió alegremente mientras yo ya estaba dispuesta a irme corriendo hacia algún sitio donde comer.

-¿A dónde vamos?- pregunté.
-Vamos a la ciudad, así ya estamos allí.
-¿Y tu tabla de surf?
-Oh, es verdad. ¿La puedo dejar en tu casa? Está más cerca que la mía- se disculpó con la mirada.
-Eh...claro. Sí.

Se fue corriendo hacia un pequeño grupo de chicos y pude distinguir a uno de ellos echándose encima de él al llegar, sin saber si era un abrazo o le quería dar una torta. Opté por la segundo opción, cuando vi que William retrocedía y se reía. Cogió su tabla y vino corriendo hacia mí.

-Era Mike- me dijo, cuando estábamos al lado de su moto.
-Espera- interrumpí-. ¿Cómo llevamos la tabla en una moto?
-Con esto- dijo, apuntando su mirada a lo que llevaba con la otra mano, persiguiéndole.
-¿Y eso es...?
-Un remolque.
-Ah.

Tras unir el remolque a la moto, colocamos con cuidado la tabla en ese cachibache. Él montó, y me miró. Insegura, monté.

-Agárrate- dijo mientras me extendía su casco-. Yo voy sin él- indicó al ver mi cara de curiosidad.
-Gracias.

En cuanto tuve puesto el casco, William arrancó haciendo que me cogiera a él.

-Por cierto, ¿dónde vives?
-Cuando te diga, gira a la derecha.

Asintió y salimos del aparcamiento cercano a la playa. Poco después la moto ya descansaba en la entrada de mi casa. Cuando se bajó, pude notar asombro en su rostro, pero no comentó nada. Abrí la puerta sin necesidad de llave, ya que no tenía y, siendo sinceros, para qué iba a necesitar llaves en un pueblo como aquel. Solo vivía yo.

Metimos la tabla en el salón y volvimos a salir, los dos sin articular palabra. Cuando estuvimos montados en la moto, él dijo:

-Bonita casa.
-No mientas- dije seria.
-¿Por qué mentiría?- preguntó mirándome.
-Bueno- susurré-. No creo que la palabra bonita y mi casa sean sinónimos.

No respondió, se giró y empezó a conducir a la par que yo me agarraba a su cintura. En un abrir y cerrar de ojos nos encontrábamos en la entrada de la ciudad, y mi cabeza se quitó rápidamente de la espalda de William para mirar a través del casco. Hacía años que no pisaba la ciudad de día.

Entramos en un restaurante después de aparcar. Era luminoso y amplio, con las paredes pintadas de blanco y decoradas por distintas fotografías y cuadros, todos ellos relacionados con comida o bebida. Nos sentamos en una de las mesas más alejadas de la entrada y poco después un camarero muy simpático nos atendió. Pude percibir que él y William se conocían, por la manera en que se trataban y la forma de ser de él, más cercano que con los demás clientes.

-Le has caído bien- comentó Louis cuando el chico se iba.
-A mí él también- sonrió.

Comimos alegremente entre risas y palabras que no tenían apenas sentido, pero que me hacían sentir bien. Era bonito compartir por una vez la comida con alguien, después de tanto tiempo. Tras comer, nos dirigimos a una plaza donde un banco gritó mi nombre y nos sentamos en él mientras veíamos a la gente pasar.

-Michelle- dijo-. ¿Por qué vives en ese pueblo?

La pregunta me cayó encima de forma fría y pesada, haciendo que mi cuerpo se tensara. Mi semblante serio hizo que él también dejara de sonreír, y suspiré despacio en cuanto comprendí que no podría mentir con esto. Nada sería creible.

-Problemas familiares- comenté, mientras desviaba la mirada.
-Oye- dijo, alzando su mano para tocarme la barbilla, girando mi cara hacia él- no hace que me digas nada. Era simple curiosidad.
-No creo que te interesara mi historia.
-Te equivocas. Desde el primer momento en que te vi, supe que tenías una gran historia detrás de ti, pero no seré yo quien te obligue a decirme de qué trata.

Y ahí descubrí que él no tenía motivos para hacerme daño, así que abrí un poco mi coraza, dejando que mi vida saliera a la luz. Él me escuchaba, mirándome a los ojos y tensándose de vez en cuando, sobretodo en el momento en el que le enseñé una de las cicatrices que una vez mi padre me había dejado. La tenía en el costado, en la parte derecha de mi cuerpo. Me la había hecho a los trece años, un año después de que mi abuelo muriera, más o menos. Me encontré, obviamente sin querer, con mi padre, en la cocina. Él llevaba una botella de whisky casi acabada en su mano derecha, y me miró. Pasé por su lado sin temor alguno, puesto que mi orgullo en esos momentos creció al recordar a mi abuelo. Me habló en un siseo, preguntándome: ''¿no me das las buenas tardes, niña?''. Le ignoré y me fui hacia la entrada, y a pocos metros de la puerta, me cogió por la muñeca y me giró violentamente dejándome en frente suyo. Me gritó, diciendo que a él le tenía que respetar, que me había dado la vida y no sé qué más idioteces. Bufé exasperada, y en un ataque de valentía, le pregunté:

-¿Has terminado? Me están esperando abajo.
-¡¿Qué has dicho?! A mí no me hablas así, niñata.

Me dio una torta y le empujé hacia atrás, haciendo que él se lanzara contra mí mientras yo caía al lado de la puerta, que pedía a gritos que la abriera para hacerme salir de allí. Le di una patada, por miedo, mas él se lo tomó como un acto de rebeldía y me arrojó la botella que no había soltado en ningún momento en mi estómago, haciendo que los cristales cortasen mi blusa.

Con un grito de dolor me impulsé hacia arriba y salí de allí lo antes posible, cojeando por un cristal en mi zapato izquierdo, y sangrando con la cintura roja. En cuanto llegué al portal, el temor me hizo bajar hacia el trastero, y allí me quedé, intentando curar mi herida del estómago, que cada vez se hacía más grande. Saqué el cristal de un tirón, creando en mí un dolor indescriptible y tapé la hemorragia con un pañuelo que tenía en el pantalón.


William seguía con la mirada clavada en mí, mientras escuchaba atentamente cada palabra que salía por mi boca. Cuando terminé, sin dejar fuera incluso el palacio en el que viví apenas una semana, él se quedó quieto, casi inmóvil de no ser porque su pecho subía y bajaba, a causa de su respiración.

-No te mereces lo que has pasado- dijo al cabo de unos minutos.
-Y los niños de África no se merecen morir por enfermedades de hambre, y por mala suerte lo hacen.
-Ese es un comentario duro.
-¿Y no lo es la vida? Cuanto antes aprendes como de mala es la vida a veces, antes eres capaz de que nada te afecte demasiado.
-Por eso tú tienes esa armadura, ¿verdad? Para no herirte de nuevo.
-No para no herirme, sino para que no me hieran a mí. Es distinto.
-Tienes razón.
-La tengo, pero lo vemos desde dos puntos diferentes.
-Entiendo...
-No, no lo entiendes. Ese es el problema, nadie lo entiende. ¿Te das cuenta de por qué no está mal llevar la coraza? Te ahorra estos momentos.

Él me miró con los ojos muy abiertos.

-La coraza te hace ser fuerte, sí. Pero insensible. Y no creo que eso sea algo útil.

Su comentario me sorprendió.

-¿Por qué?
-Porque si tú no sientes, no sabes lo que puede herir al otro.

Le miré y un desdén de tristeza ocupó el lugar en el que normalmente estaba el brillo de sus ojos. Me pregunté qué estaría pasando por su cabeza, pero él me respodió incluso antes de hacer la pregunta.

-Mi madre se enamoró de un suicida. Se conocieron a los 17 años, y mi madre le ayudó en todo lo que pudo, haciendo que para él ella fuera su salvavidas, hasta tal punto que dependía de ella para vivir. Ella terminó comprendiendo que el amor que sentía por él no era amor, sino un sentimiento casi fraternal. Poco después conoció a mi padre. Se enamoró, esa vez de verdad, y poco a poco se fue alejando del otro chico.
>>Pasaron los años, mis padres se casaron y nací yo. Un día, estábamos los tres en un parque, y un señor no más mayor que ella empezó a hablar conmigo. Mi madre fue corriendo hacia mí, con mi padre justo detrás. Lo había reconocido al instante. Él sacó una pistola, y, sonriendo hacia mi madre, dijo:
-Gracias por arreglarme, y después volver a destrozarme.
>>Ella miró a mi padre, el que corrió hacia él, pero ya era demasiado tarde. La bala se adentró en el pecho de mi madre en medio segundo. Como un suspiro. La vi caer, mientras un charco de sangre se hacía a su lado. Mi padre miró a aquel mal nacido y antes de poder hacer nada, se había pegado un tiro en la cabeza.


Su historia me había dejado de piedra, noté un frío polar salir de mí misma y volver a entrar. En ese momento me di cuenta de lo egoísta que había sido en toda mi vida. Pensaba solo en mí, sin tener en mente que no era la única que lo había pasado mal en su vida. Sin más, William me cogió la mano.

-No me vuelvas a decir que no te entiedo. Crecí con el trauma de haber visto cómo mi madre se moría, asesinada, delante de mis ojos. Crecí con un padre mentalemente desorientado desde ese momento. Hice lo que pude por mí mismo, me busqué la vida. Yo también, como tú, me apoyé mucho en mis abuelos. Pero en un momento me di cuenta de que no podía estar así para siempre, por eso ayudé a mi padre de salir de aquel pozo en el que había caído. El otro día te dije que había hablado con él, pero te mentí. Hablé con una enfermera del hospital. Mi padre se había intentando suicidar a base de pastillas. Con esa era la tercera vez que lo intenta.
>>No sientas pena, porque es lo que menos intento hacer. Quiero que te des cuenta de que no eres la única con una mala vida. Pero, ¿sabes qué? Si yo salí de ella, tú también. Todos podemos salir del oscuro refugio donde nos escondemos. Una armadura no viene mal de vez en cuando, pero no es la mejor solución, no si quieres vivir de verdad.

Sus palabras me dejaron sin habla, así que le apreté la mano que todavía descansaba sobre la suya, haciendole entender que quería salir, pero que no sabía cómo. Se acercó más a mí y me susurró:

-Déjame salvarte la vida. Déjame hacer que vuelvas a sentir. Déjame que destroce esa armadura que te ha dejado tan poco vivir la vida. Déjame hacerte volver a sentir.

Y sin palabras me abalancé a él y le abracé, haciendo de nuestro agarre algo irrompible, haciéndome sentir viva y segura entre sus brazos. Temblaba junto a él, mientras él posaba sus manos en mi espalda, tranquilizándome.

-Sé que es difícil que confíes en mí- dijo mientras nos sepárabamos-. Pero déjame intentarlo. Solo necesité un segundo para saber que eras la indicada.
-¿La...indicada?- pregunté, con los ojos clavados en los suyos.
-La indicada para volver a ser yo. Para que tú te sientas viva conmigo, y yo contigo. La indicada para ser eternos.

Y me di cuenta de qué significaba el dolor de estómago que había notado en el mar, y lo que había sido para mí la primera sonrisa que me regaló esa noche en la playa. Comprendí que éramos uno en dos. Comprendí qué significaba lo de las medias naranjas y lo de 'desde la primera mirada, o nunca'. Comprendí que estábamos conectados por algo imposible de romper: nos habíamos enamorado incluso antes de conocernos.



El tiempo pasaba más veloz que un fórmula 1, y poco a poco íbamos estando cada vez más vivos, tanto él, como yo. Días después de esa conversación en el banco, le conté sobre el anuncio de crear una coreografía, y tras su insistencia, fui a hacerla. Para mi asombro, la pasé, y acepté el trabajo encantada. El baile estaba terminado dos días después, y sus gracias no fueron tan reconfortantes como el dinero.
Tras dos semanas, y un tremendo éxito con aquella coreo, me ofrecieron un trabajo como bailarina, y fue William quien hizo que no lo rechazase.

Y hoy, estoy aquí, esperando a que empiece la función, sentada al lado del que apenas hace un mes era un desconocido para mí, y ahora se había convertido en mi soporte, en mi apoyo.
Las luces están apagadas y el telón empieza a subirse. Miro al público, y mi mirada se posa en William y en sus amigos y amigas, que me habían acogido como si me conocieran de siempre. Y sonrío, feliz por haberle encontrado. Feliz porque todo haya cambiado, feliz porque quiero volver a vivir, ¡feliz porque quiero disfrutar de la vida! Y sé que ahora, sí puedo. Y puedo ahora, y podré siempre.


                                                             FIN.