Peter Pan.

miércoles, 11 de septiembre de 2013

Recuerdos.

Estaba sentada en uno de los bancos del cementerio. Toda mi familia estaba ya sentada para empezar con el entierro de mi abuela, pero yo simplemente estaba apartada de ellos, observándoles. Mis primas lloraban a moco tendido, mis tíos hablaban, supongo que recordando buenos tiempos que habían pasado con ella, y mientras también lloraban. Vi a mi madre hablando con el que era el cuñado de mi abuela, idéntico a mi abuelo, o eso me habían dicho, nunca tuve la suerte de conocerlo. Mi madre no lloraba, pero sus ojos expresaban un dolor que nadie de allí tenía. Salvo yo. Mi padre hablaba con el cura, por lo que me había dicho, se conocían. Había mucha gente que no conocía, amigos de mi abuela. 
Empezaba el entierro, y uno de mis tíos estaba dando un pequeño discurso sobre sus mejores tiempos con su madre. Y así con mis otros dos tíos hasta llegar a mi madre. Fue la más seria de los cuatro, pero con sus palabras pudo transmitir todos los sentimientos que tenía hacia mi abuela. Amor, cariño, dulzura, y alguna que otra vez también desesperación porque no se llegaban a entender del todo. 
De entre todos sus nietos, me tocó a mí hacer un discurso, porque yo siempre había sido su niña. Me había cuidado cuando mis padres, hartos de trabajar, no podían estar conmigo. Me puse delante de todos mis familiares y amigos de mi abuela, que eran como extraños para mí, y antes de empezar a hablar, me pregunté a mí misma, si conocía de verdad a alguien de los que me estaban observando. Sonreí y empecé con mi discurso. La gente empezó a llorar, pero a día de hoy sigo sin entender por qué, debido a que fueron unas palabras que no transmitían nada, ya que me lo había aprendido y lo había dicho de carrerilla. El discurso en sí, era bonito, y me había costado sus noches en vela, pero mientras lo leía, no me transmitía ni la más mínima sensación ni el más pequeño sentimiento. Estaba vacía, y es que se había ido una parte de mí que era más importante que yo misma. Cuando terminé, todo el mundo lloraba, incluso mi madre tenía alguna que otra lágrima por las mejillas. Creo que fue la segunda vez que la había visto llorar. La primera, irónicamente, también había tenido que ver con mi abuela, pero no tenía nada que ver con lo que ahora mismo estábamos viviendo. 
El entierro terminó y todos nos dirigimos a un restaurante para rememorar la memoria de mi abuela. Por suerte, estaba al lado del mar. Me pude escapar un momento y me fui directa a la playa. Llevaba conmigo cuatro flores, y las lancé al mar. Cada una representaba una cosa:
Una rosa, por cada beso y abrazo que me había dado.
Un jazmín, por cada consejo.
Una rosa blanca por los recuerdos.
Y una flor de bach aplastada que había encontrado entre uno de sus libros.
Me senté mientras veía cómo las olas se llevaban las flores. Y mientras mis lágrimas caían por mis mejillas, queriendo irse junto a ellas, intentando escapar del dolor. 
Miré hacia la derecha y había un grupo de surferos, unos entrando al agua, otros riendo, y uno de ellos más alejado centrado en su tabla. A mi izquierda había una familia que jugaba toda junta en el agua. Le gente seguía su vida, y la mía se desmoronaba por segundos. Sollozaba en silencio mientras el viento me daba en la cara y recordaba cada momento vivido con mi abuela. Cuánto lo echaba ya de menos...Y no habían pasado más de dos días desde que había sucedido todo. Me levanté y volví por el camino que llevaba al restaurante, y ahí estaba todo el mundo hablando tranquilamente. Sentí rabia, ¿a caso ya habían olvidado que mi abuela, su madre, su hermana, había muerto? La gente posaba su mirada en mí, supuse que tendría la cara hinchada y los ojos rojos por haber llorado, pero en esos momentos no me importaba en absoluto. 
Poco después de la comida, nos fuimos todos juntos hacia la misma playa donde yo había estado horas antes. La familia se había ido, pero el grupo de chicos seguía allí. Hicimos un corro con las personas que aun seguíamos allí, que eramos su familia más cercana, y empezamos a contar anécdotas que nos habían pasado con ella. Hubo más risas que lágrimas, y eso estaba bien. Pude notar las miradas del grupo de surferos en nosotros, pero nadie más se dió cuenta. Cuando todos nos quedamos en silencio. Mi tío, su mujer y la única prima más pequeña que yo, se fueron a dar un baño, y los demás nos dispersamos un poco. Empecé a caminar, y choqué sin querer con el chico que antes había visto con su tabla. Empezamos a hablar, y poco después me invitó a tomar algo en el bar de la playa.

Y hoy, años después, ese chico que se portó tan bien conmigo, moreno y de ojos azules, es mi novio. Vivimos juntos y somos felices. Muchas veces recuerdo el día en que nos conocimos. En increíble cómo un día en el que estás destrozado, pasa algo y se convierte en uno de los días más importantes de tu vida. 

11-S.

Mirar el título de esta entrada me hace tener escalofríos. No recuerdo ese once de septiembre de 2001, y es que por aquel entonces yo tenía dos años y esas cosas, a parte de no entenderlas, no me importaban. Supongo que con dos años lo que más te importa en jugar, comer y dormir. Pero ahora, doce años después, me doy cuenta del atentado que fue y de lo que pudo afectar, no solo a Nueva York y las familias que habían perdido a sus familiares, sino a todo el mundo. Más de una vez les he pedido a mis padres que me cuenten qué y cómo fue vivir ese día tan trágico y qué estaban haciendo cuando ocurrió. Una de las frases que siempre me dice mi padre cuando me lo cuenta es ''veías a todo el mundo mirar la televisión, y es que nadie se podía creer lo que estaba pasando''. Siendo sinceros, me quedo helada siempre que veo las imágenes, cuando veo las torres gemelas desmoronándose a cada segundo. He leído acerca de ello, y es que, en verdad, este tema siempre me ha interesado mucho. Creo que desde ese momento todos empezaron a tener miedo, temían que pasara en más de un país, y es normal temer, ¿no creéis? 
Son doce años los que se cumplen desde aquel trágico día, y no hace falta ni decir que lo siento mucho por todas esas personas que se llevó ese fatídico atentado, y que todas las familias que han perdido a sus seres queridos allí, tienen mi pésame. Es posible que no recuerde nada de lo que sucedió ese día, y que ni siquiera me importara mientras sucedía, pero ahora lo veo con otros ojos. Ahora puedo sentir ese miedo al ver las imágenes, ahora lo entiendo todo.

Todo el mundo desde ese momento ha cambiado, o así lo veo yo. El 11-S fue uno de los mayores atentados que hemos podido vivir, y de todo corazón, espero que nunca más tengamos que sorportar ver imágenes así de más atentados. 

lunes, 9 de septiembre de 2013

I miss you.


Echar de menos es algo realmente doloroso. A veces el echar de menos no es por el hecho de que alguien esté de viaje, o que no lo veas en mucho tiempo; en ocasiones se puede definir como ese vacío de ha dejado alguien al irse de tu vida. Y eso es aún peor.

Creo que nos fijamos demasiado en las cosas que pasan a grandes escalas mientras dejamos los pequeños detalles a un lado, marginados. Y lo peor es que en los detalles están muchas veces las respuestas a tantas preguntas como las que tenemos a lo largo del día.
Tal vez consideras a una persona de extremos y es de intermedios, pero la consideras de tal manera simplemente por lo que da a mostrar al exterior. No juzgues un libro por su portada. Primero conoce a quien quieres juzgar y fíjate en cada pequeño detalle, porque los detalles, al final, son lo que nos define.