Pero yo hoy vengo aquí para contaros los finales de la gente grande. No mayor, sino grande. Porque personas mayores hay en todos lados... Pero personas grandes solo las hay donde uno no ve pero sabe mirar, donde sabes esconderte de tus miedos y ellos te empujan con la valentía de vencerlos. Esas personas, querido lector, también tienen finales. Amorosos, académicos, económicos... Finales de vida, como todos. Pero no me quiero centrar en los finales, por ahora no.
Me quiero y me voy a centrar en cómo ellos también terminan y en cuánto cambian a la par que la gente que está aprendiendo a ser grande crece junto a ellos. Ellos también cambian. Y continúan cambiando. Y como cambian, también viven. Porque la vida es cambio. Y fallos. Porque fallan como todo el mundo, caen y se levantan. Pero cuando ríen no hay lágrima que sirva ni tristeza que valga la pena.
Ellos son la alegría que un viernes por la mañana te levanta de buen humor, por ellos. Son el sinsentido de que los lunes tengan sentido y de que media hora juntos cada semana sea mejor que ocho horas sin alguno de ellos. Son de esas personas que te calan hasta los huesos, de los que tatúan en tu pecho su nombre y te recuerdan cada día lo que te quieren con un abrazo y un beso, con una sonrisa o un guiño.
Ellos son lo que nunca pedí que la vida me diera y sin embargo el regalo más bonito que me pudo conceder la misma.
Son risa, y miedo, y finales.
Ellos también terminan.
Porque ellos también viven.
Terminan.
Pero comienzan.
Y conmigo, conmigo siempre.
