No recordaba ni el día ni la semana, ni el mes ni el año. Recordaba el momento de cada caricia y cada suspiro. Sobretodo recordaba cada abrazo y beso no dado. Recordaba las películas una tarde de domingo con la lluvia como banda sonora de su historia. Pensaba en los tantos secretos contados en una madrugada por teléfono, y también pensaba en cuánto lo echaba de menos.
No le gustaba acordarse de sus comienzos, siempre empezaba por atrás. Y terminaba en la parte feliz, donde eran simples desconocidos. Ese era el problema y la ventaja que tenía comenzar por el final y no por el principio. John Lennon lo decía, la vida hubiera sido mejor al revés, empezando en la muerte y terminando en el nacimiento. Y así lo creía ella cada vez que recordaba cada aventura. Se sentía débil, y ya ni la lluvia la quería visitar. Se cansaba, decía, de sus mejillas ya acostumbradas a los surcos de cada gota.
Éramos como desconocidos que se conocen muy bien. Y lo eran, por supuesto que lo eran.
Él también se acordaba de ella. De la primera vez que se habían visto, de cuando se habían conocido. Del primer baile con sus caderas. De las ganas constantes de ella. De sus muchas sonrisas escondidas en muecas. Se acordaba de cada lunar de su cuerpo y cada imperfección en la cara. Y de lo bien que le quedaban. Y de lo mucho que ella las odiaba. Y de lo mucho que ella se odiaba a sí misma, en general. Y también pensaba en cuánto la echaba de menos.
No le gustaba acordarse de su final, de la manera en que todo se había roto en pedazos. De cómo cada día ella estaba más distante y mezquina. Y de cómo él había actuado como un buen capullo.
La lluvia la recordaba a ella, como siempre lo hacía todo lo negro, lo frío; todas esas cosas que odia la gente y él aprendió a amar gracias a ella. Él no lloraba, ya no. La lluvia también se había hartado de él en cuanto se dio cuenta de la verdad:
Somos como desconocidos que se conocen muy bien. Y lo eran, por supuesto que lo eran.
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