Era la canción más bonita que jamás había escuchado. Y se acordaba de ella cada vez que llovía. Era morena, pelo largo. Ni alta ni baja, y con la sonrisa siempre puesta en los labios (aunque no siempre en los ojos). Tenía esa manera de reír que le hacía estremecer y todavía se le erizaba el vello si recordaba sus dedos entrelazados con los suyos. Era inteligente y realista, y basaba su vida en el presente, el futuro la aterraba. El pasado le dolía. Era como el muro de Berlín, siempre pareciendo fuerte pero derrumbándose por dentro. Sonreía y miraba a los lados, nunca al suelo, pues decía que era mejor regalarle una sonrisa a un desconocido que a los pies, que ellos nunca podrían responder. Y lloraba. Lloraba mucho. Porque sentía, sentía demasiado.
Y a ella también le gustaba la lluvia, porque la conocía muy bien, cada noche se pasaba por sus mejillas. Y él lo sabía. Y nunca hizo nada. Y por eso ahora le duele la lluvia, porque ahora la conoce muy bien.
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