Turistas, que siempre buscan, y nunca encuentran.
Como ese tren que pasa a las nueve menos siete de la noche. Como ese tranvía que se descarrila en plena plaza Rossio en Lisboa. Como la moto que se mete entre todos los coches de Barcelona, o como esa bicicleta que cruza veloz Plaza España en Madrid.
Turistas, que viajan buscando la brújula que resuelva el laberinto de su vida.
¡Turistas! Que vuelan con la mente incluso antes de pisar el avión.
Aquellos enamorados de las horas sentados viendo pasar los minutos mientras la llegada está cada vez más próxima.
Amantes del buen diccionario que incluya las frases necesarias en momentos de real complicación.
Turistas, que intentan averiguar el sentido del mundo mientras pasean por la primera calle maltrecha que llegan a pisar. Turistas, que se hieren en el dedo de tanto tocar el botón de la cámara.
Y después los que no lo son. O los que lo son de aquellos otros que disfrutan de la ciudad.
Turistas, al fin y al cabo, que buscan el secreto que les ayude a salvarse.
Turistas que se ahogan en pleno centro de Madrid - y turistas que se convierten en las propias ciudades, que una vez un buen hombre quiso empezar a inspeccionar.
Y esas ciudades, expertas en reír de alegría y llorar por ello también, ebrias en el asunto de amar, resuelven las ecuaciones de cada turista que les llega con una súplica de que no saben llegar al límite, porque les tiende a infinito negativo y no quieren esa negatividad en su vida.
Y ellas, que se adecuan a sus problemas, observan a los que de verdad simplemente vienen a escudriñarla centímetro a centímetro, y ríen, porque a los turistas no se les puede echar de más.