Recuerdo que un día me dijo que no debería brillar. Que no servía para nada. Y me lo creí. Es triste cómo a veces nos quedamos únicamente que lo negativo de todo. Supongo que es irónico, ya que incluso en esta entrada voy a realzar lo triste de lo feliz y lo oscuro de la luz. Pero creo que es ley de vida, y que si no me tocaba hacerlo a mí le tocaría al que viniera detrás.
Soy una persona que de tan realista se ahogó en ilusiones. Y mírame, sigo aquí. Con una sonrisa en los labios y el corazón en el médico, donde los muy capullos solo me recetan tiempo. Pero no necesito tiempo, me sobra tiempo. Me falta una mañana despertándome por los rayos del sol con vistas desde la ventana hacia el mar. Me falta un piso en Londres, una casa en Italia y una habitación en un hotel de Los Ángeles reservada a nuestro nombre. Me falta el café de las mañanas y las tardes paseando bajo la lluvia un viernes. Me falta el autógrafo de mi ídolo y su foto conmigo. Me faltan las ganas de luchar e incluso, muchas veces, las ganas de seguir.
Y todavía a día de hoy, con tantas faltas y solo un sobrante; con tantas faltas y tantos por qués me preguntó qué sigo haciendo aquí.
Aunque no merece la pena preguntarse algo que no tiene respuesta. Supongo que lo que me sobra me sobra y lo que me falta me falta, y punto. Que no hay por qués que valgan la pena ni faltas que hieran más que la tuya. Que los aviones no se estrellan ni se averían el mismo día, y que tu luz que en tanta oscuridad me dejó sumergida terminó creando en mí el brillo que tanto decías que no servía y que tanto ansiabas en silencio cada día.
Y entiendo que la luz tenga su oscuridad y que la oscuridad tenga su luz, pero no comprendo por qué llamamos a la oscuridad negativo y a la luz positivo, cuando he visto luces arruinadas y con el maquillaje corrido por llorar y a oscuridades bailar, saltar y reír.
Creo que las oscuridades brillan más porque son realistas. Y las luces oscurecen más porque son reales.
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