Ya no la buscaba cuando se despertaba, ni tampoco le cogía la mano por la calle. No le preparaba el desayuno por las mañanas ni la acompañaba al instituto. No la abrazaba con fuerza ni la besaba con ganas. Porque ya no estaba. Pero sí hacía una cosa, echarla de menos. A él mismo se echaba de más.
Ella nunca más le lloró, pero tampoco le quiso volver a ver. No esperaba su llamada a las doce de la noche para oír su voz antes de quedarse dormido. No cantaba para él por las tardes en los parques, ni se colgaba de su espalda para que la llevase a caballito. Porque él no estaba. Y le echaba de menos. A ella misma se echaba de más.
Tampoco volvieron a bailar bajo la lluvia, ni él con otra ni ella con otro. Porque era algo suyo. Algo que les unía.
Y ahora solo les unía una cosa: los dos se echaban de menos y se echaban de más.
No hay comentarios:
Publicar un comentario