Los rayos de sol entrando por la ventana me despertaron. Estaba en el suelo, pues las heridas no me habían dejado siquiera llegar a la cama o algo más blando que el cemento que tenía bajo mi dolorido cuerpo. A mi lado yacía la espada plateada que horas antes me había salvado de morir, y frente a mí se encontraba, sentado en una silla y despierto, Zen, el que observaba cada uno de mis movimientos. No tenía escapatoria.
-Buenos días, flor. ¿Qué tal has dormido?
Su voz hizo que un escalofrío recorriera mi columna vertebral.
-¿Qué quieres, Zen? Creo que Stris te ha dado lo que querías.
-Sí, querida. Como ya sabrás, tengo en mis manos el Libro de las Tres Verdades. Pero...tengo un pequeño problema. Necesito entenderlo. Está escrito en una lengua antiquísima, y nadie mejor que tú sabe quién puede traducirlo, ¿verdad?
Una sonrisa se posó en sus labios y las arcadas se apoderaron de mí.
Zen era el Señor Oscuro que años antes había sembrado el pánico en el reino y tras muchos intentos había vuelto a ser tan poderoso como siempre lo había sido. Era alto y elegante, pero le faltaba fuerza, la que no le hacía en verdad falta, pues tenía astucia y una gran inteligencia. Poca gente había sido capaz de hacerle cambiar de idea o de no cumplir sus órdenes y deseos; y ahí estaba yo. Una chica de 19 años que, o le ayudaba, o moría.
-¿Qué me dices, Mare?
Se había levantado y aun estando a contra luz podía ver cómo sonreía. Intenté pensar algún plan, alguna huida, pero en vano.
-Hoy me siento caritativo, así que te daré hasta la puesta de sol para pensarlo. Si mis guardas escuchan algún ruido extraño, olvidaré mi sensibilidad y mi capacidad de ser buena persona. Quedas avisada.
Cerró tras él la puerta y poco a poco me levanté del suelo y me senté en la cama maltrecha. Solo había una pequeña ventana por la que llegaban los rayos del sol y una puerta de madera, la que tras ella escondería guerreros bloqueando o bien la entrada o la salida. Las paredes eran de cemento frío y posiblemente un conjuro las hubiera hecho indestructibles. Mis ideas y recursos se agotaban. Tenía que salir de aquí, pero no había manera alguna de hacerlo. Y me maldije en silencio al pensar en la manera estúpida en la que me habían atrapado.
Los guerreros de Zen iban contra nosotros y desde la torre del castillo podíamos ver cuantos eran. La reina nos había recordado las maneras de huir por si surgía algún problema y se había ido tan rápido como había entrado. Mientras nuestros adversarios se iban acercando al castillo, miré a Stris el que me devolvió una sonrisa sincera y tranquila, lo que era contradictorio a todo el caos que se estaba empezando a formar a nuestra alrededor. Después miré a Xon, el que me devolvió una mirada fría y severa, algo que en ningún otro momento había hecho. Y cuando me disponía a cogerle de la mano, la muralla cayó y los caballeros oscuros entraron en el castillo. Corrí con Xon a mi lado mientras íbamos a la torre vigía para desde allí tener una mejor visión y poder disparar las flechas con más facilidad.
Al llegar, no había nadie, y un escalofrío recorrió todo mi cuerpo, algo iba mal. Despejé mi mente de cualquier pensamiento que pudiera traer un mal presagio y empecé a disparar flechas a todo aquel que estaba demasiado cerca a la sala de cristal, donde estaba el Libro. Unos minutos después, un mago llegó hasta nosotros y empezó a hechizar todos los objetos para que nos atacasen, y al cabo de un tiempo, tanto Xon como yo estábamos atados por unas cuerdas que a cada movimiento que hiciéramos se apretaban más contra nuestra piel.
-Has hecho un buen trabajo, Xon.
Esa voz. Ahí estaba Zen. No pude darme cuenta de nada más en unos segundos hasta que mi mirada se posó en Xon, el que no estaba atado, y apuntaba su espada contra mí.
-Tú...- susurré.
-Oh, venga, Mare, ¿no lo habías averiguado ya, o es que tus sentimientos te han nublado?
-Eres un maldito traidor.
-Nada que no sepa ya. En verdad, la mayoría lo sabía, o lo intuía. Incluso Stris lo sabía. ¿Pero cómo matarme si tú siempre estabas a mi lado, y gracias a mí habías empezado a ser más fuerte? ¿Cómo decirte que el chico al que amas es en verdad tu enemigo? No convenía decirte nada, Mare. Gracias a mí dejaste de destruirte.
-Eres...eres...
Mi mirada se nublaba por segundos y mi mente no era quién a asimilarlo todo.
-Lo siento, querida, pero no todo es como lo ves.
Lo último que recordaba eran las risas, tanto de Zen como Xon. Me limpié las lágrimas que habían caído mientras recordaba aquel momento y me levanté como pude. Estaba dispuesta a salir de aquella habitación, y lo conseguiría.
Repasé cada lección de Stris, cada buen consejo, e incluso dejé que mi mente navegase a través de las mañanas en las que Xon me acompañaba al bosque y allí entrenábamos. Pero nada. Nunca había pensando en cómo escapar de una maldita celda que apenas tenía salidas.
-¡Eh, flor!- gritó alguien desde detrás de la puerta-. ¿Qué tal lo llevas?- dijo Zen mientras entraba.
-Lárgate- dije señalando la ventana-, todavía no se ha puesto el sol.
Sonrió.
-¿Oh, no te lo había dicho? Esa ventana está hechizada, en verdad son las siete de la tarde, y está empezando a oscurecer.
Su sonrisa aumentó mientras mi furia crecía y se reflejaba en mi rostro.
-Vamos, flor. Tienen que prepararte para esta noche. ¡Traducirás la Tercera Verdad delante de todo el reino!
-Jamás- dije mientras me cogía por el brazo y me llevaba a algún lugar.
-Ya lo veremos- respondió con su malvado sonrisa.
-Estás radiante. Pero sonríe, niña. Vas a traducir la Tercera Verdad, estate orgullosa.
-Más bien me doy asco.
La molesta señora que me había arreglado se fue y me dejó sola mientras me observaba en el espejo. Llevaba un vestido largo, de color negro y de palabra de honor. Mi pelo rojizo estaba recogido en un moño. De haber sido otra ocasión, incluso hubiera pensado que estaba bien.
-Estás preciosa- dijo una voz ya conocida tras de mí.
-¿Qué quieres? ¿No deberías estar con tus compañeros? Te habrán echado de menos mientras espiabas para Zen.
Cerré los ojos fuertemente cuando le vi ir hacia mí y cuando volví a abrirlos había dejado su mano en mi hombro, la que aparté rápidamente. Se puso frente a mí y pude notar en su mirada tristeza, pero la pena que podría haber sentido por él en algún otro momento se había esfumado.
-No me arrepiento de lo que he hecho, Mare.
-¿Y qué me quieres decir con eso? ¡Pues vale! ¡Vete con tu Señor Oscuro y dile lo feliz que estás de haber sido tan buen lacayo! ¡Dile lo bien que te sientes al haber destruido un reino entero! ¡Cuéntale lo estupendo que es enamorar a una chica y después hacerle darse cuenta de la peor manera que nada era verdad!
-Me merezco todas estas palabras...
-¡Y tanto que te las mereces!
-Déjame acabar, Mare. No me arrepiento de nada. Pero no me refería a Zen, o al reino o a esta guerra- dijo mientras me cogía la mano, y no encontré fuerzas para apartarme-. Me refiero a nosotros.
Juntó sus labios con los míos y como vino se fue.
Rompí el espejo de un puñetazo y tras el ruido la señora de hacía unos minutos volvió a entrar. Al ver mi mano sacó su varita y antes de que pudiera hacer nada cogí uno de los trozos del espejo y se lo clavé en el estómago, sin pararme a pensar en si la había matado o no. Abrí la puerta con cuidado y al no ver a nadie, decidí irme, no sin coger la varita de la señora y algún que otro cacho más de espejo. Fui corriendo pero sin hacer el menos ruido posible y cuando pensé que había encontrado un buen sitio para irme, una manos me cogieron por la espalda y me llevaron hasta una esquina en la que solo había oscuridad.
-Mare, escucha- dijo Jes-. No hay mucho tiempo, ¿vale? Esperaba que tardaras menos en huir, pero da igual. La traición de Xon no nos trae por sorpresa, y la hemos usado a nuestro favor, pero no quisimos decirte nada, ya que en cuanto lo supieras no sabríamos como reaccionarías. Escúchame. Vuelve de donde has venido y compórtate como hasta ahora. Tenemos un plan, confía en mí. Todo saldrá bien.
-Deja las palabras de consuelo y vete al grano, Jes, no estoy para juegos.
-Está bien- dijo mientras me entregaba un papel-. Ellos no saben lo que dice la Tercera Verdad, así que en verdad puedes decir cualquier cosa, ¿no crees? Ahí tienes algunas ideas, pero cuento con tu ingenio de última hora. Tenemos que hacer que ellos queden conformes cuando termines pero cuando crean que hayas acabado seguir diciendo algo para en ese momento atacarles por sorpresa. ¿Estás conmigo?- asentí.
-Siempre.
Volví a la habitación, ahora más segura que antes, y con la varita de la señora le volví a la normalidad y le borré la memoria, y arreglé el espejo. Minutos después Xon volvió a entrar con dos hombres, los que me acompañaron hasta el gran salón. Este estaba repleto de gente, algunos orgullosos y otros obligados a ir por el mismo Zen. Había mesas llenas de comida y bebida casi sin tocas pues la mayoría de los allí presentes no se fiaban del Señor Oscuro y menos aún de sus secuaces.
-Buenas noches, señoras y señores. Hoy descubriremos cuán mal habita en la Tercera Verdad. Hoy sabremos a qué temían nuestros antiguos. Hoy seremos un poco menos ignorantes. Y para ello, tenemos a nuestra querida flor, Mare. Ella será quien lea y traduzca la Tercera Verdad.
Me llevaron hasta Zen y todos me miraban. Y sentí en su mirada tristeza; no por ellos, sino por mí. Porque sabían que me negaba a todo lo que Zen quería, y porque sabían que en aquel instante era un esclava. Y ese sentimiento me llevó a una ira incalculable, y al mirar a Xon, este se puso pálido, pues mi mirada solo transmitía odio y dolor.
Zen dejó el Libro en el atril, frente a mí, y empecé a leer.
-Aun con tres heridas en los costados y sin apenas fuerza en el cuerpo, el caballero fue capaz de caminar hasta el gran lago y allí derramar la poción que devolvería todo a su estado normal. Oscuridad, dolor, y violencia enterraba ese agua amarga que en algún momento fue dulce.
Mientras leía el suelo temblaba bajo nuestros pies y cuando vi la oportunidad, empecé a inventar.
-Pero todo lo malo era agotable, y aunque poca gente pudiera saberlo, aquella oscuridad tenía en el fondo una luz cristalina. Pues incluso lo más cruel y vil tiene un lado tierno. Pues incluso lo bueno tiene un lado malo. Porque todo está compuesto por equilibrios de energías, y tanto lo bueno tiene algo malo, como lo malo tiene algo bueno. Y sabiendo utilizarlo, se puede convertir lo malo en lo bueno. Y aquel caballero, que tanto creía saber pero que tan poco sabía, aprendió una lección que se le grabó en el pecho. Los intermedios siempre son los mejores.
Zen fue corriendo hacia mí en cuanto había empezado a leer la parte inventada que él creía que se encontraba en el Libro, y en ese momento Jes y mis compañeros salieron de los recovecos jamás imaginados y empezaron a luchar contra los guerreros oscuros, los que se descuidaron y dejaron las ventanas sin seguridad, dejando una clara oportunidad a Stris, el que se coló rápidamente en el gran salón y dejó a Zen amordazado y en el suelo; con sufrimientos internos que nadie es capaz de olvidar. Porque así era la magia de mi maestro, vil y cruel, pero utilizada siempre en su lado bueno.
Cogí el Libro de las Tres Verdades y se lo entregué a Stris, el que me sonrió tiernamente y se fue con el libro en sus manos. Jes me cogió de la mano y me casó de allí, no sin antes pasar por delante de Xon.
-Mare...
-La próxima vez, piensa antes de actuar- dijo Jes mirándole con una mirada fría y llena de odio.
Al salir del castillo, Jes me llevó al bosque y me explicó la verdadera historia de Xon y el por qué de que hubieran dejado que se quedara con nosotros, y me sorprendió saber que lo que había dicho Xon en la torre era verdad.
-No te consideramos débil, Mare, porque no lo eres; pero en cuanto apareció Xon fuiste más estable y observamos que te venía bien su compañía. Al descubrir de qué lado estaba di la idea de matarle yo mismo, por como te estaba utilizando, pero Stris me paró los pies. Dijo que eso sería un golpe del que no te recuperarías y te necesitábamos en el batalla. Aunque no pensamos que el chaval sería tan imbécil de decirte de qué bando estaba en aquel momento. Nos equivocamos, obviamente. No sé si hicimos bien escondiéndotelo, pero era la primera vez desde la muerte de tus padres que te veíamos feliz y...no sé, nos dejamos llevar por los sentimientos de cariño y no quisimos hacerte daño. Lo siento, Mare.
-No te disculpes. Fui yo la tonta. Tuve que haberlo visto.
-No os culpeis- dijo Stris detrás de nosotros-. En verdad, nadie tiene la culpa. Y de tenerla, sería yo por dejar que todo se me fuera de las manos. Pero lo importante es que hemos cumplido con nuestro objetivo. No lo hemos hecho bien en muchos momentos, pero hemos actuado como hemos creído que iba a ser mejor. A veces, cuando entiendes que no hay otra opción, cuando te das cuenta de que es ahora o nunca, no te paras a pensar en el minuto a minuto. Piensas en un futuro a largo plazo, y entiendes que lo mejor es hacer aquello que, a lo mejor deja rasguños en el camino, pero que cura las heridas al final de todo. Porque mil rasguños duelen, pero son más fáciles de curar que una herida.
No hay comentarios:
Publicar un comentario