Peter Pan.

sábado, 11 de julio de 2015

El ambiguo descarte de las sensaciones oxidadas.

A lo largo de la vida me he llevado unas cuantas decepciones. Es increíble que únicamente con 16 años tanta gente haya fallado. Pensar en que no llevo ni un cuarto de vida... me aterra. ¿Con cuántas decepciones se irá uno a la tumba?
Pienso en lo que no te dije y en lo que te quise. Y te quiero. Porque no se quiere ni se dejar de querer en simples horas, y, aunque digan que el tiempo lo cura todo, no es verdad. Solo te acostumbra a la sensación de dolor. Hasta que no consideras al dolor, dolor y lo denominas habitual. Siempre pasa. 
Pero no debería ser así. El dolor no debería ser habitual, porque el dolor es una sensación de vacío, de abandono, de herida. Y cuando el puñal sigue en ti cada día no se habitúa, se oxida. Y el óxido mata el alma.
Pero nadie me ha hablado nunca de esto, así que supongo que solo son suposiciones, que en el fondo yo nunca he querido de verdad  y que lo único que me une al amor es lo que siento por mis padres. 
Pero después te veo. A ti. Que caminas despacio, con la chulería bien puesta de chico de barrio. 
Me pregunto si también te puedo llamar decepción.
O si es algo que sientes y padeces, como una enfermedad. De esas que duelen hasta morir y matan hasta doler. Pero el dolor no es dolor... ¿Verdad? Te habitúas. Te acostumbras. 
Por eso te mueres. 
Por eso cada día que pasa te oxidas.
Tú ya no quemas y yo no congelo. Dime, ¿y el próximo vuelo? 
Vuelvo. 
A Madrid, digo. 
Porque a quemar nunca más. 

El dolor es lo que mueve el alma cuando está oxidada. Quémalo. 

domingo, 21 de junio de 2015

Finales en frascos pequeños para gente grande.

Siempre se habla de los finales de los pequeños; de cuánto crecen, de cómo han cambiado, de hace unos años estaban ahí y ahora... Ahora. 
Pero yo hoy vengo aquí para contaros los finales de la gente grande. No mayor, sino grande. Porque personas mayores hay en todos lados... Pero personas grandes solo las hay donde uno no ve pero sabe mirar, donde sabes esconderte de tus miedos y ellos te empujan con la valentía de vencerlos. Esas personas, querido lector, también tienen finales. Amorosos, académicos, económicos... Finales de vida, como todos. Pero no me quiero centrar en los finales, por ahora no.
Me quiero y me voy a centrar en cómo ellos también terminan y en cuánto cambian a la par que la gente que está aprendiendo a ser grande crece junto a ellos. Ellos también cambian. Y continúan cambiando. Y como cambian, también viven. Porque la vida es cambio. Y fallos. Porque fallan como todo el mundo, caen y se levantan. Pero cuando ríen no hay lágrima que sirva ni tristeza que valga la pena. 
Ellos son la alegría que un viernes por la mañana te levanta de buen humor, por ellos. Son el sinsentido de que los lunes tengan sentido y de que media hora juntos cada semana sea mejor que ocho horas sin alguno de ellos. Son de esas personas que te calan hasta los huesos, de los que tatúan en tu pecho su nombre y te recuerdan cada día lo que te quieren con un abrazo y un beso, con una sonrisa o un guiño. 
Ellos son lo que nunca pedí que la vida me diera y sin embargo el regalo más bonito que me pudo conceder la misma. 
Son risa, y miedo, y finales.
Ellos también terminan. 
Porque ellos también viven. 
Terminan. 
Pero comienzan. 
Y conmigo, conmigo siempre. 



jueves, 9 de abril de 2015

Un día sin ecuaciones dicen que es un día perdido, ¡¡dicen!!

Tengo la suerte de poder equivocarme. Creo que es una de las pocas cosas que me gusta de los humanos. Podemos equivocarnos, debemos equivocarnos.
Me cuesta admitirlo porque soy de letras de la cabeza a los pies, pero la vida son ecuaciones, incógnitas con soluciones escondidas. Y es jodido darse cuenta de que tienes que resolverlas cada día, de que nada más dejar los pies en el suelo ya tienes la primera ecuación: ¿desayuno o espero al descanso de la mañana? Y, cuando por fin resuelves esta duda, preparándote el primer colacao o café del día, te das cuenta de que ha sido un error cuando echas agua en la taza y metes el brik de leche en el microondas en vez de dejarlo otra vez en la nevera.
Después de la primera hazaña del día, viene lo difícil, que el uniforme, o la ropa elegida para el trascurso del día no se manche con nada. Vuelves a fallar, obviamente. Las galletas se rompen solas, la taza se te cae por la esquina de la mesa y te ensucias el pantalón, la falda, o el pijama que todavía el sueño te había impedido quitar.
Sigues con tu cotidiana mañana y olvidas mirar el reloj una, dos, ¡tres veces! ¿A qué hora pasa el bus? ¿Tendré que coger el taxi? ¿Si salgo en cinco minutos, llego andando en tres?
Más y más incógnitas, ¡y no es ni mediodía, ni siquiera media mañana!
Las ecuaciones continúan su trayecto al trabajo contigo. ''Entrega esto hoy mismo...'' ''Mañana debes haber terminado...'' ''¿No te dije que era para hoy?'' 
Y así, entre quejas de oficina, pasillo del instituto o universidad... te encasquetan otras cinco ecuaciones y ni te das cuenta de cómo lo han hecho.
Y así, en ese ir y venir de senos y cosenos, se te ha pasado el horario lectivo y regresas a casa. Y por el camino, otras tres incógnitas: ¿paso ahora o cuando el semáforo esté en verde? No pasa ningún coche...
Sigues, como siempre, por el trayecto de regreso, dándole vueltas en la cabeza a las mil y una incógnitas que llevas en el día- vale, no son tantas, pero cien... a lo mejor-.
Y llegas a casa. ¿Como o espero a que lleguen los demás? ¿Me cambio de ropa ahora o después? ¿Debería abrir las ventanas?
Y llegan las demás personas con las que convives. ''Hola, ¿qué tal tu día?'' ''¿Ha sido entretenido, se te ha pasado rápido?''
Y tú, mientras tanto, en tu momento moribundo por haber decidido anteriormente que les esperabas para comer juntos, te preguntas: ¿de verdad quieres que te conteste? Porque ahora mismo si abro la boca me como media cocina, microondas con su brik de leche mañanero incluido.
Después de comer, con el típico frío que se te mete en el cuerpo, decides ponerte un chándal para estar más a gusto. Y... media hora después, te dicen: ''Baja al supermercado y compra leche, ¿quieres?''
Y aunque no quieras (porque no quieres), bajas obligado, pisas la calle y... ¡mierda, el dinero! ¿Pero cómo es posible? Subes, no sabes si riendo o llorando y, cuando por fin coges el maldito dinero, que son céntimos, apenas llega a un euro- la leche es de marca blanca, baratita-, vuelves a pisar la calle con tu chándal verdaderamente horroroso y vas rápidamente a por leche.
La llegada al supermercado es... posiblemente de cámara oculta. Tú, con tus mejores pintas (para la alfombra roja de los Oscars, ¡por lo menos!), te encuentras a todo el mundo- que solo faltaba que apareciese Brad Pitt por ahí comprando el pan- y desfilas con dignidad hasta volver a casa.
La cena, en un día con tantas ecuaciones... no puede ser de otra manera que devastadora. "¿Qué prefieres, merluza o ensalada?" Te preguntas por qué te pide consejo si después hará lo que quiera, y le dices lo que menos te apetezca en el momento, pues ya sabes que hará el contrario.
Y justamente, merluza para cenar. Merluza quemada. Y sosa. Pero merluza. Pero... ¿cómo vas a decirle nada? Es tu madre.
Porque nadie más puede hacer esas cosas, eso son cosas de madres.
Da igual que trabajes en una oficina, seas universitario o estudiante de instituto, una madre siempre será la que te pregunte, aparentando que le importa tu opinión, y después hará lo que ella desee.
Pero es tu madre, te ha dado la vida, y la quieres como a nadie.
00:00 de la noche. ¡¡El día se ha acabado!! La cama te llama desde hace ya rato y las tangentes te salen por las orejas, así que te pones el pijama (uno que no estuviera manchado de leche por el desayuno) y te metes en la cama.
¿Cuántas ecuaciones sin resolver puedes contar?
¿Cuántas incógnitas? ¿Tienen sentido? Sí. ¿Te habías parado a pensar en esto alguna vez? No.
Pensadlo bien... ¿cuántas ecuaciones- de las importantes de verdad- te llevas a la cama cada día?

lunes, 6 de abril de 2015

Soy, que no eres. Pero somos, eso siempre.

Soy una chica de contradicciones e inseguridades. Un día blanco y al siguiente negro, pocas veces me decanto por el gris. De extremos, que no extremista. De paz, que no pacífico. Sino pacifista. 
Soy una chica que un día ríe por mil personas y al siguiente llora hasta crear un nuevo océano (como el pacífico, por ejemplo). De la que juega con las palabras porque no le va eso de jugar con las personas. Que siente y salta a partes iguales, pero que si un día le manda a saltar el potro dirá que lo siente, pero que no lo salta. De esas que cocinan la cocina porque lo que es la comida la llegaría a quemar, y de las que cuando dibujan un pato les sale un koala, y al revés. Porque lo suyo son las letras, no el arte ni mucho menos las ciencias. Que ve muy bonito eso de estudiar el ADN, pero si mi organismo ya sabe funcionar, ¿para qué voy a aprender yo cómo funciona?
Soy de las que se pasan tardes enteras de una semana leyendo y después puede estar un mes dejando aparcado el libro en la mesita. De las que escriben estando triste, contenta o histérica. Siempre con un bolígrafo y papel a mano o el móvil mismo, porque nunca se sabe dónde te puede llegar la inspiración. 
Soy de las que cree en el karma, de las que se portan bien con los demás, y aún sin esperar nada a cambio sabe que el karma se lo tiene que recompensar (que después no pasa, o si pasa no lo aprecia). De las que tiene sensibilidad extrema con las películas y que no puede llegar a ver una sin terminar llorando. De las que ha llorado hasta con Toy Story (sí, de esas). 
De las que odia las despedidas, de las que ama los reencuentros y de las que odia pero ama decir ''te echo de menos''. 
Soy un desastre. Un desastre que tiene caos dentro, pero un caos ordenado, lleno de luz y oscuridad a partes iguales. Soy un maravilloso desastre que cada día se echa de menos y cada día se acaba echando de más. Un inevitable desastre, de esos que tienen los pies y el alma destrozados y cada día ríe por cada lágrima derramada en el mundo. Soy caos en estado puro, y detrás de este cristal no puedes ver otra cosa. 
Soy paz al más estilo años 70, rebeldía como los años 80 y modernismo al más puro años 90. 
Y contradicción como los 2000, como la nueva era, como las guerras en un mundo que pide paz, pero que intenta encontrar la gloria como en el viejo oeste. 
Soy caos, desastre. Soy cristal.
Soy escritora. 

martes, 24 de febrero de 2015

Un febrero más a la basura, ¿o esta vez no?

Dicen que los 15 son la niña bonita, que los 13 llevan a la mala suerte y que los 14 están para dejarte el pelo crecer. ¿Y los 16, qué?
Llevo derrochados 16 febreros y sigo sin saber vivirlos. Que dejar que pasen los días y pasar las hojas del calendario tachando cada semana no es vivir. Ni tampoco lo es hacer lo que quieras en cada momento y echar tu vida a perder.
Pero el tiempo pasa, la vida pasa con él y a mí siguen sin explicarme qué cojones se puede hacer para disfrutar de la vida.
A veces creo que no se puede disfrutar. Que nacemos y vivimos para morir, y que en los seis planetas en los que llegamos a vivir siempre estamos esperando el qué vendrá después. Pero, querido lector, dime tú cómo espero algo que no conozco.
También pienso en que existen muchas cosas por las que vale la pena correr el riesgo de pasar al siguiente mundo y ahí es cuando me doy cuenta de que todavía no he aprendido a vivir. Pero, tío, es que nadie sabe vivir. ¿O me diréis que vivir es estar esperando siempre algo? Eso es agotador y desesperante. Y la vida lo es, por supuesto que lo es, pero sin una meta que alcanzar.
La vida es eso que hace que los pies te duelan, la barriga se desagarre de dolor por reír y los ojos no tengan corrido el rímel.
La vida es eso que te hace querer saltar al vacío pero no lo haces. Es lo que te impulsa a correr hasta el océano y ahogarte en él, pero tampoco lo haces.
La vida es vivir. ¿Y cómo se explica eso?
La vida es...aire.
Es agua.
Tierra, y fuego.
Es amor, odio, risa y miedo.
La vida es una putada, es la gran putada. Y la odiamos- ¿cómo no odiar algo que nos odia?-, pero al final del día la amamos más que a nada. Porque sin ella no somos nada.
Porque puedes vivir sin amor, sin sexo, sin tabaco, sin alcohol, sin bailar, sin cantar, sin leer, sin música, sin escribir... Pero no puedes vivir sin la vida. Porque ella eres tú, y tú eres ella.
 Y yo, ahora, a mis 16 febreros derrochados, no sé si mi vida necesita seguir pasando las hojas del calendario o si necesita un buen abrazo, un buen cigarro o una buena borrachera. Pero sé que necesita la vida más que nada en el mundo. Porque esos 16 febreros soy yo, en mi más sentido y dolido ser. Y yo necesito vivir. Y quiero vivir. Y besar, y querer, y reír, y llorar. Y quiero levantarme un domingo a la una de la tarde con una resaca del quince y acordarme de los días cuando no existían dolores de cabeza y reírme por el horrible aspecto que me refleja el espejo. Y quiero llorar por las noches y sentir el dolor que alguien causa en mí. Y también quiero sentir, ser sentida y que me sientan.
Porque la vida es sentir, es vivir, es amar, es pensar...
Y mi vida quiere arder con cada risa, con cada mirada, con cada abrazo. Con todo. Porque, amigo, eso es sí vivir.