Siempre me ha parecido ilógica esa capacidad que tenemos los humanos de no querer decir lo que nos está matando por dentro. Quizá, a veces, un 'te echo de menos' en el momento justo nos ahorraría muchas lágrimas un sábado por la noche cuando la luna se esconde tras las nubes negras. A lo mejor un 'haz lo que te dé la gana' no expresa lo que queremos en realidad, y tal vez un 'olvídame' signifique dos cosas contrarias, pero que no se llevan a cabo de la manera correcta.
Supongo que por eso las palabras son más complejas de lo que en su primer momento parecen. Quizá por eso la sintaxis se nos tuerza a todos en algún momento de nuestra vida educativa (que con la educación de este país, normal, también sea dicho).
Pero aun así me parece increíble que sigamos pensando una cosa y digamos la contraria únicamente por no querer preocupar a los demás. Y es irónico, ¿no? Porque en el fondo todos sabemos que lo hacemos pero ninguno dice nada, ni hace nada para evitarlo, porque cuando decimos lo que sentimos en realidad es más fácil hacernos daño; porque somos más vulnerables.
Y esto no es una reivindicación para que empecemos a ser más transparentes, porque nunca lo vamos a ser, es simplemente una reflexión tras haberme pasado la noche en vela pensando en lo tontas que somos a veces las personas cuando entendemos mal lo que nos han dicho bien. Porque, en algún momento de tu vida, aparece en tu mundo una persona que te dice las cosas como las siente, que las expresa tal cual las piensa y que se podría llamar sincero, pero la costumbre de tergiversar las palabras de los demás hace que confundas los términos que esa persona te muestra y ahí es cuando la ecuación no sabe resolverse a no ser que tenga más de dos incógnitas y un par de tés encima.
Pero el karma sigue existiendo, y siempre hará que caigas en esa realidad que bien podríamos llamar 'mala suerte', porque la Ley de Murphy es la que mejor puede definir la vida, porque es la única ley que todo el mundo cumple, y mira que no aparece en la Constitución.
Y cuando te das cuenta de que esa persona es sincera, y de que lo que te dice es literalmente lo que piensa, quieres cagarte en todo, quieres echarle las culpas a la sociedad y a su visión de las palabras y te das cuenta de que lo que falla no es la sociedad, ni esa persona sincera, sino tú. Tú fallas,
porque crees cuando no deberías, porque dejas entrar un poco a Peter Pan en tu vida antes de que se vaya para siempre, pero te das cuenta de que es un error y lo echas a patadas otra vez, porque ya vas teniendo una edad, ya sabes analizar una oración y sabes que el nexo entre esa persona y tú no debe ser la segunda estrella a la derecha y todo recto hasta el amanecer. Porque es por la noche, la luna está escondida, y encima yo te he dicho que te vayas a la mierda cuando lo que me apetece es cogerte y plantarte un beso.
Qué pena que no digamos las cosas como las pensamos,
qué pena que la sintaxis se enseñe tan mal.