Peter Pan.

domingo, 28 de septiembre de 2014

Deseos.

El mundo no es una máquina de conceder deseos, y por mala suerte lo he tenido que aprender de la peor manera que existe.
He visto como se puede destruir un edificio, y como se puede destrozar una vida. He sentido los sollozos de todo el mundo reflejados en las gotas de lluvia. Me pregunto cuánta gente estará llorando en este instante, cuánta riendo y cuánta cantando. Me pregunto si alguien estará besando a la persona que ama, y si otros por su lado estarán únicamente teniendo sexo con la primera chica que se han encontrado en una esquina de las calles de Nueva York. No sé. Esas cosas pasan.

El mundo es un antónimo de conceder deseos. Los destruye. A lo mejor uno de esos hombres que están teniendo sexo por dinero quieren tener una familia o incluso ser capaz de mantener a la suya; pero el mundo no te concede nada porque sí, y se resignan a lo que tienen. Un polvo de una noche. Tal vez las personas que hace dos minutos estaban llorando ahora hayan parado o se hayan quedado dormidas con lágrimas en los ojos, y quizá su almohada se haya quedado sorda por los gritos que ha tenido que callar. Eso también pasa. A mí me pasa.

El mundo no crea los deseos. Las personas sí. El mundo nos deja decidir si luchar por ellos o rendirnos. Creo que está claro que los hombres de Nueva York se han rendido antes de empezar. Pero tal vez quede alguno que quiera dejar de pasar por las noches por una esquina para estar con esa chica, y un día la coja y le diga "sal de la calle, vente conmigo". Quién sabe. Esas cosas pueden pasar. E incluso las personas que ahora mismo están llorando, muy en el fondo saben que no tiene sentido llorar porque al fin y al cabo las lágrimas se secan, y los sentimientos también. Y posiblemente alguna de ellas se haya dado cuenta y haya dejado de llorar, se haya lavado la cara y se haya sonreído en el espejo prometiéndose no volver a llorar. 
Aunque sabe que fallará en ese deseo.

El mundo no es una máquina de conceder deseos. Las personas tampoco.

jueves, 25 de septiembre de 2014

La vida del revés.

No recordaba ni el día ni la semana, ni el mes ni el año. Recordaba el momento de cada caricia y cada suspiro. Sobretodo recordaba cada abrazo y beso no dado. Recordaba las películas una tarde de domingo con la lluvia como banda sonora de su historia. Pensaba en los tantos secretos contados en una madrugada por teléfono, y también pensaba en cuánto lo echaba de menos. 
No le gustaba acordarse de sus comienzos, siempre empezaba por atrás. Y terminaba en la parte feliz, donde eran simples desconocidos. Ese era el problema y la ventaja que tenía comenzar por el final y no por el principio. John Lennon lo decía, la vida hubiera sido mejor al revés, empezando en la muerte y terminando en el nacimiento. Y así lo creía ella cada vez que recordaba cada aventura. Se sentía débil, y ya ni la lluvia la quería visitar. Se cansaba, decía, de sus mejillas ya acostumbradas a los surcos de cada gota. 

Éramos como desconocidos que se conocen muy bien. Y lo eran, por supuesto que lo eran.

Él también se acordaba de ella. De la primera vez que se habían visto, de cuando se habían conocido. Del primer baile con sus caderas. De las ganas constantes de ella. De sus muchas sonrisas escondidas en muecas. Se acordaba de cada lunar de su cuerpo y cada imperfección en la cara. Y de lo bien que le quedaban. Y de lo mucho que ella las odiaba. Y de lo mucho que ella se odiaba a sí misma, en general. Y también pensaba en cuánto la echaba de menos.
No le gustaba acordarse de su final, de la manera en que todo se había roto en pedazos. De cómo cada día ella estaba más distante y mezquina. Y de cómo él había actuado como un buen capullo. 
La lluvia la recordaba a ella, como siempre lo hacía todo lo negro, lo frío; todas esas cosas que odia la gente y él aprendió a amar gracias a ella. Él no lloraba, ya no. La lluvia también se había hartado de él en cuanto se dio cuenta de la verdad:

Somos como desconocidos que se conocen muy bien. Y lo eran, por supuesto que lo eran. 

jueves, 18 de septiembre de 2014

La canción más bonita.

Era la canción más bonita que jamás había escuchado. Y se acordaba de ella cada vez que llovía. Era morena, pelo largo. Ni alta ni baja, y con la sonrisa siempre puesta en los labios (aunque no siempre en los ojos). Tenía esa manera de reír que le hacía estremecer y todavía se le erizaba el vello si recordaba sus dedos entrelazados con los suyos. Era inteligente y realista, y basaba su vida en el presente, el futuro la aterraba. El pasado le dolía. Era como el muro de Berlín, siempre pareciendo fuerte pero derrumbándose por dentro. Sonreía y miraba a los lados, nunca al suelo, pues decía que era mejor regalarle una sonrisa a un desconocido que a los pies, que ellos nunca podrían responder. Y lloraba. Lloraba mucho. Porque sentía, sentía demasiado. 

Y a ella también le gustaba la lluvia, porque la conocía muy bien, cada noche se pasaba por sus mejillas. Y él lo sabía. Y nunca hizo nada. Y por eso ahora le duele la lluvia, porque ahora la conoce muy bien.