Peter Pan.

viernes, 14 de noviembre de 2014

151171.

Me gustaría poder cumplir todos tus sueños. Viajar por todo el mundo, ver piedras hasta la infinidad, tener un pacto con el diablo como tantas famosas de plástico que son bien monas...me gustaría comprarte una casa el Grecia, Italia y Francia. En Madrid y Barcelona. Incluso hasta en Alemania. O por lo menos comprarte solo una donde pudieras decorarla a tu gusto y cambiar cada dos por tres el decorado porque no tendrías que trabajar. Me gustaría que pudieras dejar la mierda del uniforme naranja y verde que cada día te pones y me encantaría que lo cambiases por un chandal bien cómodo que fuera conocido por el sofá mejor que por el propio fabricante.
Pero sé que el mundo no es una máquina de conceder deseos y que si algo quiero algo me cuesta. Y créeme, que si pudiera movería hasta el Everest y reconstruiría las Torres Gemelas única y exclusivamente por verte sonreír una buena mañana mientras te tomas tu café y tu maldito pero rutinario cigarro.
Y me gustaría sobre todas las cosas poder concederte todo lo que quieres, porque estoy segura de que te lo mereces más que nadie en este mundo. Porque tú más que nadie sabe soportarme cuando el mundo se me cae encima y mis ganas de llorar y romperme los nudillos contra la pared son tan graves que ni yo misma me soporto. Creo que esta es una de tus cualidades que más me sorprenden. Porque me conozco, y sé que soy cabezota, malhumorada, tensa, fría y borde en mis peores momentos, y que en los mejores cambio el ser fría por el dar abrazos tan repetidamente hasta ser pesada y ser terriblemente plasta.
Pero no me quiero centrar en mí, porque estoy harta de escribir sobre mí. Hoy quiero escribir sobre ti, sobre la mujer que me dio la vida y sobre la humana más calmada y nerviosa a la vez que he conocido. Y créeme que te conozco, que de mis 15 años, llevo contigo 16...
Y quiero escribir sobre ti porque te debo algo más grande que cualquier otra cosa, por eso gracias. Porque sabes sacarme a flote cuando me hundo y sabes explicar mis metáforas mejor que yo misma. Que en este mundo de locos está bien- qué digo bien, muy bien, fenomenal- contar con alguien que cuente contigo. Y tú eres esa para mí. Tú eres la calculadora de mi vida, el artista de mi cuadro y la máquina de escribir de mi primer diario. Eres quien me ha dado lo que nadie más me podrá dar, me has dado la vida. Me has dado la oportunidad de vivir, y me alegra mucho saber que haces que no desaproveche ninguno de mis días, porque haces que todos tengan sentido y tomen significado y que merezca la pena levantarse por las mañanas. Y sí, puede ser que el mundo no sea una máquina de conceder deseos, pero a mí me ha concedido el más grande, me ha concedido tener la suerte, la inmensa suerte de haber empezado mi vida contigo, y me da la opción de seguirla contigo. Y acepto. Porque merece la pena. Como cuando una mantis religiosa macho se deja comer por su mujer. Merece la pena, por supuesto que lo hace.
Y también te pido perdón. Perdón por las malas palabras, por las malas miradas, por los momentos en los que no me muerdo la lengua y lo suelto todo sin pensar, y no me doy cuenta de que mis palabras pueden ser balas. Por eso mi perdón es infinito, porque nunca sé dónde meto la pata, porque nunca sé cuándo hago algo bien y cuando algo mal. Por eso perdón, y también gracias; gracias por enseñarme la diferencia entre malo y bueno, entre blanco y negro, y sobretodo por enseñarme que a veces vale más la pena ser gris.
Te quiero los mundos inexplorables de esta galaxia, y de la siguiente dimensión. Te quiero por encima de todo. Feliz cumpleaños, mamá.

lunes, 10 de noviembre de 2014

SE LIBRE.

Hoy vengo a quejarme. A quejarme porque puedo, porque quiero y porque lo necesito. Siempre decimos que esta sociedad nos juzga tanto o más como juzgamos nosotros, pero son solo palabrerías que salen por un oído y entran por el otro. Es que, joder, nos quejamos de la sociedad sin saber ni siquiera de qué nos quejamos.
Por eso hoy vengo a quejarme, pero a hacerlo de verdad. Porque me he dado cuenta de lo injusta que es esta sociedad, y de que por eso mismo siempre me ha gustado eso de informar de las cosas que DE VERDAD pasan en el mundo. Que vivimos encerrados en nuestros complejos, nuestros problemas y nuestras vidas y no nos damos cuenta de que los de arriba somos unos privilegiados. Y que si no fuera por las desigualdades a lo mejor no era todo así. Porque, ¿de dónde sacamos el petróleo que tan amado es en la mierda esa de las empresas? ¿Lo sacamos, acaso, de nuestros propios terrenos? No. Lo sacamos de aquellos que menos tienen, más necesitan, y por mala suerte menos entienden. Que estoy harta de poner las noticias y ver a gilipollas multimillonarios hablar sin saber formar dos oraciones decentes, diciéndome, diciéndonos que las cosas van a cambiar. Y no mienten. Claro que cambian. Cambian para ellos y para mejor, ¡que cada vez tienen más y necesitan cada día menos! Odio la sociedad por estas cosas, en primer lugar. No me gusta la injusticia, y no creo que a nadie le guste, pero yo no me quiero ni me puedo quedar ahí. Yo sigo hasta tal punto que no quiero vivir en un mundo donde yo estoy cómodamente en mi casa con calefacción y en mi mismo país (¡un país desarrollado, ni más ni menos!) hay adolescentes iguales a mí que tienen que ver a sus padres y madres llorar de desesperación, porque por quitar, les han quitado hasta la dignidad. Y creedme que no hay nada peor que perder aquello que te viene innato.
Después, tampoco me gusta tener que ser de x manera y tener el pelo y los ojos de x color para ser una chica ''mona'' y ''bonita''. Que estoy harta del prototipo de belleza, que si pones de perfil a muchas de las modelos de ahora no las ves, ¡no las ves! Que sí, que siempre ha habido estereotipos, prototipos y modelos que cada uno ha seguido a su manera, pero al fin y al cabo ha cumplido, ¿pero son realmente necesarios o únicamente seguimos dejándoles dirigirnos porque es más cómodo y porque nos hemos acostumbrado? Soy una chica de quince años que no tuvo agujeros de los pendientes hasta los trece. A mis padres le preguntaban ''¿cómo se llama este niño tan guapo?''. Daban por hecho que era un chico por vestir de azul y no tener pendientes. ¿Me entendéis, queridos lectores? Hemos llegado a tal punto en el que si una niña pequeña no tiene pendientes ni va vestida de rosa llegamos a pensar que es un niño porque no lleva nada correspondiente al sexo femenino a esas edades tan tempranas. Tenemos marcados unos estereotipos que humillan a quien no los sigue y unos prototipos de personas perfectas que deprimen a quien no es así. No por ser rubia y de ojos azules voy a ser más bonita que siendo castaña y con ojos marrones como soy. Y tampoco un chico es más guapo con ojos verdes y pelo rubio que con ojos castaños y pelo negro. Y menos aún eres una chica más bella por tener ese ''90-60-90''. ¡¡Quiérete!! Porque puedes ser más o menos guapo, más o menos alto, más o menos flaco, pero lo que sin duda sé decirte incluso sin conocerte, estimado lector, es que eres único. Y que cada imperfección te hace a ti mismo. Eres una mezcla de cada uno de los errores que has cometido a lo largo de los años y de todos los que te quedan por cometer. Eres tú. Y solo por eso tienes que quererte. Eres tú, eres único entre esas 7.000.000.000 de personas (o más, he perdido la cuenta) que habitan este mundo de locos.
Y tampoco me gusta la libertad que nos venden como si fuera verdadera. Creo, y es mi opinión, -como todo lo que llevo escrito-, que vivimos en una libertad condicionada. Nos han vendido que somos libres, pero lo que no nos han dicho es que somos libres en una cárcel que ellos mismo hacen, crean, y después controlan para salirse con la suya.
Nunca me ha gustado meterme con las grandes empresas, pero una vez al año no hace daño, y hoy estoy quejona, así que ya lo suelto todo. Las recalco a ellas porque son el detonante de cada problema que he citado. Nos crean una manera de vivir, ¡y nosotros les seguimos el rollo! Y ni siquiera nos oponemos a las ridículas chorradas que muchas veces intentan inculcarnos. Un ejemplo claro que todos conocemos, son las modas. Han llegado a ponerse de moda cosas ridículas sin valor ni utilidad ninguna, y aún así en cada casa habrá esa x cosa. Me incluyo. Llegan a comernos tanto la cabeza con ese producto, que nos termina gustando y menos de un mes después ya lo tenemos en nuestras manos. Y lo peor es que nos creemos los más guays por tener lo que está de 'moda' cuando quienes de verdad ganan son quienes nos han vendido el producto en cuestión. Porque sí, puedes leer esto y decir: ''pero si solo lo compramos unos pocos tampoco es que ganen ellos'', pero déjame decirte que te equivocas. Que no es así. Por una vez, voy a utilizar las matemáticas: si en tu grupo de amigos sois cinco, y cuatro de vosotros tenéis esa moda pasajera (que en inglés se denomina craze, y la verdad es que tiene sentido), si eso lo pasamos a escala mundial (¡a las 7.000.000.000 de personas!), no solo vosotros cuatro tendréis ese producto, ¿verdad?
No somos libres. Estamos encarcelados en lo que ellos quieren que lo estemos. Somos quienes somos en parte porque desde pequeños nos han dicho cómo ser. Y no me gusta ser así. No me gusta que todos seamos iguales, y más o menos, aun con alguna diferencia, todos terminamos siendo copias de los de al lado. Y es algo que a veces me tranquiliza y otras me pone nerviosa. Incluso iracunda.
Por eso no me gusta la sociedad, y por eso hoy me quería quejar. Porque la sociedad no es justa y tampoco lo somos nosotros. Y si no lo somos es justamente porque vivimos en la libertad que nos han vendido, y la justicia venía de regalo. Un regalo impuesto, por eso me quejo.

domingo, 2 de noviembre de 2014

Diferencias entre balas y puños. Entre querer y querer hacer daño.

Si algo me ha enseñado la vida es que nadie nace aprendido. Que a lo mejor no todos aprendemos a la misma rapidez y que no todos terminamos sabiendo lo mismo. Yo, por mi parte, he aprendido cosas que me gustaría no saber. Como, por ejemplo, el echar de menos. O el miedo. Y, Dios mío, se me da de cine eso de tener miedo. Sobretodo al rechazo y al olvido, porque son cosas que, aparte de asustar, duelen. Y creo que no hay nada que dé más miedo que el dolor. Supongo que es algo arraigado a nosotros, porque a nadie le gusta que le hagan daño. Y ya no hablo de ese dolor físico que incluso hay personas a las que les excita, sino que hablo de ese que atraviesa cada capa de piel y te pega directo en el pecho, donde el corazón. Joder, no hay peor dolor que notar que tu corazón se rompe. 

También he aprendido que en esta sociedad todos juzgan y todos son juzgados, y que ya no importa que alguien tenga un corazón puro y una personalidad de hierro, que como tu sonrisa no sea bonita, tus ojos no sean de x color y tu cuerpo no lleve la talla s no vales para nada. Y me parece injusto, porque conozco a miles de personas con un corazón tan enorme como su talla de camiseta, y no porque ella no sea una s su corazón va a ser peor. 

Y también me han enseñado que quien quiere hacer daño es capaz de hacerlo de verdad. 
Pero yo por mi cuenta he descubierto que también quien no quiere hacerlo termina rompiendo algún que otro corazón. Y que quien te necesita también terminará necesitando causarte dolor. Creo que viene en nuestro ADN. 

Quien te quiere te hará daño una vez, quien no te quiere te lo hará infinitas veces. 

Supongo que eso es lo único que puede diferenciar el miedo a que te hieran y el miedo a que te hagan daño. Porque, querido lector, una herida deja cicatriz, y esas mismas son las que alguien que te quiere o ha querido te deja. Porque esas heridas no se crean con simples puñetazos que, como alguien que no te quiere, deja. No. Esas heridas son de bala y de puñal. Y esas son permanentes. 
Por eso tengo miedo al dolor; porque todo el mundo te puede hacer daño, pero solo unos pocos te pueden dejar cicatriz.


sábado, 1 de noviembre de 2014

Energías.

Me gusta pensar que todo está conectado por energías. Y que si le regalas una sonrisa a un desconocido él te la responderá con otra igual. Que si ayudas a alguien a llevar la compra del coche a su casa te dará las gracias y a lo mejor incluso te ofrecerá aunque sea un euro por ayudar. Y que si ves a alguien pidiendo por la calle y le das lo poco que tienes sonreirá ampliamente y te saludará de manera agradable.


Pero el mundo no es un cuento de hadas y tampoco es un fabricante de hacer realidad los sueños de las personas. Ni lo es tampoco de los sueños en sí. Los sueños son de sus dueños, y cada uno sabe qué y qué no puede soñar.


A lo mejor el mundo no está conectado por energías y tal vez si le regalas una sonrisa a un extraño únicamente te mirará con mala cara. Y si ayudas a alguien a llevarle la compra te apartará, con miedo, quizá, a que se la robes en un arrebato de locura. Y que si le das la calderilla a un mendigo posiblemente te mire con asco porque crea que le has dado una miseria. 


El mundo no concede deseos. El mundo es el mundo, y punto.

Pero cada uno cuenta con su propio mundo. Y en el mío la gente se quiere, se cuida y se protege. 

Cómo se nota que mi mundo es un sueño, ¿verdad?