Estaba sola en una pequeña playa. Sola...como siempre. La soledad era algo que estaba siempre conmigo, qué irónico, porque, al fin y al cabo ella siempre me acompañaba sin compañía...Posiblemente no siempre fue así, pero para qué dar explicaciones de algo que difícilmente se puede entender.
Mientras veía como la última luz natural se iba consumiendo poco a poco, oía como un avión pasaba por encima de aquel pueblo perdido, a no más de un kilómetro de donde yo me encontraba. Vivía allí, aunque nadie lo habitaba conmigo. Como he dicho antes, estaba sola.
Me tumbé en la arena, pero rápidamente me levanté, escuchando a alguien ir hacia el mar. Estaba ya delante de mí, a punto de tirarse a él con una tabla debajo del brazo. Era un chico. Me quedé a observarlo mientras recorría de punta a punta todas las olas que era capaz de coger. Y así ensimismada, estuve una media hora, hasta que él volvió a salir. Yo, sentada ahora en una roca más lejana a la arena en sí, me quedé mirando el cielo, pudiendo notar que aquel chico se acercaba a donde yo estaba. Le miré, y él me regaló una sonrisa que yo agradecí con el mismo gesto, y se marchó.
Me volví a quedar sola, pero ahora sentía que me molestaba. Me irritaba volver a estar sola. A veces es difícl convivir contigo misma, pero hacerlo sin nadie alrededor es casi un castigo. Solo un masoquista, o alguien con muy mala suerte en la vida podría vivir así. Yo, como podreis intuir, soy de las segundas. Regresé a mi casa, triste y sin vida, y me di una ducha. Por una vez, saldría de allí. Fui hacia el garage y quité una sábana blanca de encima del cacharro con cuatro ruedas que estaba allí desde que tenía conocimiento para acordarme. El coche en sí, se veía viejo, y daría gracias al mundo si acaso arrancaba, pero para una vez que quería salir de mí misma y mi triste vida, no iba a dar marcha atrás simplemente porque el coche no la tuviera, o no arrancase.
Tras unos diez minutos, pude hacer que funcionase, y me fui de allí antes de cambiar de idea. El sitio me daba realmente igual, solo quería saber cómo vivían los demás, o si alguien me echaba de menos...a lo mejor mis padres. Pero sin saber por qué, eso me parecía imposible, y así era. No me había ido de casa por cualquier capricho de niña mimada, sino por necesidad. No había tenido la típica infancia, y aunque ahora no estaba extremadamente bien, estaba mejor que en lo que se suponía que era mi hogar. Dije que no iba a contar esto...que para qué contar lo que no todo el mundo podría entender, pero desahogarme de vez en cuando no está de más. Mi familia, o lo que se supone que era, la formaban mis dos padres y mi abuelo. Mi abuelo murió en un accidente de tren cuando yo no tenía doce años, y fue por ello por lo que mi vida dio un giro amargo. Él era quien ponía la paz en mi casa, y tras su muerte, mis padres volvieron a ser los que habían sido antes de tenerme a mí. Eran alcóholicos, y mi padre nos maltrataba, tanto a mí, como a mi madre. Ella no decía nada...el amor (o la idiotez, quién sabe) la cegaba por completo. Nunca en su vida dio nada por intentar que a mí no me hiciera nada aquel que se consideraba mi padre, y cuando no pude más, me fui de casa. No duré mucho por la calle y un día unos policías me encontraron a las tres de la mañana tirada en la calle. Me preguntaron quién era, dónde estaban mis padres, y por no querer explicar mi vida, les dije que no tenía ningún familiar (y en verdad, no creo que haya mentido). Me llevaron a un orfanato en el que no veíamos el sol ni una hora al día, y tras dos meses me escapé. No sé cómo llegué a donde ahora vivía, ese pequeño pueblo abandonado. Y así hasta ahora, y posiblemente, con mis dieciocho años de edad, sé más de la vida que mil y un personas de las ricas ciudades que podían cenar cada día en un restaurante diferente.
Tras media hora, llegué a la que antes era mi ciudad. No había cambiado mucho en los dos años que había estado fuera. Mientras aparcaba, daba un paseo y observaba a la gente yendo y viniendo, aun siendo las once de la noche, me preguntaba por qué estaba aquí. Supuse que el ver a aquel chico en la playa hizo que reviviera uno de los pocos sentimientos que sigo teniendo por los demás. O me picó la curiosidad.
La gente venía e iba. Nadie se paraba si quiera a mirar nada de lo que estaba a su alrededor. Y en ese momento me di cuenta de cuánto había cambiado...Antes yo era una de ellos. Esas personas que se quedan con lo que ven a simple vista y no le buscan ningún significado a nada. Una de aquellas que se creen que lo saben todo, pero que en verdad son las personas más ignorantes que existen. Una de todas esas personas de plástico. Había perdido hacía mucho tiempo la fe en la humanidad, y sí, posiblemente no tenía fe ni en mí misma. ¿Aunque para qué tener fe en algo que no sabes si va a continuar, que no sabes si va a seguir? Y es que pongo la mano en el fuego por decir que yo era de esas pocas personas que no sabían si el próximo día iba a poder comer algo.
Pasaba por delante de miles y miles de restaurantes, y mi estómago crugía cada vez más. Miré mi bolsillo derecho, y tenía un billete de veinte libras. A día de hoy sigo pensando por qué tenía dinero y, sobre todo, por qué no lo había utilizado antes. Entré en el primer lugar de comida rápida que vi, y me comí mi primer hamburguesa tras dos años sin probarla. Y mientras saboreaba la que era mi primera comida desde hacía casi tres días, veía las noticias que el camarero había dejado puestas en la televisión. En verdad, nada había cambiado. Guerras, economía, política...Todo seguía tal y como lo había dejado. Y eso me llevó a preguntarme nuevamente si alguien me había echado de menos. Llegué a la misma conclusión: no. ¿Por qué alguien iba a echar de menos a alguien como yo? Cuanto más lo pensaba, más claro lo tenía.
Salí a las frías calles de la ciudad otra vez, y me fui a un parque cercano, al que iba cuando tenía unos catorce años. Recordaba ese lugar como un sitio triste y solitario, con nadie salvo yo en él, yo y mis lágrimas de dolor e impotencia. Y ahora, sin embargo, era todo lo contrario. Eran las doce de la noche y había todavía hasta niños jugando por allí. Y también había grupos y grupos de gente de mi edad y entre ellos, el chico de la playa. Le reconocí entre más de quince personas juntas y me quedé mirándole hasta que uno de sus amigos le dijo algo al oído y él me miró. Idiotamente, me ruboricé y desvié mi mirada hacia el lado opuesto. En casos como este, no venían de más un móvil o algo así para parecer ocupada, pero mi último móvil había sido tirado desde un séptimo por mi padre. Me empecé a reír sola e irónicamente mientras recordaba cómo mi padre dejaba caer lo único que me apartaba un poco de él y las peleas, al vacío. Me encogí en mí misma, haciendo que mis piernas quedasen encima del banco y mi cara apoyada en mis rodillas mientras mis manos intentaban transmitir algo de calor a mis hombros. Era diciembre y el frío se notaba, sobre todo si solo llevabas unos pantalones largos, una camiseta, y una cazadora con más arreglos que tela. En mis pies descansaban unos playeros que había conseguido de una de las casas abandonadas del pueblo. Y así era casi toda mi ropa, robada de casas en las que nadie vivía, y tenían más polvo y polillas que otra cosa. Pero aunque muchas veces pasó por mi cabeza, nunca regresé a aquella casa en la que me maltrataban. Creo que fue por cobardía. Miedo a ver de nuevo a aquellos que eran mis padres. Puedo asegurar que no hay nada peor que temer a alguien de tu familia, y sin son los mismos que te han dado la vida, es el triple de duro. Hacía dos años, lo único que hacía era temerles, ahora sentía odio e ira...
La gente se iba yendo hacia sus casas, mientras el parque quedaba vacío. Hasta tal punto que solo quedamos él y yo. El chico de la playa. Hablaba por el móvil y parecía discutir con alguien. Colgó y dando una patada al aire, se sentó en un banco que quedaba en frente mío. Yo, mientras tanto, le observaba y pensaba en qué le habría pasado, aunque sin darle más importancia de la que debía. <Es su vida, ¿por qué me debería importar?>, pensaba todo el rato.
El reloj de un edificio cercano marcaba la una de la mañana, y decidí irme de allí. Caminaba tranquila por las calles vacías de aquella ciudad que ahora ya no significaba nada para mí...E inconscientemente, llegué a la que antes era mi antigua casa. Alcé la vista y miré al séptimo piso. Donde yo antes vivía. La luz estaba apagada. Mi curiosidad quiso entrar, pero por suerte o desgracia, no tenía las llaves conmigo. Aun guardaba un juego por si acaso. Ahora estaría perdido por mi casa.
Me acerqué hasta el portal y deposité mi mano en la puerta. Expresar lo que sentía en ese momento es posiblemente lo más difícil. Muchos recuerdos pasaron por mi mente, entre ellos la última vez que había estado ahí.
-¿Vas a entrar?- preguntó una voz detrás de mí. Me giré y pude ver al mismo chico de hacía un rato. <Qué casualidad> pensé.
-Esto...sí. ¿Te importaría abrirme? Me he olvidado las llaves en casa...-mentí.
Mi voz parecía desgastada y ronca, más ronca de lo normal. Cuando uno está solo, habla con él mismo, pero no tanto como cuando se tiene a gente alrededor. El chico abrió la puerta y me cedió el paso con la misma sonrisa que había visto horas antes en la playa. Yo hice lo mismo.
-¿A qué piso vas?
-Séptimo- dije seca. Él obedeció y apretó el botón. El mío y el del octavo. Como era obvio, sería su piso.
El viaje en ascensor se me hizo extremadamente incómodo y largo. En cuanto las puertas se abrieron, salí de allí, tirándome bruscamente hacia fuera. Me aseguré de que el ascensor volvía a subir y me fui directa a la puerta del séptimo A. La puerta estaba cerrada, y no había felpudo. Me extrañó, pero no le di más importancia.
Escudriñé por cada maceta que había en el rellano en vano, ya que no había ninguna llave. Por suerte, una orquilla en el bolsillo derecho de mi cazadora hizo el trabajo propio que habría hecho la llave. No se me hizo difícil abrir, pero entrar fue algo tan complicado que es mejor no contarlo.
Ya dentro, me sorprendí de lo vacío que estaba el piso. No había muebles, ni cuadros...nada. Me dirigí a la única habitación que pudo sentir en algún momento mi mala infancia y mi malos días. Cuando entré, mis ojos se inundaron de lágrimas. Estaba tal y como la había dejado. Me adentré un poco más y mil sentimientos se apoderaron de mí. Hasta que caí en algo demasiado obvio. Si esta habitación seguía igual...alguien viviría todavía aquí.
Alterada por el pánico y el temor de que alguien me encontrase aquí, fui hasta mis ahorros bien guardados y los cogí todos. No recordaba cuánto tenía allí dentro, pero era mejor de lo que tenía yo en esos momentos. Salí de allí lo más rápido que pude, todavía con los nervios a flor de piel. Ya en el portal, empecé a correr tras bajar las escaleras, y me tropecé con alguien que ya me era conocido.
-Oh, vaya. Lo siento...¿estás bien?- me preguntó mientras me ayudaba a levantarme.
-S-sí- valvuceé todavía con los nervios en mí.
El moreno de ojos claros que tenía en frente mío me miraba preocupado mientras yo no dejaba de temblar.
-Gr-gracias- dije, y le sonreí como pude.
-¿Qué te ha pasado? Si es que se puede saber...
-Nada, nada. Me suelo asustar por todo- dije, mientras pensaba en la tontería que acababa de decir y veía que él reía.
-Bueno, pues te dejo ir. Ahora llevarás las llaves, ¿verdad?- reí con él, mientras asentía débilmente-. Ya nos veremos por aquí, por cierto, me llamo William.
-Yo me llamo Michelle, encantada.
-Igualemente, Michelle, ya nos veremos.
Y sin más salí de allí de vuelta a mi coche, con los nervios aun revoloteando por todo mi cuerpo. El camino hacia casa se me hizo pesado. En cuanto llegué, coloqué mis ahorros en uno de los cajones con candado que tenía y me fui directa a la cama, pero no pude conciliar el sueño. Ahora me volvía a sentir sola, pero no me gustaba. Lo notaba todo tan grande para alguien tan pequeño e insignificante como yo...
Las horas pasaban, y así hasta que pude ver el amanecer a través de mi ventana. Me levanté, no con muchos ánimos a apreciar el maravilloso paisaje que tenía en frente. Veía el mar, calmado y azul, y el cielo por encima brillaba en colores anaranjados mientras el sol se abría paso entre las nubes que le impedían llegar muy alto. Hay veces que lo que menos imaginas, es lo que más te impide realizar lo que quieres.
Tras varias horas después, hecho ya todo lo normal en mi día a día, como por ejemplo, limpiar y recoger, salí de casa y me dispuse a ir a dar una vuelta por el bosque que quedaba al lado. Estaba vacío, y debido a que no había nunca cazadores, siempre había pensado que por allí no habría ningún animal como lobos o jabalíes.
Paseaba por una zona tan alejada de todo que lo único que podía oír era apenas el leve sonido de mi respiración. La sensación de vacío me estremecía, y tuve unas tremendas ganas de empezar a correr como Forrest Gump y no parar, y no parar, y no parar. Alejarme de todo lo que trajera silencio. Desde mi visita a la ciudad, me había dado cuenta de lo que odiaba el silencio. El silencio nos hace vulnerables.
Poco después fui a la playa. Esta no estaba sola, sino que se podía ver a muchas familias disfrutando de un buen día de sol. Me senté en la arena y contemplé el paisaje. Me quedé mirando fijamente a una pareja, que tendría los mismos años que yo, o similares. Detení mi mirada un poco más en la chica...en su pelo, rubio platino que le caía por la espalda. En un peso decente, e incríblemente guapa. Después desvié mi vista hacia mí misma. Mi pelo castaño con mechas casi rubias por el sol, largo hasta el final de la espalda, me pedía a gritos un arreglo. Mi cuerpo era desigual y delgado; un delgado demasiado extremo, en comparación con aquella chica. Bufé, irónica. Ella no habría pasado hambre ni un día, y yo sabía lo que era estar un mes y medio viviendo a base de comida que algún mercado tiraba en el pueblo más cercano al mío, a unos nueve o diez kilómetros. Ella nunca sabría lo que es estar noches en vela por un dolor de estómago que pedía a gritos alimento, un alimento que yo no le podía dar.
Cerré los ojos fuertemente y me imaginé en el lugar más lujoso que pude recordar que hubiese estado en mi vida. Mi cerebro reflejó una imagen de un palacio abandonado, en el que una vez, antes de llegar al pueblo donde estaba, me había refujiado alguna que otra noche. Era un edificio alto y antiguo y lo más bello que habían visto mis ojos. A día de hoy, añoro su fachada y sus ventanales que caían por esta como precipicios. Poiblemente, con comida suficiente y...tal vez dinero, me hubiese quedado allí para siempre. Pero el hambre me apretó tanto que lo abandoné. Hasta llegar a donde ahora vivía. Mi primera impresión de la pequeña aldea donde sobrevivo, fue que sería un buen hogar. Ahora, lo único que agradezco es que esté cerca del mar y que sus ex habitantes dejasen casi todas sus pertenencias en las casas, haciendo así que yo tuviera por lo menos la suficiente ropa. El mar lo agradrezco por serme de comedor, ya que allí pescaba.
Cuando volví a abrir los ojos, la luz del sol me cegó y pocos minutos después observé que había un grupo de surfistas a escasos metros de mí, mirándome. Inmediatamente pensé en el chico que había conocido, William. Pero mis ojos se llevaron una gran desilusión al ver que ninguno de ellos era él. Aunque sus caras me resultaban realmente familiares.
Su mirada encima mío me puso incómoda, haciendo así que me levantara y me dirijiera al mar. Al lado de una roca, dejé mis playeros y me metí en el agua. Iba vestida con unos pantalones cortos y vaqueros, y una camiseta de manga irregular, ya que estaba rota y enmendada, negra. Aun en pleno diciembre, hacía calor. Caminé un rato, y volví a mira hacia aquel grupo de chicos, y por mi desgracia, seguían con la vista en mí. Eso hizo que mi incomodidad aumentara, y con ello, mis ganas de desaparecer; el centro de atención y yo éramos polos opuestos. Me subí a una piedra enorme y salté nuevamente al mar.
El agua estaba fría y eso me calmó. Cuando saqué la cabeza del agua, pude distinguir a los surfistas mirándome y uno de ellos cogiendo la tabla corriendo, con cara de pánico al ver desde donde me había tirado. Otro le paró gritando ''¡tranquilo, está ahí!''. Me zambullí nuevamente y estuve bajo el agua todo lo que mis pulmones aguantaron sin oxígeno, que he de admitir que, por todas las veces de pesca submarina que había hecho, era mucho. Cuando no pude más, volví a arriba y en cuanto mis ojos me dejaron, vi a un chico a mi lado, desviando la tabla y así cayéndose al agua, para esquivarme. En cuanto tuvo la cabeza fuera del agua le reconocí. Fui hacia él, para asegurarme de que estaba bien. Él me vio y pude ver confusión en su rostro.
-H-hola- dijo.
-¿Estás bien?- pregunté como pude mientras sus ojos azules hacían que las palabras tardaran en salir.
-Sí, ¿tú?
Asentí, no muy segura; todavía con la mirada perdida en la suya. Hice el amago de irme en cuanto tuve la oportunidad de pestañear, ya que sabía que si seguía mirando sus ojos, no querría irme nunca. Me agarró por el brazo justo cuando mis pies ya descansaban en la fina arena.
-Espera, Michelle- dijo. Se acordaba de mi nombre.
Le miré y pude ver que sonreía, pero aun estaba confuso.
-Dime- dije.
-Se te ha caído.
Mi mirada bajó poco a poco hasta su mano, hasta encontrarme con un colgante. Mi colgante. Era la única cosa que yo deseaba conservar para el resto de mis días. Había pertenecido a mi abuela, y mi abuelo me lo regaló justo antes de irse en ese maldito viaje de tren que le había arrebatado la vida. Extendí la mano y me lo entregó, mirando primero mi mano y terminando en mi cara. Su mirada me puso incómoda y quise salir corriendo, pero me quedé inmóvil.
-G-gracias- tartamudeé. Él sonrió, tal vez demasiado dulce.
-No se merecen- dijo, y se apartó de mí un poco más.
Notaba una extraña sensación de incomodidad en la conversación, pero me sentía muy cómoda a su lado. Por un momento quise detener el tiempo y quedarme así para siempre, pero un grito de uno de aquellos chicos que antes me observaban hizo que volviera a la realidad; y pude notar como también a él le sorprendió.
-¡Will, nos vamos! ¿Te vienes o...?- dejó de hablar al estar a escasos metros de nosotros. Me miró de arriba a abajo- Oh, perdonad, no sabía que estábais hablando. A lo que venía- dijo, volviendo la mirada a su amigo- estamos en el bar de siempre, ya sabes.
Y tras eso se fue, gritando hacia los otros que no se habían dignado a esperarle, quizá pensando que regresaría con la compañía del que ahora estaba junto a mí. Le miré y su sonrisa seguía posada en su cara.
-Esto...yo mejor me voy- dije-. Te están esperando.
-Ellos pueden esperar. ¿Quieres dar un paseo?
Su pregunta calló en mí de improvisto, y mentiría si dijera que no me puse nerviosa.
-Eh- vacilé- sí, por qué no.
Me acompañó amablemente hasta la roca donde tenía mis zapatillas y poco después estábamos al lado de su moto, en la que su ropa descansaba en el maletín. Se disculpó un momento y cinco minutos después volvía a estar a mi lado, con el pelo entero despeinado y seco y unos pantalones vaqueros y una camiseta granate cubriendo su cuerpo. Unas zapatillas parecidas a las mías, pero nuevas descansaban en sus pies.
-Y dime, - dijo, cuando me vio apoyada en su moto- ¿por qué has venido a esta playa y no a la cercana a la ciudad?
-Me gusta más esta,- contesté- es más...familiar.
-Familiar...- repitió él apoyándose junto a mí y mirando al mar- entiendo.
Le miré, y él al poco me devolvió la mirada. Nos quedamos un rato así, oyendo de fondo las olas, y fui yo quien primero apartó la mirada volviéndome hacia ellas.
-William...- dije, pero me interrumpió.
-Así que te acuerdas de mí- respondió, con un toque de incredulidad en su voz.
-¿Por qué no iba a hacerlo?- mi miraba volvía a descansar en la suya.
-Me has tratado como un completo desconocido, pensé que...que no me recordabas.
-Es difícil olvidarte.
Y aprecié cómo las comisuras de su boca ascendían formando una sonrisa más bonita que el mar, más bonita que el sol, e incluso rozando la perfección de la luna.
-Me alegra escuchar eso, Mich.
-Mich...hacía mucho tiempo que nadie me llamaba...así- comenté añandiendo eso último.
-¿Acaso no te gusta?
-Me es indiferente.
Y silencio. Un silencio cómodo, que se propagó por largos minutos. Se levantó de la moto y seguí su mirada. Empezó a andar y fue ahí cuando pude apreciar lo verdaderamente apuesto que era. Y es que hasta ese momento mis ojos solo habían estado perdidos en los suyos. Se giró hacia mí y extendió una de sus manos hacia mí. Me quedé paralizada y la tensión se apoderó de mi cuerpo, pero con una tremenda valentía me acerqué a él. Este quitó su mano y empezamos a caminar por la playa hasta llegar a una zona vacía. Debo comentar que estar con alguien más, durante tanto tiempo era...extraño. Pero me sentía realmente cómoda.
-¿Sueles venir mucho?- pregunté.
-De vez en cuando. Con mis amigos solo voy hasta la playa céntrica. Por las noches vengo hasta aquí.
-¿Puedo preguntar por qué?
-Supongo- suspiró-, que vengo aquí porque me relaja. Supongo.
Me quedé mirando su perfil, que daba de frente al mar. Pude apreciar que su pecho subía y bajaba, y entendí que estaba nervioso, así que hice que el silencio se apoderase de nosotros nuevamente.
-Nunca antes te había visto en el edificio- comentó. Parecía intrigado.
-No vivo allí.
-¿No?- preguntó, mirándome-. ¿Entonces por qué ayer dijiste lo contrario?
-No lo dije. Es la casa de mis...abuelos.
-Entiendo...- tosió levemente-. ¿Y dónde vives?
La pregunta me heló completamente, aun sabiendo que en algún momento la haría. Miré hacia delante, haciendo que los reflejos del sol sobre el mar me cegaran débilmente.
-En un pueblo cercano, nada del otro mundo.
Se calló, deduje que por mi voz neutral, de pocos amigos. No creo que fuera buena idea decir dónde solía vivir.
Un impulso hizo levantarme, pero contuve las ganas de salir huyendo de ahí. Hablar sobre mí o mi vida era algo tan...raro. Aunque lo era hablar ya de por sí, cuando se trataba de mí algo hacía que no pudiera conversar abiertamente. Siempre creí que era por la coraza que tenía, haciendo así que no sintiera nada. El dolor físico es más llevadero que el interior.
-No voy a imperdir que te vayas- dijo, desde donde estaba-. Aunque me gustaría que te quedases.
-¿Y por qué? Apenas nos conocemos.
-¿Eso quiere decir que pensabas marcharte?
Su cambio de tono hizo que me sintiera como una niña pequeña, y era algo que llevaba mal.
-¿Para qué iba a quedarme?
-Dime una cosa, Michelle...¿sueles ser siempre así de borde cuando ves que la conversación da un giro inesperado? ¿O solamente lo haces por miedo a que te hagan daño?
Su mirada se clavaba en mí como un puñal, pero podía ver que su pregunta no iba con maldad, sino con curiosidad. En aquel momento pude notar cómo me iba haciendo más y más pequeña hasta ser del tamaño de una hormiguita. Realmente estaba preparada para cualquier tipo de comentario, era dura; pero su inocencia hizo que me sintiera desprotegida.
-No suelo hablar con nadie.
-No esperaba algo así. Sinceramente- dijo, levantándose-, me es raro pensar que no tengas amigos.
-Pues no los tengo. Ni padres. No tengo a nadie.
Mi respuesta le llenó de incomodidad, se notaba en cómo sus hombros se habían tensado. Una pequeña sonrisa se coló en mi cara, creando una mueca al final de ella, como de resignación.
Tras un minuto escaso, se acercó a mí despacio.
-Pues que sepas- susurró cerca de mi oído-, que puedes contar conmigo cuando quieras.
-No necesito a nadie- me separé de él-. Nunca he necesitado a nadie.
-A veces las personas se crean armaduras por haber sufrido demasiado en su pasado. Creéme, a veces no está de más dejar que alguien resquebraje ese escudo.
-Aunque quisieras, no podrías. Porque yo me niego.
-Déjame intentarlo. No está de más tener a alguien a tu lado.
-Las personas solo consiguen hacerte daño.
-Siempre hay una excepción, y yo quiero ser la tuya.
Estaba en frente mío, con los brazos hacia abajo, aunque un poco elevados. Sus ojos se concentraban en mí, persiguiendo mi mirada que deseaba escapar de aquel azul cautivador. Di un paso hacia delante, casi un impulso.
-Está bien- susurré, lo bastante cerca de él para que me escuchase.
Su semblante serio dejó escapar una sonrisa nada forzada que se aproximó hasta a mí. Abrió sus brazos y vacilé un segundo, recordando que el último abrazo que había dado a alguien, había sido a mi abuelo antes de montar en ese tren. Me acerqué a él paso a paso, centímetro a centímetro, hasta que dejé descansar mi cabeza en su pecho mientras él posaba sus manos levemente en mi espalda, por la altura de la cintura. Me apretó contra él e hice todo lo posible por dejar grabado aquel abrazo en mi mente para siempre. Me sentía cómoda entre sus brazos, aunque podía ver que mi mano temblaba en cuanto las dejé en su espalda y mi cabeza se colocaba en su hombro, dejándome una vista del mar impresionante.
Dos horas después estaba ya en mi pequeño hogar, otra vez sola. Tras el largo abrazo, que calculé que había durado unos diez minutos, dimos un paseo y nos adentramos inintencionadamente al bosque. Al principio pude ver que se sentía incómodo andando por allí, pero poco a poco se fue fiando de mis pasos y me siguió, hasta que llegamos a un acantilado en el que apreciamos una puesta de sol.
Ahora, tirada en mi cama, me sentía feliz, como hacía ya bastante que no me sentía. Cuando marcaron las diez en el reloj de pared, me levanté y fui a la cocina en busca de algo para cenar. Alubias y lentejas. El estómago se me revolvió de solo pensarlo así que decidí coger dinero e irme a la ciudad, otra vez.
Había pasado de no pisar la ciudad en años a ahora parecer que no quería despegarme de ella. Me dirigí al mismo bar de ayer y pedí un bocadillo. Me senté en la barra, mientras miraba la televisión de vez en cuando. Centré mi atención en uno de los anuncios. Solicitaban a alguien que supiera bailar y crear una coreografía en dos semanas. Unas chicas que estaban cerca de mí dejaron de atender al escuchar el tiempo que tendrían para ello. Una de ellas dijo:
-Es muy poco tiempo, nadie podría hacerlo.
Yo las miraba mientras masticaba y un momento después apunté el número que aparecía en la televisión en una servilleta con un bolígrafo que descansaba en la barra. Hacía años, mi abuelo me había apuntado a clases de baile. Pensaba que era por ser amable, ya que siempre se lo había pedido, ya que mis padres no se acordaban nunca de mí. Después de un tiempo, descubrí que era para que pasara el mayor tiempo posible fuera de casa. Nunca le culpé por ello, incluso después del baile, quise apuntarme a algo más. Él me animó a apuntarme a boxeo, y a mí la idea no me desagradó nada. A veces pienso que lo hizo por si en algún momento mi padre se volvía demasiado agresivo...por mala suerte, cuando eso pasaba, me quedaba en shock. Las primeras veces huía, después intentaba chillar hasta terminar sin voz. Las últimas veces fueron las únicas donde me vi capaz de hacerle frente, aunque solo conseguía que él se cabreara más. Cuando mi abuelo murió, empecé a bailar en la calle para ganarme lo suficiente para pagar las clases de boxeo. Cuando vi que no era rentable apenas, empecé a trabajar de camarera en un pequeño bar cerca de su casa, y con eso pude seguir con las clases de baile. Me olvidé del boxeo, aunque de vez en cuando iba al gimnasio y entrenaba con un saco, más por la rabia que sentía que por otra cosa.
Salí del bar y me encaminé por una de las calles que llevaban al centro. Me extrañó ver tan poca gente paseando, aunque supuse que al ser las doce de la noche ya estarían todos en su casa. En cuanto noté hacia dónde me querían llevar mis pies, giré 90º y me desvié por un callejón. Lo que más ansiaba era volver a entrar en la que fue mi casa, pero aun así algo me decía que no lo hiciera, y resignada, acepté que lo mejor sería no ir.
Aunque sigo preguntándome cómo pude, me adentré en un parque solitario pero grande. No se oía nada. Me quedé sentada en un banco, acurrucada en mí misma mientras miraba el cielo, en el que, en comparación con como lo veía desde mi casa, ahí no se veía nada.
Antes de pensarlo dos veces ya estaba metida en el coche regreso al pueblo. Y en cuanto pudo, mi cuerpo se dejó caer en la cama.
Cuando me desperté eran las once de la mañana y un pájaro me daba los buenos días através de la ventana...abierta. ¿Abierta? No, rota. Me levanté, cayéndome de la cama y me puse de pie, todo ello en lo que serían dos segundos, a causa del susto que me había dado ver la ventana en ese estado. Poco a poco fui dejando que mis ojos se centrasen en el cuarto donde estaba y pude observar que no estaba en mi habitación, sino en la de al lado, la cual siempre había tenido esa ventana rota. Me desplomé al suelo en cuanto la adrenalina se fue de mi cuerpo, tras lo que habían sido cinco minutos de sufrimiento.
En cuanto pude salí de allí y me dirigí a la playa. Era lunes y estaba completamente vacía. Sonriendo levemente por poder disfrutar de ella por un momento hasta que llegasen William y los demás, como me había dicho ayer, me tiré al agua sin pensar, dejando mi ropa y mis playeros en la arena. Llevaba un bañador que, con unos cuantos arreglos, me había servido desde que tenía catorce años. Cuatro años después no era lo más favorecedor por el aspecto que tenía, pero por lo menos me valía.
Estuve en el agua media hora, buceando cada dos por tres, viendo algún que otro pez de vez en cuando.
-¡Eh! ¡Eh!- me gritó alguien desde la arena.
Me giré para ver de quién se trataba y al medio segundo le tenía a mi lado con una sonrisa de oreja a oreja.
-Así que hoy te has dignado a quitarte la ropa, chica lista.
-Hola a ti también- dije dándole la espalda y zambulléndome nuevamente.
-¡Eh!
Me agarró por la cintura antes de poder apenas moverme y me giró quedándome a escasos centímetros de él.
-Hola- comentó, con la voz un tanto nerviosa.
-Sí, hola- contesté sonriendo-. ¿Te importa?
Siguió mi mirada hacia su mano y se apartó rápidamente, tal vez incómodo e incluso...ruborizado.
-¿Y tu tabla?- pregunté.
-Me la trae después Mike, cuando vengan.
-Ah, ¿es que no han llegado?- interrogué mientras miraba hacia la playa.
-No- negó con la cabeza-. Yo he venido antes porque sabía que estarías aquí.
-¿Has venido por mí?
Asintió y yo me quedé inmóvil intentando comprender por qué. Liberé mi mente un momento y quise abrazarle, pero algo que todavía no puedo describir, hizo que dejase esa idea.
Se zambulló en el agua y al ver que no le seguía alzó su mano hacia mí y me tiró al agua. En cuanto abrí los ojos le tenía nuevamente a centímetros de mí, solo que él ahora sonreía y me señalaba en el mar hacia un lugar donde se veían rocas. Nadamos y buceamos hasta llegar allí y cuando estuvimos encima de las grandes piedras pude entender por qué había querido ir allí. Ese sitio tenía la mejor vista del mar que había apreciado en mi vida. Miré a William, el que no despegaba los ojos de aquel paisaje y me dejé caer en la roca, con mis pies colgando, los que podían tocar el agua de vez en cuando.
-Bonito, ¿eh?- preguntó.
-Precioso- especifiqué.
-Me alegro de que te guste. Oye Mich...
-¿Qué?
-¿Querrías venir por la tarde a la ciudad conmigo?
Su mirada me transmitía nerviosismo, tal vez más del que debería por aquella pregunta. Yo asentí débilmente, esperando a que dijese algo.
-Oh, gracias- dijo-. Podemos pasar por algún sitio que quieras, ya que estamos. Así no se te hace tan pesado acompañarme- sugirió.
-Sí, por qué no. Pero- le señalé-, que sepas que no es ninguna molestia ir, así que no hables como si fuera un castigo ir contigo- rió.
-Está bien.
A los pocos minutos volvíamos a estar entre agua. Mi mirada estaba clavada en él, mientras nadaba cerca de mí. Me gustaba estar con él. Me transmitía una calma que hacía años no sentía, y eso estaba bien. Aunque por otro lado, tenerle al lado me hacía sentir nerviosa, sobretodo cuando estábamos cerca. Muy cerca. Pero eso era lo de menos, ya que si dejaba que mis ojos se perdieran en el azul infinito de su mirada, dejaba de sentir nada y era como estar en un mundo paralelo en el que no existe nada salvo él y yo.
Estaba parada, con los pies en la arena mientras pensaba en ello, y sentí una revoltura en el estómago. Eso era una cursilada, y eso no iba conmigo. En los dieciseis años que había vivido en la ciudad, había observado como mis compañeras de clase se ''enamoraban'' cada mes de un chico distinto, y eso creó en mí un asco ciego por todo lo que tuviera que ver con amor. Por otro lado, también conviví con dos personas que decían amarse, pero que no demostraban nada de ello, o no lo demostraban, por lo menos, de la manera correcta. Todo ello, el cúmulo de contras que pude ver que había en ello y los pocos pros que encontré, hicieron que me conviertiera en alguien que cualquier cosa que tuviera que ver con el amor ''tradicional'' o cursi, me provocase repugnancia y asco.
-¿Qué piensas? Llevas mucho tiempo callada.
Caminábamos por la arena mientras nos secábamos al sol. Le miré, pensando si alguna vez se habría enamorado, y pensé en la llamada que había tenido tan solo dos días atrás, en aquel parque. Le vi furioso y posiblemente exasperado, y aunque lo negué desde el principio, tenía curiosidad por saber de qué se trataba. Al pensar en que posiblemente hubiera sido una discusión con su novia, un dolor fue creciendo en mi pecho.
-William...- susurré- el otro día. En el parque, antes de conocernos en el portal...Estabas hablando con alguien por el móvil y...
-Ah- dijo él, serio-, ya. Era mi padre.
-¿Sí?- pregunté, tal vez con demasiada alegría en mi tono.
-Sí- confirmó.
Una voz interrumpió mi intención de seguir hablando.
-¡Will! ¡Eh, desaparecido!
El grito nos asustó a los dos y nos giramos rápidamente mientras un chico rubio y alto iba hacia nosotros con una sonrisa cautivadora en la cara y una tabla de surf bajo el brazo.
-¿Dónde te metes? Ayer no apareciste por el bar...-empezó, callándose al ver que estaba yo-. Claro, ahora lo entiendo. Con una chica así para qué pasarte por el bar- comentó mientras me devoraba con la mirada.
Me sentí tan desprotegida que me puse un paso por detrás de Louis, acercándome a él.
-Muy gracioso, Steve. Oye, ¿has visto a Mike? Me dijo que me traería la tabla.
-Sí, está en el coche, maldiciéndote.
-¿A mí? ¿Qué he hecho yo ahora?- suspiró fuertemente y vi como su espalda dio con un pequeño salto.
-Nada, hacerle traer dos tablas y bajarlas. Creo que eso ya es suficiente como para odiarte- dijo Steve, picándole.
-Más de una vez lo hice yo por él. Que no se queje.
-Estás un poco irascible...¿acaso he interrumpido algo?- alzó las cejas y me miró, haciendo que yo me acercase más a William, rozándole el brazo. Realmente la mirada de aquel chico me intimidaba.
-No- Steve rió.
-Está bien, está bien. Ya me voy. Un placer...
-Michelle- terminé yo por él.
-Michelle- susurró cuando pasaba por mi lado, alejándose.
Le seguí con la mirada hasta que le perdí de vista y volví a mirar al frente y distinguí a Louis a mi lado, inmóvil y bastante tenso. No se había movido en ningún momento, ni siquiera al rozar su brazo el mío. Le cogí por el hombro.
-¿William?- al oír mi voz pestañeó y se alejó bruscamente.
-Perdón- dijo-. Ese tío es un imbécil.
-Hay algo en el que...- pensé en voz alta.
-¿Que qué?- inquirió él.
-Me intimida. Su mirada es muy fría- me sonrió.
-Eres la primera chica que conozco que no piensa que está bueno.
-Es guapo, eso sí, pero siendo sinceros, no me he fijado en su cuerpo. Aunque su pelo me gusta.
-Vale, vale, ya. Para hablar de ese no hablamos de nada- dijo, arrancándome una carcajada.
-¿Vamos a comer? Me muero de hambre- ofrecí.
Asintió alegremente mientras yo ya estaba dispuesta a irme corriendo hacia algún sitio donde comer.
-¿A dónde vamos?- pregunté.
-Vamos a la ciudad, así ya estamos allí.
-¿Y tu tabla de surf?
-Oh, es verdad. ¿La puedo dejar en tu casa? Está más cerca que la mía- se disculpó con la mirada.
-Eh...claro. Sí.
Se fue corriendo hacia un pequeño grupo de chicos y pude distinguir a uno de ellos echándose encima de él al llegar, sin saber si era un abrazo o le quería dar una torta. Opté por la segundo opción, cuando vi que William retrocedía y se reía. Cogió su tabla y vino corriendo hacia mí.
-Era Mike- me dijo, cuando estábamos al lado de su moto.
-Espera- interrumpí-. ¿Cómo llevamos la tabla en una moto?
-Con esto- dijo, apuntando su mirada a lo que llevaba con la otra mano, persiguiéndole.
-¿Y eso es...?
-Un remolque.
-Ah.
Tras unir el remolque a la moto, colocamos con cuidado la tabla en ese cachibache. Él montó, y me miró. Insegura, monté.
-Agárrate- dijo mientras me extendía su casco-. Yo voy sin él- indicó al ver mi cara de curiosidad.
-Gracias.
En cuanto tuve puesto el casco, William arrancó haciendo que me cogiera a él.
-Por cierto, ¿dónde vives?
-Cuando te diga, gira a la derecha.
Asintió y salimos del aparcamiento cercano a la playa. Poco después la moto ya descansaba en la entrada de mi casa. Cuando se bajó, pude notar asombro en su rostro, pero no comentó nada. Abrí la puerta sin necesidad de llave, ya que no tenía y, siendo sinceros, para qué iba a necesitar llaves en un pueblo como aquel. Solo vivía yo.
Metimos la tabla en el salón y volvimos a salir, los dos sin articular palabra. Cuando estuvimos montados en la moto, él dijo:
-Bonita casa.
-No mientas- dije seria.
-¿Por qué mentiría?- preguntó mirándome.
-Bueno- susurré-. No creo que la palabra bonita y mi casa sean sinónimos.
No respondió, se giró y empezó a conducir a la par que yo me agarraba a su cintura. En un abrir y cerrar de ojos nos encontrábamos en la entrada de la ciudad, y mi cabeza se quitó rápidamente de la espalda de William para mirar a través del casco. Hacía años que no pisaba la ciudad de día.
Entramos en un restaurante después de aparcar. Era luminoso y amplio, con las paredes pintadas de blanco y decoradas por distintas fotografías y cuadros, todos ellos relacionados con comida o bebida. Nos sentamos en una de las mesas más alejadas de la entrada y poco después un camarero muy simpático nos atendió. Pude percibir que él y William se conocían, por la manera en que se trataban y la forma de ser de él, más cercano que con los demás clientes.
-Le has caído bien- comentó Louis cuando el chico se iba.
-A mí él también- sonrió.
Comimos alegremente entre risas y palabras que no tenían apenas sentido, pero que me hacían sentir bien. Era bonito compartir por una vez la comida con alguien, después de tanto tiempo. Tras comer, nos dirigimos a una plaza donde un banco gritó mi nombre y nos sentamos en él mientras veíamos a la gente pasar.
-Michelle- dijo-. ¿Por qué vives en ese pueblo?
La pregunta me cayó encima de forma fría y pesada, haciendo que mi cuerpo se tensara. Mi semblante serio hizo que él también dejara de sonreír, y suspiré despacio en cuanto comprendí que no podría mentir con esto. Nada sería creible.
-Problemas familiares- comenté, mientras desviaba la mirada.
-Oye- dijo, alzando su mano para tocarme la barbilla, girando mi cara hacia él- no hace que me digas nada. Era simple curiosidad.
-No creo que te interesara mi historia.
-Te equivocas. Desde el primer momento en que te vi, supe que tenías una gran historia detrás de ti, pero no seré yo quien te obligue a decirme de qué trata.
Y ahí descubrí que él no tenía motivos para hacerme daño, así que abrí un poco mi coraza, dejando que mi vida saliera a la luz. Él me escuchaba, mirándome a los ojos y tensándose de vez en cuando, sobretodo en el momento en el que le enseñé una de las cicatrices que una vez mi padre me había dejado. La tenía en el costado, en la parte derecha de mi cuerpo. Me la había hecho a los trece años, un año después de que mi abuelo muriera, más o menos. Me encontré, obviamente sin querer, con mi padre, en la cocina. Él llevaba una botella de whisky casi acabada en su mano derecha, y me miró. Pasé por su lado sin temor alguno, puesto que mi orgullo en esos momentos creció al recordar a mi abuelo. Me habló en un siseo, preguntándome: ''¿no me das las buenas tardes, niña?''. Le ignoré y me fui hacia la entrada, y a pocos metros de la puerta, me cogió por la muñeca y me giró violentamente dejándome en frente suyo. Me gritó, diciendo que a él le tenía que respetar, que me había dado la vida y no sé qué más idioteces. Bufé exasperada, y en un ataque de valentía, le pregunté:
-¿Has terminado? Me están esperando abajo.
-¡¿Qué has dicho?! A mí no me hablas así, niñata.
Me dio una torta y le empujé hacia atrás, haciendo que él se lanzara contra mí mientras yo caía al lado de la puerta, que pedía a gritos que la abriera para hacerme salir de allí. Le di una patada, por miedo, mas él se lo tomó como un acto de rebeldía y me arrojó la botella que no había soltado en ningún momento en mi estómago, haciendo que los cristales cortasen mi blusa.
Con un grito de dolor me impulsé hacia arriba y salí de allí lo antes posible, cojeando por un cristal en mi zapato izquierdo, y sangrando con la cintura roja. En cuanto llegué al portal, el temor me hizo bajar hacia el trastero, y allí me quedé, intentando curar mi herida del estómago, que cada vez se hacía más grande. Saqué el cristal de un tirón, creando en mí un dolor indescriptible y tapé la hemorragia con un pañuelo que tenía en el pantalón.
William seguía con la mirada clavada en mí, mientras escuchaba atentamente cada palabra que salía por mi boca. Cuando terminé, sin dejar fuera incluso el palacio en el que viví apenas una semana, él se quedó quieto, casi inmóvil de no ser porque su pecho subía y bajaba, a causa de su respiración.
-No te mereces lo que has pasado- dijo al cabo de unos minutos.
-Y los niños de África no se merecen morir por enfermedades de hambre, y por mala suerte lo hacen.
-Ese es un comentario duro.
-¿Y no lo es la vida? Cuanto antes aprendes como de mala es la vida a veces, antes eres capaz de que nada te afecte demasiado.
-Por eso tú tienes esa armadura, ¿verdad? Para no herirte de nuevo.
-No para no herirme, sino para que no me hieran a mí. Es distinto.
-Tienes razón.
-La tengo, pero lo vemos desde dos puntos diferentes.
-Entiendo...
-No, no lo entiendes. Ese es el problema, nadie lo entiende. ¿Te das cuenta de por qué no está mal llevar la coraza? Te ahorra estos momentos.
Él me miró con los ojos muy abiertos.
-La coraza te hace ser fuerte, sí. Pero insensible. Y no creo que eso sea algo útil.
Su comentario me sorprendió.
-¿Por qué?
-Porque si tú no sientes, no sabes lo que puede herir al otro.
Le miré y un desdén de tristeza ocupó el lugar en el que normalmente estaba el brillo de sus ojos. Me pregunté qué estaría pasando por su cabeza, pero él me respodió incluso antes de hacer la pregunta.
-Mi madre se enamoró de un suicida. Se conocieron a los 17 años, y mi madre le ayudó en todo lo que pudo, haciendo que para él ella fuera su salvavidas, hasta tal punto que dependía de ella para vivir. Ella terminó comprendiendo que el amor que sentía por él no era amor, sino un sentimiento casi fraternal. Poco después conoció a mi padre. Se enamoró, esa vez de verdad, y poco a poco se fue alejando del otro chico.
>>Pasaron los años, mis padres se casaron y nací yo. Un día, estábamos los tres en un parque, y un señor no más mayor que ella empezó a hablar conmigo. Mi madre fue corriendo hacia mí, con mi padre justo detrás. Lo había reconocido al instante. Él sacó una pistola, y, sonriendo hacia mi madre, dijo:
-Gracias por arreglarme, y después volver a destrozarme.
>>Ella miró a mi padre, el que corrió hacia él, pero ya era demasiado tarde. La bala se adentró en el pecho de mi madre en medio segundo. Como un suspiro. La vi caer, mientras un charco de sangre se hacía a su lado. Mi padre miró a aquel mal nacido y antes de poder hacer nada, se había pegado un tiro en la cabeza.
Su historia me había dejado de piedra, noté un frío polar salir de mí misma y volver a entrar. En ese momento me di cuenta de lo egoísta que había sido en toda mi vida. Pensaba solo en mí, sin tener en mente que no era la única que lo había pasado mal en su vida. Sin más, William me cogió la mano.
-No me vuelvas a decir que no te entiedo. Crecí con el trauma de haber visto cómo mi madre se moría, asesinada, delante de mis ojos. Crecí con un padre mentalemente desorientado desde ese momento. Hice lo que pude por mí mismo, me busqué la vida. Yo también, como tú, me apoyé mucho en mis abuelos. Pero en un momento me di cuenta de que no podía estar así para siempre, por eso ayudé a mi padre de salir de aquel pozo en el que había caído. El otro día te dije que había hablado con él, pero te mentí. Hablé con una enfermera del hospital. Mi padre se había intentando suicidar a base de pastillas. Con esa era la tercera vez que lo intenta.
>>No sientas pena, porque es lo que menos intento hacer. Quiero que te des cuenta de que no eres la única con una mala vida. Pero, ¿sabes qué? Si yo salí de ella, tú también. Todos podemos salir del oscuro refugio donde nos escondemos. Una armadura no viene mal de vez en cuando, pero no es la mejor solución, no si quieres vivir de verdad.
Sus palabras me dejaron sin habla, así que le apreté la mano que todavía descansaba sobre la suya, haciendole entender que quería salir, pero que no sabía cómo. Se acercó más a mí y me susurró:
-Déjame salvarte la vida. Déjame hacer que vuelvas a sentir. Déjame que destroce esa armadura que te ha dejado tan poco vivir la vida. Déjame hacerte volver a sentir.
Y sin palabras me abalancé a él y le abracé, haciendo de nuestro agarre algo irrompible, haciéndome sentir viva y segura entre sus brazos. Temblaba junto a él, mientras él posaba sus manos en mi espalda, tranquilizándome.
-Sé que es difícil que confíes en mí- dijo mientras nos sepárabamos-. Pero déjame intentarlo. Solo necesité un segundo para saber que eras la indicada.
-¿La...indicada?- pregunté, con los ojos clavados en los suyos.
-La indicada para volver a ser yo. Para que tú te sientas viva conmigo, y yo contigo. La indicada para ser eternos.
Y me di cuenta de qué significaba el dolor de estómago que había notado en el mar, y lo que había sido para mí la primera sonrisa que me regaló esa noche en la playa. Comprendí que éramos uno en dos. Comprendí qué significaba lo de las medias naranjas y lo de 'desde la primera mirada, o nunca'. Comprendí que estábamos conectados por algo imposible de romper: nos habíamos enamorado incluso antes de conocernos.
El tiempo pasaba más veloz que un fórmula 1, y poco a poco íbamos estando cada vez más vivos, tanto él, como yo. Días después de esa conversación en el banco, le conté sobre el anuncio de crear una coreografía, y tras su insistencia, fui a hacerla. Para mi asombro, la pasé, y acepté el trabajo encantada. El baile estaba terminado dos días después, y sus gracias no fueron tan reconfortantes como el dinero.
Tras dos semanas, y un tremendo éxito con aquella coreo, me ofrecieron un trabajo como bailarina, y fue William quien hizo que no lo rechazase.
Y hoy, estoy aquí, esperando a que empiece la función, sentada al lado del que apenas hace un mes era un desconocido para mí, y ahora se había convertido en mi soporte, en mi apoyo.
Las luces están apagadas y el telón empieza a subirse. Miro al público, y mi mirada se posa en William y en sus amigos y amigas, que me habían acogido como si me conocieran de siempre. Y sonrío, feliz por haberle encontrado. Feliz porque todo haya cambiado, feliz porque quiero volver a vivir, ¡feliz porque quiero disfrutar de la vida! Y sé que ahora, sí puedo. Y puedo ahora, y podré siempre.
FIN.