El mundo no es una máquina de conceder deseos, y por mala suerte lo he tenido que aprender de la peor manera que existe.
He visto como se puede destruir un edificio, y como se puede destrozar una vida. He sentido los sollozos de todo el mundo reflejados en las gotas de lluvia. Me pregunto cuánta gente estará llorando en este instante, cuánta riendo y cuánta cantando. Me pregunto si alguien estará besando a la persona que ama, y si otros por su lado estarán únicamente teniendo sexo con la primera chica que se han encontrado en una esquina de las calles de Nueva York. No sé. Esas cosas pasan.
He visto como se puede destruir un edificio, y como se puede destrozar una vida. He sentido los sollozos de todo el mundo reflejados en las gotas de lluvia. Me pregunto cuánta gente estará llorando en este instante, cuánta riendo y cuánta cantando. Me pregunto si alguien estará besando a la persona que ama, y si otros por su lado estarán únicamente teniendo sexo con la primera chica que se han encontrado en una esquina de las calles de Nueva York. No sé. Esas cosas pasan.
El mundo es un antónimo de conceder deseos. Los destruye. A lo mejor uno de esos hombres que están teniendo sexo por dinero quieren tener una familia o incluso ser capaz de mantener a la suya; pero el mundo no te concede nada porque sí, y se resignan a lo que tienen. Un polvo de una noche. Tal vez las personas que hace dos minutos estaban llorando ahora hayan parado o se hayan quedado dormidas con lágrimas en los ojos, y quizá su almohada se haya quedado sorda por los gritos que ha tenido que callar. Eso también pasa. A mí me pasa.
El mundo no crea los deseos. Las personas sí. El mundo nos deja decidir si luchar por ellos o rendirnos. Creo que está claro que los hombres de Nueva York se han rendido antes de empezar. Pero tal vez quede alguno que quiera dejar de pasar por las noches por una esquina para estar con esa chica, y un día la coja y le diga "sal de la calle, vente conmigo". Quién sabe. Esas cosas pueden pasar. E incluso las personas que ahora mismo están llorando, muy en el fondo saben que no tiene sentido llorar porque al fin y al cabo las lágrimas se secan, y los sentimientos también. Y posiblemente alguna de ellas se haya dado cuenta y haya dejado de llorar, se haya lavado la cara y se haya sonreído en el espejo prometiéndose no volver a llorar.
Aunque sabe que fallará en ese deseo.
El mundo no es una máquina de conceder deseos. Las personas tampoco.
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