Hoy vengo a quejarme. A quejarme porque puedo, porque quiero y porque lo necesito. Siempre decimos que esta sociedad nos juzga tanto o más como juzgamos nosotros, pero son solo palabrerías que salen por un oído y entran por el otro. Es que, joder, nos quejamos de la sociedad sin saber ni siquiera de qué nos quejamos.
Por eso hoy vengo a quejarme, pero a hacerlo de verdad. Porque me he dado cuenta de lo injusta que es esta sociedad, y de que por eso mismo siempre me ha gustado eso de informar de las cosas que DE VERDAD pasan en el mundo. Que vivimos encerrados en nuestros complejos, nuestros problemas y nuestras vidas y no nos damos cuenta de que los de arriba somos unos privilegiados. Y que si no fuera por las desigualdades a lo mejor no era todo así. Porque, ¿de dónde sacamos el petróleo que tan amado es en la mierda esa de las empresas? ¿Lo sacamos, acaso, de nuestros propios terrenos? No. Lo sacamos de aquellos que menos tienen, más necesitan, y por mala suerte menos entienden. Que estoy harta de poner las noticias y ver a gilipollas multimillonarios hablar sin saber formar dos oraciones decentes, diciéndome, diciéndonos que las cosas van a cambiar. Y no mienten. Claro que cambian. Cambian para ellos y para mejor, ¡que cada vez tienen más y necesitan cada día menos! Odio la sociedad por estas cosas, en primer lugar. No me gusta la injusticia, y no creo que a nadie le guste, pero yo no me quiero ni me puedo quedar ahí. Yo sigo hasta tal punto que no quiero vivir en un mundo donde yo estoy cómodamente en mi casa con calefacción y en mi mismo país (¡un país desarrollado, ni más ni menos!) hay adolescentes iguales a mí que tienen que ver a sus padres y madres llorar de desesperación, porque por quitar, les han quitado hasta la dignidad. Y creedme que no hay nada peor que perder aquello que te viene innato.
Por eso hoy vengo a quejarme, pero a hacerlo de verdad. Porque me he dado cuenta de lo injusta que es esta sociedad, y de que por eso mismo siempre me ha gustado eso de informar de las cosas que DE VERDAD pasan en el mundo. Que vivimos encerrados en nuestros complejos, nuestros problemas y nuestras vidas y no nos damos cuenta de que los de arriba somos unos privilegiados. Y que si no fuera por las desigualdades a lo mejor no era todo así. Porque, ¿de dónde sacamos el petróleo que tan amado es en la mierda esa de las empresas? ¿Lo sacamos, acaso, de nuestros propios terrenos? No. Lo sacamos de aquellos que menos tienen, más necesitan, y por mala suerte menos entienden. Que estoy harta de poner las noticias y ver a gilipollas multimillonarios hablar sin saber formar dos oraciones decentes, diciéndome, diciéndonos que las cosas van a cambiar. Y no mienten. Claro que cambian. Cambian para ellos y para mejor, ¡que cada vez tienen más y necesitan cada día menos! Odio la sociedad por estas cosas, en primer lugar. No me gusta la injusticia, y no creo que a nadie le guste, pero yo no me quiero ni me puedo quedar ahí. Yo sigo hasta tal punto que no quiero vivir en un mundo donde yo estoy cómodamente en mi casa con calefacción y en mi mismo país (¡un país desarrollado, ni más ni menos!) hay adolescentes iguales a mí que tienen que ver a sus padres y madres llorar de desesperación, porque por quitar, les han quitado hasta la dignidad. Y creedme que no hay nada peor que perder aquello que te viene innato.
Después, tampoco me gusta tener que ser de x manera y tener el pelo y los ojos de x color para ser una chica ''mona'' y ''bonita''. Que estoy harta del prototipo de belleza, que si pones de perfil a muchas de las modelos de ahora no las ves, ¡no las ves! Que sí, que siempre ha habido estereotipos, prototipos y modelos que cada uno ha seguido a su manera, pero al fin y al cabo ha cumplido, ¿pero son realmente necesarios o únicamente seguimos dejándoles dirigirnos porque es más cómodo y porque nos hemos acostumbrado? Soy una chica de quince años que no tuvo agujeros de los pendientes hasta los trece. A mis padres le preguntaban ''¿cómo se llama este niño tan guapo?''. Daban por hecho que era un chico por vestir de azul y no tener pendientes. ¿Me entendéis, queridos lectores? Hemos llegado a tal punto en el que si una niña pequeña no tiene pendientes ni va vestida de rosa llegamos a pensar que es un niño porque no lleva nada correspondiente al sexo femenino a esas edades tan tempranas. Tenemos marcados unos estereotipos que humillan a quien no los sigue y unos prototipos de personas perfectas que deprimen a quien no es así. No por ser rubia y de ojos azules voy a ser más bonita que siendo castaña y con ojos marrones como soy. Y tampoco un chico es más guapo con ojos verdes y pelo rubio que con ojos castaños y pelo negro. Y menos aún eres una chica más bella por tener ese ''90-60-90''. ¡¡Quiérete!! Porque puedes ser más o menos guapo, más o menos alto, más o menos flaco, pero lo que sin duda sé decirte incluso sin conocerte, estimado lector, es que eres único. Y que cada imperfección te hace a ti mismo. Eres una mezcla de cada uno de los errores que has cometido a lo largo de los años y de todos los que te quedan por cometer. Eres tú. Y solo por eso tienes que quererte. Eres tú, eres único entre esas 7.000.000.000 de personas (o más, he perdido la cuenta) que habitan este mundo de locos.
Y tampoco me gusta la libertad que nos venden como si fuera verdadera. Creo, y es mi opinión, -como todo lo que llevo escrito-, que vivimos en una libertad condicionada. Nos han vendido que somos libres, pero lo que no nos han dicho es que somos libres en una cárcel que ellos mismo hacen, crean, y después controlan para salirse con la suya.
Nunca me ha gustado meterme con las grandes empresas, pero una vez al año no hace daño, y hoy estoy quejona, así que ya lo suelto todo. Las recalco a ellas porque son el detonante de cada problema que he citado. Nos crean una manera de vivir, ¡y nosotros les seguimos el rollo! Y ni siquiera nos oponemos a las ridículas chorradas que muchas veces intentan inculcarnos. Un ejemplo claro que todos conocemos, son las modas. Han llegado a ponerse de moda cosas ridículas sin valor ni utilidad ninguna, y aún así en cada casa habrá esa x cosa. Me incluyo. Llegan a comernos tanto la cabeza con ese producto, que nos termina gustando y menos de un mes después ya lo tenemos en nuestras manos. Y lo peor es que nos creemos los más guays por tener lo que está de 'moda' cuando quienes de verdad ganan son quienes nos han vendido el producto en cuestión. Porque sí, puedes leer esto y decir: ''pero si solo lo compramos unos pocos tampoco es que ganen ellos'', pero déjame decirte que te equivocas. Que no es así. Por una vez, voy a utilizar las matemáticas: si en tu grupo de amigos sois cinco, y cuatro de vosotros tenéis esa moda pasajera (que en inglés se denomina craze, y la verdad es que tiene sentido), si eso lo pasamos a escala mundial (¡a las 7.000.000.000 de personas!), no solo vosotros cuatro tendréis ese producto, ¿verdad?
No somos libres. Estamos encarcelados en lo que ellos quieren que lo estemos. Somos quienes somos en parte porque desde pequeños nos han dicho cómo ser. Y no me gusta ser así. No me gusta que todos seamos iguales, y más o menos, aun con alguna diferencia, todos terminamos siendo copias de los de al lado. Y es algo que a veces me tranquiliza y otras me pone nerviosa. Incluso iracunda.
Nunca me ha gustado meterme con las grandes empresas, pero una vez al año no hace daño, y hoy estoy quejona, así que ya lo suelto todo. Las recalco a ellas porque son el detonante de cada problema que he citado. Nos crean una manera de vivir, ¡y nosotros les seguimos el rollo! Y ni siquiera nos oponemos a las ridículas chorradas que muchas veces intentan inculcarnos. Un ejemplo claro que todos conocemos, son las modas. Han llegado a ponerse de moda cosas ridículas sin valor ni utilidad ninguna, y aún así en cada casa habrá esa x cosa. Me incluyo. Llegan a comernos tanto la cabeza con ese producto, que nos termina gustando y menos de un mes después ya lo tenemos en nuestras manos. Y lo peor es que nos creemos los más guays por tener lo que está de 'moda' cuando quienes de verdad ganan son quienes nos han vendido el producto en cuestión. Porque sí, puedes leer esto y decir: ''pero si solo lo compramos unos pocos tampoco es que ganen ellos'', pero déjame decirte que te equivocas. Que no es así. Por una vez, voy a utilizar las matemáticas: si en tu grupo de amigos sois cinco, y cuatro de vosotros tenéis esa moda pasajera (que en inglés se denomina craze, y la verdad es que tiene sentido), si eso lo pasamos a escala mundial (¡a las 7.000.000.000 de personas!), no solo vosotros cuatro tendréis ese producto, ¿verdad?
No somos libres. Estamos encarcelados en lo que ellos quieren que lo estemos. Somos quienes somos en parte porque desde pequeños nos han dicho cómo ser. Y no me gusta ser así. No me gusta que todos seamos iguales, y más o menos, aun con alguna diferencia, todos terminamos siendo copias de los de al lado. Y es algo que a veces me tranquiliza y otras me pone nerviosa. Incluso iracunda.
Por eso no me gusta la sociedad, y por eso hoy me quería quejar. Porque la sociedad no es justa y tampoco lo somos nosotros. Y si no lo somos es justamente porque vivimos en la libertad que nos han vendido, y la justicia venía de regalo. Un regalo impuesto, por eso me quejo.
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