No se me dan bien las metáforas. Podría empezar a contar una historia de alguien y de alguna manera llevarla hasta poder empezar a hablar de ti, lo he pensado varias veces, y he escrito también unas cuantas, pero no se me ocurre exactamente qué decir para acertar.
Lo que tengo por seguro es que tú serías un capitán y yo sería parte de tu pequeña tripulación. Aunque todo el mundo cree que los piratas son todos iguales, y por tanto estos serían mezquinos, egocéntricos y egoístas, pero tanto tú como yo sabemos que solo son especulaciones de la gente y que esas opiniones están de más.
Pero no sé continuar, tal vez porque la historia no se parece tanto como yo creo, o quizá porque no encuentro las palabras justas y exactas para definir todo lo que llevamos vivido en tan poco tiempo y cualquier cosa que piense que está bien, termina sin tener lógica alguna, y mucho menos relación con el tema que quiero tratar hoy.
Pero ya sabes que soy así, que si estoy en uno de esos días de no querer callar hablo por los codos y me voy por las ramas y del tema principal. Pero hoy no puede pasar eso, porque hoy eres tú el tema principal, y por más que quiera no me pienso perder. No como antes, que siempre me perdía y tú hacías de mi estrella polar y me guiabas hacia donde más lo necesitase. Ahora ya no haces de ella, ahora lo eres.
Creo que todo el mundo debería tener esa persona que, por más perdida que estés, siempre tengas a tu lado, camines o no en la dirección correcta. Estés en la cima del mundo o hundiéndote en el océano al que llamamos vida.
Por eso me gustaba la metáfora y la historia de piratas, porque un capitán pirata hace todo cuanto está y no está en su mano por su tripulación, y una de las cosas que puedo decir que has hecho es salvar mi barco, salvarme a mí de hundirme y reconstruir ese barco, el que desde aquel momento se guía gracias a ti.
Por eso cada vez que hablan de piratas me entristece que la gente no entienda que no todos son malas personas, porque yo he tenido la inmensa suerte de conocer a un capitán pirata de una pequeña pero a la vez gran tripulación, y me alegro enormemente de haber aceptado la invitación para unirme a ella. He tenido la gran suerte de conocer a un capitán que lucha por los demás tanto o más que por él mismo, y he tenido la tremenda suerte de que ese capitán hayas sido tú. Porque contigo he sido capaz de cruzar cada aventura de mi vida, pero sé que no sirve de nada surcar mares si no es contigo a mi lado. Y sé que sin ti no lo haría, porque no tendría la fuerza para hacerlo. Por eso tengo suerte, tengo la infinita suerte de poder y también querer navegar contigo.
Felices 22, mi capitán.
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