Pienso en lo que no te dije y en lo que te quise. Y te quiero. Porque no se quiere ni se dejar de querer en simples horas, y, aunque digan que el tiempo lo cura todo, no es verdad. Solo te acostumbra a la sensación de dolor. Hasta que no consideras al dolor, dolor y lo denominas habitual. Siempre pasa.
Pero no debería ser así. El dolor no debería ser habitual, porque el dolor es una sensación de vacío, de abandono, de herida. Y cuando el puñal sigue en ti cada día no se habitúa, se oxida. Y el óxido mata el alma.
Pero nadie me ha hablado nunca de esto, así que supongo que solo son suposiciones, que en el fondo yo nunca he querido de verdad y que lo único que me une al amor es lo que siento por mis padres.
Pero después te veo. A ti. Que caminas despacio, con la chulería bien puesta de chico de barrio.
Me pregunto si también te puedo llamar decepción.
O si es algo que sientes y padeces, como una enfermedad. De esas que duelen hasta morir y matan hasta doler. Pero el dolor no es dolor... ¿Verdad? Te habitúas. Te acostumbras.
Por eso te mueres.
Por eso cada día que pasa te oxidas.
Tú ya no quemas y yo no congelo. Dime, ¿y el próximo vuelo?
Vuelvo.
A Madrid, digo.
Porque a quemar nunca más.
El dolor es lo que mueve el alma cuando está oxidada. Quémalo.
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