Rabia y dolor en uno solo. Un mismo cuerpo que poco a poco se va desintegrando. Oscuridad, miedo. Las paredes se van acercando a ti, mientras tú sigues en medio, intentado pedir ayuda, pero algo falla. Tu voz no sale. Intentas con todas tus fuerzas salir de allí. Pero de qué sirve salir si no sabes a dónde, te preguntas. Las fuerzas se agotan y las paredes están cada vez más cerca. Empiezas a notar que unas manos te agarran por la garganta, intentando matarte sin necesidad alguna de hacer casi fuerza, porque no te opones. Los ojos se te inundan de lágrimas pero no sientes ya nada. Te preguntas cómo has llegado a tal punto. Cómo has dejado que todo lo malo te gane. Cómo has podido rendirte. Vuelves a abrir los ojos y esas manos que te aprisionaban se han esfumado. Las paredes van volviendo a su sitio mientras tú vuelves a sentir la energía que, anteriormente no sentías. Te levantas y sigues adelante. Una calle aparece justo delante de ti, y caminas por ella. Y vuelves a sentir ese dolor. Pero esta vez no, esta vez no le dejas ganar. Corres hasta que te das la vuelta y notas que la oscuridad se ha ido. Por fin.
No es nada del otro mundo, ¿no? Todos hemos pasado por algo parecido. Digamos que es más psicológico que físico. Más de una vez te has podido sentir destrozado y sin ganas de vivir. Pero un día, sin más, le ganas la batalla al dolor y todo va cobrando poco a poco el sentido que tenía antes. La vida vuelve a ser vida. El mundo ni siquiera ha notado nada, pero aun así crees que algo ha cambiado en él y no te das cuenta que quien ha cambiado, eres tú. Eres más fuerte e increíblemente notas que nada te puede parar. Así es la vida, ¿verdad? Baches y obstáculos que no te permiten llegar a tu meta. El propósito es pasarlos unos tras otros hasta que alcances lo que siempre has querido. Tu sueño.
No hay comentarios:
Publicar un comentario